To the Wonder (#Malick6)

To the Wonder (Íd., 2012): victoria y libertad. Sinónimos y antónimos para un amor melancólico

 

“We accept the love we think we deserve”

Las ventajas de ser un marginado, Stephen Chbosky (1999)

Luces, sombras, seres humanos y naturaleza en primerísimos planos, y una cámara que parece una mariposa: en continuo, aparentemente lento, y preciso movimiento. No es un formato nuevo, Malick ya apostó fuerte por esta profunda y conceptual vaporosidad visual en El árbol de la vida. Quizá por eso mismo, por “repetir”, el film no gozó de una buena acogida…. Pero no nos equivoquemos: To the Wonder no es una (auto)copia. Ni en cuanto a formato (que se afianzará a a partir de ahora como la incuestionable “marca de la casa”), ni en cuanto a temática (que explora aquí también el comportamiento del ser humano y su relación espiritual con el Universo, pero centrándose, cada vez más y a partir de ahora, en aspectos y situaciones concretas que nos diferencias de otros animales de la Tierra). En verdad se trata de un film muy complejo, a la altura del anterior, si rechazamos compararlas inútilmente.

La base, entonces, radica en comprender cuál es ahora el motivo principal. El foco en el que quiere que nos concentremos. Y dejarnos llevar.

 

 

 

Los entresijos del amor. ¿Vencer? ¿Liberarse? Pero, ¿de quién?

 

Agua. Tierra. Aire. Ardiente luminosidad.

Amor. Eternidad. Celos. Lujuria. Religión. Descendencia. Decadencia. Odio. Traición. Necesidad. Redención. Sacrificio.

Aceptamos el amor que creemos merecer.

La Victoria alada de Samocracia, en el Museo del Louvre, es la imagen seleccionada por Malick para uno de sus primeros planos de To the Wonder. Es el claro resumen de lo que se nos pretende contar:

 

El ansia de vencer… unida al ansia de ser libre.

 

Unamos esta reflexión a lo que muchos atribuyen ha querido Malick ensalzar con su To the wonder: una oda al amor. Entonces… ¿quiere hablarnos de la libertad que da el amor?¿Y qué es vencer, en cuanto al amor se trata?

Para la que esto suscribe, identificar el film con el ensalzamiento amoroso es, lo menos, incorrecto… pero, como ya nos tiene acostumbrados, Malick no cierra del todo las puertas a sus interpretaciones, sino que más bien las abre de par de par a la reflexión, demostrando que la vida no es, ni mucho menos, tan sencilla para nadie.

El blanco y negro no existe. Ni en el amor, ni en el odio.

Ni en la religión, ni en la naturaleza.

Entonces… Volvamos: ¿por qué la Victoria alada de Samoracia?

 

El amor hacia otro ser humano

 

Neil y Marina están enamorados. Felices, han sabido rehacer sus frustradas historias previas a conocerse. Malick deja claro que son personas que necesitan compartir su espacio, su vida, con otro. Personas que necesitan estar rodeadas de personas.

Encontrar a alguien que nos haga felices, que nos entienda. ¿No queremos todos esto?

Pero el amor, la vida, está llena de trampas: relaciones pasadas, tentaciones para hacer daño al otro… El director, como si de un sueño se tratase (a veces con más detalle, a veces simples retazos que no explican el contexto completo, aunque siempre pueda intuirse, rellenándose los huecos), nos deja conocer esta historia universal, sobrevolando los pensamientos de los personajes al igual que lo hace la propia cámara, cercana, rodeando continuamente los cuerpos de los protagonistas y quedando rara vez fija en un punto.

 

 

Si en El árbol de la vida decíamos que la madre representaba el camino espiritual de la existencia, y el padre el terrenal, Malick desdobla también aquí dos caminos: el de Marina, que representa la fe ciega en creer en el amor verdadero y en entregarse a él (¿existe cierto grado de dependencia, incluso enfermizo?), y el de Neil, que se aferra, en su infantil egoísmo y falta de decisión, a no querer doblegarse a ese amor, pensando siempre en si puede existir algo mejor para él. Una dicotomía muy similar a la de El nuevo mundo

Dos caminos, dos formas de entender el amor. Querer sin condiciones, o dejarse querer. Una u otra, por separado, ¿son suficientes para sentirse pleno? Esta es la gran pregunta de Malick… y se dedica, sencillamente, a mostrar en imágenes un ejemplo a analizar por un espectador que siente cómo poco a poco se le encoge el alma… quizá por haber vivido una situación similar…

Neal y Marina hablan, cada vez menos. Se abrazan, cada vez menos. Buscan consuelo a tu auto-invalidez emocional (uno por ser incapaz de compartir sus sentimientos, otra por todo lo contrario)… La evolución natural de una relación no se mantiene por el simple hecho de desearlo. Si la relación no se riega, no crecerá el árbol. Si no se evoluciona (¿con un hijo?), no hay sorpresas. El amor no se mantiene por la pasión.

El amor, un sentimiento tan complejo como lo es toda nuestra vida. Pero Malick nos recuerda… hay otros tipos de amor.

 

El amor hacia Dios. El amor hacia la Naturaleza. El amor hacia uno mismo.

 

El cura del film es el nexo de unión entre los dos personajes, al encontrarse en la misma encrucijada que ellos pero a un nivel superior: el padre Quintana ha dejado de creer que el amor hacia Dios, hacia Jesucristo, es suficiente. Habla, se repite a sí mismo, a nosotros, de que el amor le rodea pero él no puede tenerlo. Crisis de fe encubierta, igual que la crisis de Neil por no querer ataduras y seguir siendo libre, y de Marina al darse cuenta de que su completa entrega no es suficiente.

 

 

Y siempre… el nexo con la Naturaleza. En verdad Malick juega, en varios de sus films, a mezclar el dar sentido de una existencia superior a amarrarla con la tierra. Y es que los cuatro elementos están presentes: el amor existe gracias a que hay vida. Hay vida, porque existe la Tierra. La Tierra existe porque existe Dios.

Pero Dios no se manifiesta como nosotros querríamos.


Malick nos adoctrina, aunque reconoce que a veces su propia fe también decae. La proyección del director en algún personaje de su complejo guión y película, es, duda, el padre Quintana.


¿Cómo nos demuestra el director esta creencia, esta lógica de sucesos? Lo hace a través de simbolismos, de planos más que estudiados. Si hay algo en lo que no cree Malick es en el azar. Veamos…

Neil trabaja analizando la tierra en la que están situadas explotaciones cerca de granjas, escuelas. Tierra contaminada, al igual que lo está él mismo…

Él, representante del camino de la naturaleza en la vida, ingeniero y racional, está contaminado con pensamientos que le alejan de su amada. Pensamientos que le hacen sufrir, pero que es incapaz de compartir.

Ella, Marina, alada, libre para sentir, para querer… vuela, baila. En cualquier momento, incluso en los malos. Sabe que no puede hundirse si quiere salir victoriosa. Pero, como ella misma describe para sus adentros, en sus pensamientos que nos llegan en voz en off, se siente formada por dos mujeres, la que le quiere, y la que tira de ella hacia el fondo de la tierra….

Malick plantea el sesgo, la lucha interna. Neal quiere vencer, Marina necesita hacerlo para no alejarse de su propio “yo”. Podemos caer en la tentación de pensar que Marina apela a su propia racionalidad cuando se da cuenta de que tiene que hacer algo para no perderle, pero antes de esta reflexión, Malick nos mostraba la imagen de un águila que despliega sus alas, pasando directamente al encuadre de una roca, con forma similar al contorno del águila, inmersa en el fondo del océano.

De la libertad a la prisión, de la alegría a la melancolía. Nada es racional en Marina… ella sólo quiere amar.

 

 

Porque Marina se ha enamorado de alguien incapaz de mostrar sus sentimientos. Y aquí damos paso al intento de fuga desesperada del hombre:

Neil: dos chicas, Marina y Jane, dos fracasos. Jane, que ha perdido a su hija, se aferra a un amor que ni ella misma siente. Un amor que es pura lujuria y, por tanto, perecedero. Una forma de superar la muerte de un ser querido muy distinta a la de la madre de El árbol de la vida porque, en definitiva, cada persona es un mundo, y reacciona ante la felicidad y la desgracia como puede. Marina, ante la indiferencia de Neil, le castiga cometiendo adulterio. Pero todo en esta vida tiene consecuencias, para bien o para mal. Y Dios no perdona.

Melancolía, arrepentimiento. El juego de Dios. Dios pone a prueba al padre Quintana. Cuando más melancólico está éste porque no puede disfrutar del amor (irónico si decimos que se casan con Dios, ¿verdad?), cuando más deja que su parte humana se apodere de él, Dios le encierra, le castiga destinándole a un geriátrico, el lugar más triste en el que puede acabar una vida humana: rodeado de falta de amor verdadero. Ya lo decíamos: la crisis de fe Malick se esconde tras su propio fervor religioso.

 

 

Muchas Lenguas, pero un único lenguaje. Común. Eterno

 

El amor es universal, pero no su concepción. Malick recurre al uso de distintas Lenguas en la película (inglés, francés, italiano, español) que hablan del amor desde distintos ángulos. Incluso en conversaciones cruzadas (inglés y francés, francés e italiano, inglés y español). Porque el lenguaje es, también, el reflejo de nuestras almas, de nuestras creencias y entorno.

Distintas Lenguas, una misma vida. Una misma vida, un mismo sueño.

 

 

Malick condensa en menos de dos horas un conjunto de sentimientos transformados en imágenes que permanecen en la retina del espectador. Unos actores que han podido dar rienda suelta a la improvisación, aunque en el caso de Affleck y McAdams se vea poco. ¿Casualidad? Nunca: qué mejores actores que ellos dos para representar lo que busca el “malintencionado” y genial director. Fríos en sus interpretaciones de forma general, todos sabemos que transmiten poco. Él, por su inexpresividad facial. Ella, por rezumar falsedad. Son, por tanto, óptimos para el papel. Y Olga Kurylenko, frágil como un ángel, como la Victoria de Samocracia, es el contrapunto perfecto para los otros dos. Para todo lo demás, ya está Malick.

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Este texto, ahora revisado, reestructurado y ampliado, fue publicado originalmente en la fecha de su estreno en la revista digital Cine Divergente.

 

TRAILER – To the Wonder (Íd., Terrence Malick, 2012):

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, pdte. publicación). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural (2016-2018, UOC) para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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