La delgada línea roja (#Malick3)

La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998): lo humanamente imposible

 

 

«Mankind united with infinitely greater purpose in pursuit of war than he ever did in pursuit of peace.»

Equilibrium (Íd., Kurt Wimmer, 2002)

 

El soldado se adentra en el horror, caminando lentamente, quizá hacia su propia muerte. La selva, antes tan amigable, parece dibujar ahora su aterrador destino, tanto terrenal como celestial: el sendero, sinuoso, indica que la travesía no va a ser sencilla. Las palmeras arremolinan sus hojas hacia el centro para tupir el escape, para marcar el camino. Y, en ese momento, el soldado sólo tiene una opción: aceptar la crueldad. De la Naturaleza. Del hombre. De sí mismo.

 

En Malas tierras (Badlands, 1973), Malick comenzaba a interesarse por la complejidad interna del ser humano. En Días del cielo (Days of Heaven, 1978), se adentraba en la dicotomía bondad/maldad de éste. Y, en La delgada línea roja, comienza a explorar al hombre como parte elemental de una Naturaleza sabia, pero ¿supeditada a su creador? Algo que potenciará en sus dos próximos films. Pero ya llegaremos.

 

0. Sentido

 

Crimea. 25 de Octubre de 1854. El periodista William H. Russel, primer corresponsal de guerra, escribe para el Times: «[los soldados escoceses son] una delgada línea roja recorriendo el paisaje».

Sin los suficientes soldados, el destacamento de infantería, dispuesto en línea de dos y no de cuatro, consigue derrotar a la caballería rusa.

‘La delgada línea roja’ quedó como una expresión inglesa en referencia a una unidad militar poco extendida que se mantiene firme ante un ataque abrumador: «realizar algo humanamente imposible.» [1]

 

The Thin Red Line – The 93rd Highlanders at Balaclava – Scottish National War Museum, Edimburgo

 

Y aquí tomamos el (posible) sentido que Malick quiere dar al título de su tercer film.

Pequeños pelotones que cargan con una responsabilidad que no les pertoca: la de defender a todo un País… pero también la de apartar sus propios valores.

La Guerra debería ser algo humanamente imposible que, sin embargo, seguimos llevando a cabo. Quizá es necesario detenerse a mirar al interior de lo que realmente sucede en la suma de batallas que conforman esa «Guerra», y acaban por dar la victoria a uno u otro bando.

¿Son los objetivos lícitos? ¿Justificables?

¿Se trata de imponerse, o de autosuperarse? ¿De demostrar… el qué?

¿Quién gana y pierde, realmente?

Bien y mal. Inocentes y culpables. El «sitio» del ser humano en una Naturaleza que no siente como «su gran ecosistema». Y la búsqueda de un motivo, de una excusa sobrenatural si es necesario, que apruebe los actos impuros.

Una delgada línea, rojo sangre, es la barra que se cuestiona el equilibrio de cada concepto, cada acto, cada duda que busca un sentido en el cine de Malick.

 

1. El paraíso

 

«¿Por qué esta guerra en el corazón de la Naturaleza, por qué la Naturaleza se enfrenta a sí misma?

¿Existe tal poder de venganza en la Naturaleza?»

 

 

 

Que el film se abra con sonidos e imágenes de la naturaleza más virginal es toda una declaración de intenciones: Malick traslada al espectador al mismísimo centro del alma, de la razón de ser del ser humano, representado a través de las imágenes de inocencia que transmite el “inhóspito” lugar. De las copas de centenarios árboles a pájaros que vuelan siguiendo una insonora armonía, a la cara de felicidad de un hombre que se sabe privilegiado paseando entre niños de una tribu que nunca ha conocido “la” civilización.

Los recuerdos de una madre moribunda pero feliz, los sueños de una niña vestida de blanco que le tiene la mano, que le toca el pecho y le abraza, y una mirada, una cámara que se eleva al cielo azul, que demuestra que se trata de un sueño ya entretejido con ese hermoso lugar del que no quiere salir… El preludio, onírico, constata la intención del director: el hombre forma parte de este regalo que es la vida. Es capaz de disfrutarla, de compartirla, y mantenerse calmado, agradecido. En equilibrio con un ecosistema sabio.

 

 

Pero el hombre, también, es víctima de su propio carácter. Y la ambición que ya veíamos a pequeña escala en Malas tierras (ambición de ser reconocido, como individuo), o en Días del cielo (obsesión por la posesión), sube aquí un escalón, demostrando que a nivel colectivo, esa ambición, léase ahora hambre de poder,  puede ser la gran perdición de toda la sociedad. Y lo hace rompiendo la sensación de paz que había infundado en el que observa la pantalla con una sonrisa en la boca, hasta ese momento. Ese, en el que llega una lancha, y los dos hombres blancos se sobresaltan, se avisan del inminente peligro, y se esconden.

 

 

2. Un golpe de realidad

 

 

«Vivimos en un mundo que se está destruyendo a marchas forzadas. Cierra los ojos y que nada te afecte.«, acaba diciendo el sargento Welsh, mirando al soldado con una expresión que rezuma entendimiento, paternidad y resignación por adivinar el destino de su “amigo”. Malick nos acompaña de la iluminada playa, del candor absoluto, al oscuro interior de una de las cabañas que ha pasado de ser una de las amorosas construcciones de los desertores para la tribu a convertirse en su propio purgatorio, en una improvisada cárcel preludio del destino del que ya habían conseguido escapar. O eso creían. Pero la iluminación del sargento hace pensar en escapatoria, en comprensión. En puro entendimiento.

Malick, sin trascender a la propia escena, está ya introduciendo una verdad que va a intentar defender durante todo el metraje: el individuo puede dar y recibir felicidad, si sólo atiende a sus propios deseos y se integra en la bondad que le aporta este Mundo. Pero si se deja llevar, atrapar, por esa ya avanzada ambición colectiva…

 

 

Del paraíso, de la cabaña interludio, al camino a la perdición: corte a la quilla del barco que traslada a todos los soldados a un destino por el momento desconocido por ellos, pero no por su superiores, los primeros a los que conocemos. Malick comienza su reflexión:

La cámara se tralada ágil entre las literas de los soldados. Se para en uno, en otro. Entra en el baño, nos muestra los nervios, o la concentración. Vuelve a salir. Retoma la conversación de los generales en la cubierta, vuelve abajo…. Pero durante todo este trayecto, capta también los pensamientos de esos hombres que a punto están de avalanzarse a lo desconocido.


La delgada línea roja es un film de género bélico recubierto de belleza antibelicista, conseguida a base de acercarnos a los pensamientos de sus protagonistas, de trascender a su personalización conociendo exclusivamente sus nombres y actos. Porque nos adentramos en sus motivos, sus miedos, sus ilusiones truncadas. Incluso con unas sencillas frases voz en off, con un encuentro «casual» con soldados random, se profundiza en su «yo» más intimo, escondido a sus compañeros, y escondido en la mayoría de películas. Si en Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, Steven Spielberg, 1998) la baza era la conexión emocional con el drama de la família que estaba a punto de perder a su último hijo, y en Dunkerque (Dunkirk, Christopher Nolan, 2017) se jugaba con la aproximación de la cámara a la acción para «sufrir» los estragos de la guerra (además de exaltar la epicidad), en el film de Malick la excelencia de su propuesta radica, precisamente, en conseguir que la guerra sea el motivo de fondo, la excusa justiciera e ilustrativa del por qué el ser humano se comporta como lo hace, imponiendo la irracionalidad en nombre de un fin falsamente justificado. En este sentido, el film se acerca mucho más a La chaqueta metálica (Full Metal Jacket, Stanley Kubrick, 1987) de lo que pueda parecer tras una primera reflexión, sobre todo en el pasaje que rompía allá el esquema del film: las entrevistas a los soldados para la televisión norteamericana.


En este avance fatal Malick intenta cubrir varios sentimientos, definiendo a la perfección el carácter de cada soldado: el que está ahí por querer ascender; el que quiere sobrevivir para volver con su amada; el que expresa su miedo no directamente, sino incapaz de parar una verborrea sin sentido… todos pertenecen a la compañia Charlie, la que «no tiene remedio».  Y, entre una cámara que no para quieta, unos protagonistas que actúan en contra de sus pensamientos, y una ambientación entre claustrofóbica y extrañamente perturbadora que consigue que el espectador palpe el miedo a lo que va a venir… Malick introduce, de pasada, a un soldado que, sentado en su catre, toca el violín, ajeno a todos, y todo.

¿Esperanza, o resignación?

 

3. El infierno

 

A las puertas del horror

 

Inmediatamente después, el director rompe radicalmente la aproximación de temática de La delgada línea roja: se aleja  de la intimidad del soldado y nos hace tomar perspectiva para verle como a un todo, como un bloque. Y es que es el momento de distanciarse, de percibir el conjunto, antes de adentrarse de nuevo en la fatalidad del destino. Y el conjunto es la marabunta de cascos verdes que corren en una misma dirección, tal y como se les ha indicado.

 

 

De esta forma, Malick recurre a la cámara en mano para filmar el desembarco en la isla. La llegada es un caos, igual que lo es la misión en sí. Hasta que los que sobreviven no se adentren en la jungla, el tembloroso movimiento no nos dejará descansar.

Pero una vez arropados por el verde salvaje, el silencio, la calma, tiene un significado más aterrador.

 

 

Terreno desconocido. La cámara se alza hacia las copas de los árboles, hacia los loros, y vuelve a bajar hacia los soldados agazapados. Imágenes similares a las del paradisíaco preludio, solo que ahora el grupo de soldados desconfía de la aparente paz. No es para menos: cuando lo desconocido es demasiado agradable, levantamos muros de protección.

Avanzan sin saber. Aplican las técnicas de camuflaje y rastreo aprendidas. Se cruzan con heridos, con cadáveres recientes. La cámara vuelve a estar inquieta: como si no quisiera formar parte del horror, pero sin permitirse no formar parte de él.

El lento pero necesario ascenso para el asedio a la roca (objetivo tan estúpido como el motivo de querer conquistarlo) viene aderezado en un momento clave con un plano en travelling cenital que recorre las decenas de cuerpos sin vida, y acompañado de una música de perdición, de presagio de muerte, de melancolía pura. Zimmer firmaba una banda sonora (nominada al Óscar, entre otros premios) que no olvida su sello personal y se recrea en unos sonidos que no abandonan el subconsciente. Y, como era de esperar, Malick abandona el retrato épico o documental que caracteriza el género… para volver al interior de sus protagonistas.

 

«¿Quién eres tú que vives en esta variedad de formas?  Tú, muerte, que lo abraza todo. También eres la fuente de todo lo que va a nacer. Eres gloria. Clemencia. Paz. Verdad. Das calma al espirito, compresión, valor. Un corazón satisfecho.»

 

Naturaleza… y Dios. Un capitán llorando, un teniente coronel dando órdenes que no quiere dar mientras cita mentalmente a Homero. Un pelotón asustado, a la espera de conocer las instrucciones finales. Un sargento tan nervioso que es capaz de lanzar la anilla y quedarse con la granada en la mano. Un soldado que ha perdido la razón y que diariamente grita que todos están condenados… Un film total y absolutamente coral, en el que el equilibrio de la breve aparición ante las cámaras de cada uno de los protagonistas conducen a La delgada línea roja al éxito absoluto: Malick muestra la guerra y su sinsentido, pero apoyándose en contrastar al individuo vs. el grupo. Porque, si cada individuo piensa de igual forma… si cada espectador piensa en un mismo discernir entre bien y mal… ¿cómo es que el conjunto, la sociedad, no aplica el razonamiento unipersonal?

 

«Estás metiéndote en una casa en llamas de la que nadie te puede salvar. Qué crees que puede cambiar un solo hombre en toda esta locura? si mueres será por nada. Ahí fuera no hay otro mundo…»

 

Pero sí lo hay. Y el soldado Witt, el primero que nos presenta Malick, observa la idiotez que están perpetrando desde la perspectiva que le da el haber conocido que otro Mundo es mejor. La candidez de su mirada, de su sonrisa. El acto de presentarse voluntario para el último tramo de la misión, evitando así que otro con familia, con miedo, se dirija a una muerte casi segura… Witt es querido por todos, venerado. Es el Jesucrito del pelotón, y del film. El soldado que más adelante acabará muriendo por los otros, atrapado en la emboscada de aquellos que no saben ni cómo enfrentarse a un hombre solitario entregado a su final.

Tres films, tres mártires. Y habrá más.

 

Encontrar al ¿enemigo?

 

Un primer plano de un soldado japonés, aterrorizado cuando es descubierto en su trinchera, es el mensaje más rotundo del director en cuanto al por qué de la guerra.

Se ha tomado el búnker. Se ha ganado. ¿El qué?

¿Y qué?

«Disparé a un hombre…». Ese es el pensamiento de los soldados. Culpa. Remordimiento.

 

 

La llegada a la base japonesa vuelve a acudir a identificar las reacciones de los soldados de forma individual. Malick decide centrarse en un montaje más rápido que muestre las dos caras de la guerra, combinando las reacciones de los americanos (lejos de ser triunfalistas) con la de los japoneses derrotados.

Comenzando con la preparación de los soldados (cámara en el centro del corro humano), alternando los planos de la puesta en marcha con un barrido de los japoneses listos para el ataque con planos medios a la copa de los árboles (el ser humano forma parte de una naturaleza no conforme con sus actos) hasta llegar a la batalla cuerpo a cuerpo, Malick intercala también primeros planos de Witt cerrando los ojos, impotente ante el desenlace. El soldado, el futuro mártir, se ha convertido en la conciencia humana, en el catalizador para fomentar el cambio necesario en los espectadores, posibles futuras víctimas de masacres concebidas por gobiernos, políticos, hambrientos de poder.

Y llegan a la cima.

La toma es grandilocuente pero, de nuevo, melancólica. El ganador no se siente como tal.

 

«Esta gran maldad, ¿de donde viene? ¿Cómo se infiltró en el mundo? ¿De qué semilla, de qué raíz crece? ¿Quién fue el autor? ¿Quién nos está matando, robándonos vida y luz, burlándose de nosotros con visiones de lo que podríamos haber conocido?»

 

Malick vuelve a preguntarse, a preguntarnos, si un ser superior, al que se le supone bondad absoluta, existe o no. Porque si existe, debe ayudarnos. Y si no…

 

«¿Se beneficia la tierra de nuestra ruina? ¿Acaso ayuda a que crezca la hierba o a que brille el sol? ¿Se encuentra esta negrura en ti también? ¿Has atravesado una noche semejante?»

 

Naturaleza y religión, de nuevo equilibradas en una balanza imposible.

 

La calma que precede, y predice, el desastre

 

Conquistadores. Victoria. Y una línea de guión, voz en off mientars suben, pletóricos, al camión que les llevará de vuelta a la base:

 

«Horas que parecen meses, días que parecen años. Entramos en la Edad de Oro. Pisamos las orillas del Nuevo Mundo».

 

¿Estaba ya pensando Malick en el origen de la «desviación terrenal» del ser humano? ¿Le interesaba ya entonces mostrar su doble moral, con el ejemplo de la colonización de las Américas, su país natal? El nuevo mundo (The New World, 2005) sería su siguiente film, siete años después de La delgada línea roja.

Sea como sea, en este bloque Malick decide profundizar en las decisiones que tomamos como seres humanos, y lo hace precipitando, agolpando los pensamientos de cada uno de los soldados que tan bien definidos han sido durante sus cortas intervenciones anteriores. Así, el director y coguionista les da la oportunidad de resarcirse de su error, de actuar en conjunto, basándose en sus propias ideas individuales. Unas ideas comunes, menos en los irremediables casos concretos que esconden más miedo que determinación («voy a clavarte los dientes en el hígado. ¿Qué eres para mí? Nada») . Y siempre va a demostrar que nunca hacemos y decimos lo que verdaderamente pensamos:

 

«- Creo que no eres lo suficientemente duro. No tienes lo que hace falta. Es mi decisión y ya la he tomado.

– ¿Ha muerto alguna vez alguien en sus brazos, señor?

– No veo ninguna razón para hacer un escándalo de esto. Esto no tiene que ver con cobardía. Mira esa jungla. La Naturaleza es cruel, Staros…»

 

«La guerra no ennoblece a los hombres, los convierte en perros. Envenena su alma.»

 

«¿El amor de donde viene? ¿Quién nos enciende? No hay guerra que pueda apagarlo. Era un prisionero, tú me liberaste.»

 

Interesante también que Malick decida demostrar la importancia de superar el egoísmo utilizando un desolador ejemplo: el soldado que se aferra al amor que siente por su esposa recibe una carta de ella pidiendo el divorcio. El director potencia su idea de que el amor es salvación utilizando precisamente su definición más divina: el amor es perdón. El amor no es egoísta. El amor trasciende a los individuos.

 

4. La irremediable expulsión

 

Parece que Malick haya querido dar la oportunidad a sus soldados de cambiar su propio destino, como si de un experimento se tratara. Se ha dedicado a escuchar sus pensamientos, a observar si se rebelaban contra su entorno. Pero ninguno lo ha hecho, ni tan siquiera Witt. Malick es implacable: si no cambiamos, no alcanzaremos el perdón, ni la Paz Eterna.
Quizá es necesario un último revulsivo: vuelve a hacernos fijar en Witt.

 

 

Los aborígenes le miran, los niños se escapan.

Ya no es bienvenido.

 

«Fuimos una familia. ¿Cómo se desintegró hasta llegar a estar enfrentados, haciendo la sombra unos a otros? ¿Cómo perdimos lo bueno que se nos dio, esparciéndolo sin cuidado?¿Qué nos impide tendernos la mano?»

 

Malick pone en boca de Witt preguntas atemporales. Witt ha sido «expulsado del Paraíso» por sus propios actos bélicos, pero también lo ha sido el Hombre en nombre de la civilización. El soldado evalúa su situación, reflexiona sobre la gran pérdida que ha sufrido, y su motivo. Y es aquí cuando toma una decisión y… se adentra en esas palmeras que, igual que nosotros en este texto, auguran un final no exento de redención.

 

5. ¿Esperanza?

 

Witt se enfrenta al destino de la humanidad y decide dar una lección al resto de la raza. Así debe comprenderse su “sacrificio”, como un acto de Amor Universal.

Si Witt ha sido capaz, que sirva como ejemplo.

Pero siempre vuelven las dudas. Las resignaciones…

 

«Te quieren muerto. O en su mentira. El hombre solo puede hacer una cosa: encontrar algo que sea suyo o construirse una isla para sí mismo.»

 

… y, por tanto, la búsqueda de un ser superior. Un ser que no represente, que nos ayude, que nos ilumine.

 

«Si nunca te encuentro en esta vida, permíteme sentirme en la farsa. Una mirada de tus ojos y mi vida será tuya.»

 

Tras enterrar a Witt los soldados pasan por un campo lleno de cruces. Cientos de hombres que han dado su vida pro un propósito desconocido, o no compartido. Se encaminan hacia el barco que les devolverá a la base. Han vuelto a ganar la batalla. Su cara ya no es de miedo… pero sí de resignación.

 

«Oh mi alma. Déjame estar en ti, mira a través de mis ojos, mira hacia las cosas que he creado, todas las cosas que brillan.»

 

Nada importa qué personaje ha pronunciado cada una de las frases aquí citadas… ¿acaso no son nuestras propias reflexiones? Malick finaliza el film como lo comenzó: deteniéndose en un entorno que ya no consideran hostil, porque han vivido en él una de sus más terribles experiencias. Integrándose en el ecosistema.

Copas de árboles centenarios, pájaros, luz que se abre camino… canoas con aborígenes que intentan seguir apartados del oscuro bullicio, como ahora ellos durante esos minutos de paz en el río.

El Paraíso. Otra vez.

Sólo así, disfrutando del momento, dejándonos llevar, seremos libres y felices, y viviremos en harmonía.

Sólo así, reconociendo que formamos parte de la Naturaleza y no considerándonos superiores, ésta nos dejará conocerla en profundidad.

Perduraremos.

Sólo así la vida se hace un hueco. Sólo así hay esperanza.

Aún la hay.

 

 

¿Y Dios?

Fundido a negro. ‘GodYu Tekem Laef Blong Mi’.

 

‘Toma mi vida y déjala
Consagrarse a ti, oh Señor;
Toma mis manos y déjalas moverse
Impulsadas por tu amor.
 
Toma mis pies y hazlos
Rápidos y bonitos para ti;
Toma mi voz y déjame cantar
Siempre solo para ti, mi Rey.
 
Toma mis instantes y mis días,
Déjalos fluir en una eterna plegaria
Toma mi inteligencia y usa
Todos mis poderes como mejor decidas.
 
Toma mi voluntad y hazla tuya,
Que no sea mía nunca más;
Toma mi corazón, que es tuyo ahora,
Para que sea tu trono real.
 
Toma mi amor, Señor mío, que vierto
Sobre tus pies como tesoro guardado;
Toma mi ser y yo seré
Siempre, entero y solo tuyo.’

 

Ya está todo dicho.

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[1]: Para más información, entre otras muchas fuentes: ‘The Origin of the Expression “The Thin Red Line” dates from the Crimean War’, Nikola Budanovic, warhistoryonline, 06 de Abril de 2018.

 

TRAILER – La delgada línea roja (The Thin Red Line, Terrence Malick, 1998)

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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