El nuevo mundo (#Malick4)

El nuevo mundo (The New World, 2005): de reflejos, águilas enjauladas, miradas recortadas y decisiones vitales.

 

«This is your last chance. After this, there is no turning back. You take the blue pill – the story ends, you wake up in your bed and believe whatever you want to believe. You take the red pill – you stay in Wonderland and I show you how deep the rabbit-hole goes.»

Matrix (The Matrix, The Wachowski Brothers, 1999)

 

El reflejo de una selva salvaje en la superfície de un río. El sonido de la naturaleza, los brazos alzados al cielo. Libertad, e inocencia.

 

“Ven, espíritu. Ayúdanos a contar la historia de nuestra tierra. T eres nuestra madre, nosotros tu maizal. Nos alzamos, tras brotar de tu alma.”

 

 

 

Contrapicado para presentar a la protagonista. Es imposible, como espectador, no caer ya rendido a sus pies. Pero no nos engañemos: El nuevo mundo no es la historia de una princesa, ni de un amor. Es la historia del ser humano. Es la dicotomía bien/mal. Es la llamada a rebelarse contra el destino marcado en nuestro ADN.

Es la moraleja continua de Malick.

Títulos de crédito que avanzan una historia sangrienta, que ya es Historia, pero que no lo es. Acompañada de una banda sonora bella y febril de James Horner…. Comenzamos.

 

«La historia de nuestra Tierra»

 

1. Miradas recortadas

 

La historia de su Tierra es la historia del hombre. Es la historia de La delgada línea roja (no en vano, tras los explicativos títulos de crédito veremos exactamente el mismo inicio: el paraíso desde el punto de vista del extranjero. Pero no, no es la misma mirada… porque no es el mismo momento). También es la historia de Días del cielo, que arranca con un recorrido fotográfico de las vidas, individuales y colectivas, de los inmigrantes y sus penurias para ser considerados iguales; o de Malas Tierras. Incluso de Knight of Cups, o Song to Song. Ya llegaremos.

Distintas épocas, mismas cuestiones. El ser humano, una vez perdida la innata inocencia, está perdido, vaga sin rumbo, sin conocerse a sí mismo ni a los que pueden apoyarle.

Volver a creer es difícil, pero no imposible.

Estamos en Virginia, en 1607. Estamos en Austin, en 2017.

Somos Smith. Somos Pocahontas. Somos Rolfe.

Somos. Sentimos.

Conocemos la tierra a medida que avanzamos. Nos conocemos a nosotros mimos a medida que nos interrogamos. Los títulos de crédito de El nuevo mundo resumen el avance del hombre, de la Tierra, y del Universo. Dudas, malas decisiones y posible destino. Más conocimiento, más peligros. Más envidias. Más difícil confiar los unos en los otros.

Navíos ahogados. Hogueras. Frondosos árboles. Guerras entre colonos y autóctonos.

Y el paraíso.

La cámara revolotea, como ya nos ha acostumbrado Malick en sus anteriores films. Nos lleva a las copas de los árboles, al interior de los ríos, a la mirada de niños y ancianos. Y a revolverse inocente entre los imponentes dos navíos que llegan a la orilla para cambiarlo todo.

El corte a su interior es magistral: de la oscuridad surge el rostro mugriento de un prisionero que mira hacia arriba, que extiende las manos. El encierro contrasta con la libertad de los indígenas. El odio de su mirada con la alegría de sus sonrisas.

Los miembros de la tribu miran con curiosidad, se acercan a la orilla. Corte al prisionero, que ve cómo una barca sale hacia ellos. Pero su mirada está cortada, y la comparativa es inevitable:

Él, ciudadano del nuevo primer mundo, civilizado… sólo ve lo que le dejan ver. No conoce las bondades de la naturaleza, no ha crecido en libertad. Todo este pasaje entrecruza planos abiertos con los cerrados de los recién llegados.

La civilización nos limita. Nos destruye.

 

 

Los conquistadores bajan del barco. Desorientados, avanzan por las altas y desconocidas hierbas.

Un nuevo mundo, un terreno desconocido que debe ser conquistado… porque alguien, lejos, así lo ha decidido.

El plano secuencia está exactamente igual planificado que el de los soldados que desembarcan en La delgada línea roja. No es baladí: la historia se repite. El ansia de poder se acrecenta.

 

La delgada línea roja

 

De las altas hierbas al corte con el prisionero atado a una soga, y un capitán complaciente:

 

«Soltadle. No lo olvidéis Smith… llegásteis a las costas encadenado.»

 

Y fundido a negro. Así cierra Malick la introducción, la comparativa, la moraleja de una raza que puede pervertirse si sólo hace caso a una instrucción tergiversada por la necesidad de sentirse superior. En El nuevo mundo, sin embargo, Malick parte de un punto anterior al de La delgada línea roja: nos permitirá ver la evolución del soldado, prisionero, que descubre el paraíso. A Smith se le libera para que sea útil a la expedición, igual que a Witt se le readmitía tras su deserción precisamente para lo mismo.

Witt encontró su misión… ¿y Smith?

Por ahora, Smith debe tener la oportunidad de escoger. Pero Smith siempre va a ser prisionero. De los suyos, de los indígenas. De él mismo.

 

2. Encuentros y desencuentros

 

«Traed las anclas por si alguien tiene nostalgia.»

 

Así comienza la segunda parte de El nuevo mundo, dejando claros los valores de los recién llegados. Smith pasea por los prados de este nuevo paraíso recién descubierto mientras se superpone la voz en off de un capitán que aprueba y dirige el asentamiento tras serle entregado un manojo de perlas naturales. La combinación imagen-monólogo deja en el espectador la huella buscada: el grupo de recién llegados habla sobre la tierra libre como si ya fuese de su propiedad. El rechazo hacia el europeo usurpador y sin escrúpulos comienza a gestarse incluso antes de que se enfrenten a la tribu. Será otro de los giros de Malick a la hora de plantear nuestros prejuicios: nada es lo que parece. Ni el «implacable» capitán, ni el «tierno» Smith.

Los colonos comienzan a preparar el fuerte, mientras ella juega con sus hermanos, ajenos al peligro de sus nuevos vecinos. Él la ve. Ella le ve. Lasciva fascinación y curiosidad inocente se muestran en primer plano. Pero aún no ha llegado el momento.

«Debemos empezar otra vez. Un nuevo comienzo». Las palabras del capitán esconden años de vergüenza. Habla él, habla Europa. Habla Malick, desesperanzado, que ya reconoce que un nuevo comienzo debe ir acompañado de una nueva mentalidad…. que no llevaron los recién llegados. «Alguien ha robado. Córtale las orejas», se decide en uno de los cortes. Imposible crear desde la venganza.

Igual que es imposible cercar el infinito.

 

 

 

Y, no obstante…

Cenital de una pequeña barca que remonta el río. Los colonos se adentran de nuevo en la tierra inóspita. Smith tiene miedo, hundido hasta las rodillas en el pantano con su gastada armadura…

Silencio.

Le disparan flechas, él se gira. Terror. El encuadre convierte al recién llegado en una especie de marciano entre la sutil belleza del páramo. Una cultura basada en el odio, en la lucha por la posesión individual, perdida ante la franqueza de sus propios orígenes. Malick consigue condensar en este plano siglos de desencuentros. De antes, de ahora. ¿Cómo comprender al próximo escondiéndonos tras tan gruesa coraza? ¿Cómo hemos permitido que los recelos a dejarnos conocer se transformen en armas? ¿En soledad?

 

 

Afortunadamente, la Naturaleza es sabia, y perdona. Da segundas oportunidades: a Smith le taparán los ojos durante el trayecto a la revelación. Malick le sitúa en el centro de una gran cabaña en el que será juzgado. La iluminación responde al proceso mental del protagonista: agilidad de pensamientos para ganar la confianza de sus supuestos captores. La cámara se acerca al Jefe, el Rey, que comienza a hablar del sol, y a plantear sus primeras preguntas. «- ¿Del Cielo?; – No, de Inglaterra». ¿Van a irse? «¿Irnos? Nadie partirá hasta la primavera, hasta que vuelvan los navíos».

«Perdónale la vida», dice ella. «Debemos echarles ahora que son pocos», dice el consejero. «Sólo quieren una parte de la ciénaga», sentencia el Jefe.

Sólo una parte de la ciénaga. Malick arroja las palabras a un espectador que sabe que no es cierto.

 

 

El gran Jefe se pierde en la oscuridad de su guarida. A Smith le elevan, en un plano cenital que demuestra el poder de la seducción, el poder de la intriga, y de la curiosidad. El hombre blanco siempre se ha aprovechado de su influencia.

¿Qué refleja la cara de Smith? ¿Alivio?

Smith, al contrario que Witt, no quiere estar ahí. Lo vemos en su comportamiento mientras pasea entre el río y los maizales, o entre los soldados practicando el tiro de sus flechas. Smith se mezcla, pero siempre alerta. Se siente prisionero, y en verdad lo es. Y cuando se fija en ella, cuando se fija en la princesa… ¿es amor lo que reflejan sus ojos?

 

3. Pocahontas y el Capitán Smith

 

Ella le enseñará las primeras palabras de su idioma. «Cielo, Sol, agua, viento». Palabras de la Naturaleza, las verdaderamente imprescindibles. Primerísimos planos de sus manos, de sus bocas…

 

 

“Su padre tenia doce esposas… ella era su favorita. Superaba al resto no solo en ingenio. Todos la amaban (…). Son apacibles, afectuaosos, carecen de malicia y picadia. No poseen palabras para codicia, engaño… no tiene celos ni sentido de la propiedad. Lo que creía un sueño era real.”

 

Smith descubre un pueblo que le ha abierto su alma, su confianza. Y ella…

 

«Madre, ¿dónde vives? ¿En el cielo? ¿En las nubes? ¿En el mar? Muéstrame tu rostro. Dame una señal. Nos alzamos. Nos alzamos…me asusta lo que siento. Un dios, eso es él para mí (…). ¿Qué es la vida sino estar cerca de ti? ¿Sospechan algo? Todo pienso dártelo a ti. Y tú a mi. Te seré fiel. Sincera. Ya no somos dos. Uno. Uno. Soy yo. Soy yo.»

 

Interesantes los monólogos seleccionados mientras retozan por el virginal paisaje. Los comentarios de él son racionales. Los de ella, espirituales. Naturaleza y Gracia, ser humano y Dios.

 

«Hay dos caminos en la vida: el camino de la naturaleza, y el camino de la gracia.»

El árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011)

Malick volverá a explorar esta dicotomía (diferenciada de igual forma en hombre y mujer) en El árbol de la vida, film por muchos considerado una nueva etapa en la filmografía del directo, cuando, a todas todas, podemos analizar fácilmente que simplemente se trata de la culminación de la progresión de unas dudas planteadas desde su temprana Malas Tierras. Unas dudas centradas, específicamente, en la naturaleza del ser humano, y en su (auto)corrupción. Quizá por eso, lejos de tratarse de una secuencia de imágenes bucólicas sobre el amor incipiente, debemos leer todo este pasaje entre líneas. Quizá Malick se divierte y juega con nosotros, espectadores siempre en busca de felicidad y romanticismo, mostrando en imágenes los diferentes pensamientos de cada uno de los protagonistas. Las caricias, las miradas de complicidad… ¿son las relaciones sinceras? Porque no en vano combinará los felices correteos de los dos enamorados con la mirada desconfiada de alguno de los indígenas («el rey anunció que me debaja en libertad. Debíamos volver a nuestra ciudad. Le aconsejaron que me matara, pero su hija le aseguró que yo era un buen hombre.»), finalizando todo el pasaje con un revelador…

 

«El amor. ¿Debemos cerrarle la puerta cuando nos visita? ¿No deberíamos aceptar lo que se nos otorga?»

 

Esta es quizá una de las frases mas importantes de este irónico pasaje de Malick. Smith la pronuncia sin inmutarse, como si el pensamiento se le escapase entre los labios. Podemos tomar la sentencia como apasionado arrebato, claro. Pero Malick, en realidad, está dando muchas más pistas de las que queremos ver.

Porque no queremos que nos destrocen el cuento de Disney.

 

4. Avaricia, egoísmo. Locura

 

Y es que Smith acepta el amor de la princesa para su propio beneficio. Se ha librado de la muerte hasta dos veces, pudiendo volver con los suyos sano y salvo. Lo que no sabe es que le espera otra condena.

«Los salvajes no pueden entrar», le piden cuando le dejan a las puertas del fuerte. Una tierra robada, tan yerma como fértil es el campo que rodea sus puertas.

 

 

Smith no encuentra salvación, sino miseria. La miseria del que no abre la mente y se empeña en querer hacer entrar en razón a otros imponiendo sus propias ideas.


Religión. Malick no puede obviar su influencia a lo largo de los siglos.


La mirada, los planos, vuelven a ser cerrados a la hora de presentar el «pueblo» creado por los colonos, para los colonos. La oscuridad y los tonos tierra inundan la pantalla, al igual que los primeros planos que reflejan pobreza, y locura. El contraste con el pasaje anterior devuelve al espectador a su propia realidad actual, impactándole en primera persona en sus propios ideales. ¿Qué tienen de mejor nuestras creencias que las de los indígenas? Malick deja claro, en este preciso instante, que cualquier acción a beneficio de un único pueblo nunca va a tener buen resultado. Y deja claro, también, que la excusa de la evangelización sirvió exclusivamente para expulsar a la peor calaña del gran continente:

Comer pescado crudo por no salir a recoger leña. Buscar oro en lugar de sembrar.

Malick retrata al colono como una enfermedad en sí misma, más allá del deterioro físico.

Smith no era una excepción.

 

«Dejé que me amara. Hice que me amara.»

 

La autoconfesión se impone.

 

 

El invierno llega, y con él la Salvación, en forma de mujer. En forma de inocencia. «¿Por qué no has venido a mi?», le pregunta. Y él…

Malick le da una oportunidad. Nos da una oportunidad. ¿Qué hará el ser humano?

Primer plano de Smith. Malick le muestra pensando en ella. Le muestra llorando.

¿Por qué llora Smith? ¿Por ella? ¿Por él?

 

«- Huye conmigo.

– Debes decirme porqué.

– Dice que pensáis quedaros. Van a venir. Intenta que haya paz.

– No aceptarán la paz. ¿Por qué aceptarla?

– Ven comigo.

– ¿Dónde viviremos? ¿En el bosque? ¿En la copa de un árbol?»

 

 

La razón envuelve al «culto» que encuentra una fácil excusa para seguir siendo libre… a su manera.

 

 

5. Jaulas

 

«Tienes que venir conmigo al fuerte», sentencia él. Mientras ella decide, los indígenas acechan el ficticio hogar inglés. Un disparo de cañón… y comienza la lucha.

 

 

Malick rueda tan bien la acción como la poesía visual. Los microcortes de montaje, con hachas contra espadas en primer plano, con el uso de cámara en mano para reforzar la impresión cuerpo a cuerpo, nos hace pensar: ¿qué atrajo a la chica al «nuevo mundo»?

Porque en verdad el nuevo mundo parece ser el de Smith, no el de Pocahontas. Un mundo supuestamente evolucionado, sucio y cruel. Un mundo intransigente. Un mundo soez. Un mundo irrespetuoso.

Viendo estas imágenes, es imposible no asociarlas con otras se su filmografía:

 

Días del cielo

 

La escena nos lleva a Días del cielo, a la lucha contra la plaga de langostas. La Natulareza vence, siempre, a la maldad. La tribu se antoja tan letal como el pequeño animal. Sabemos que los colonos acabarán retrocediendo. Lo que no sabemos es si encontrarán, de nuevo, otra forma de reinventarse.

 

“Señor, no apartes de mi tu rostro. Tú no deseas la muerte de un pecador. Me he alejado de ti, no he prestado atencion a tu voz.”

 

¿Su refugio? La fe. Para seguir adelante. Parece que a Malick le moleste, a la vez que le fascina y le atrapa a nivel personal, que la única salida sea creer enun ser superior. Algo más nos revelará, varios años más tarde, en To the Wonder.

 

La inesperada flaqueza de Smith se transforma en arrepentimiento de su propio egoísmo. Será una actitud fugaz, pero abre una puerta a la esperanza de resolver una buena decisión: él quiere evitar que tomen a la princesa como prisionera, más tras haberles ayudado llevándo al fuerte semillas, y comida.

Sus detractores, sin embargo, le relegan del puesto de Gobernador.Y Smith vuelve a imponer su propios deseos. Otra oportunidad perdida.

A ella acabarán por llevarla al fuerte.

Y, otra vez, las dicotómicas reflexiones de la «pareja»:

 

“La conciencia es un estorbo. Una mosca. Un perro ladrador. Si estas convencido de que no la tienes, ¿qué problema puede darte?”

“Madre, tú eres mi fuerza porque ya no me queda.”

 

Una prinesa encerrada en una cabaña con el máximo de lujos que el perdido rincón inglés puede ofrecer. La oscuridad vuelve, los planos recortados también. Pero esta vez son los que reflejan la mirada de ella, y no la de él.

El europeo ha conseguido retener la libertad del inocente. Ha conseguido que comience a comportarse como ellos.

La choza es una jaula, la curiosidad del inicio se ha convertido en pesadumbre. Ella pasea entre los colonos, embutida en un corsé. No hay desconfianza com en el caso de Smith ente los indígenas, ¿pero sí resignación? «No quería hacerte daño. Ahora es una tragedia», confiesa él.

Están juntos, sí. ¿Son felices?

“Voy a encontrar dicha en todo lo que vea”, se autoconvence ella. «Espera dos meses y dile que he muerto. Ahogado», son las instrucciones de él.

Smith huye hacia adelante, tras una simple reflexión:

 

“Dios nos ha otorgado la tierra prometida”.

 

El hombre que ha conocido el poder… nunca se conforma. Siempre deseará ser el propio Dios.

Witt, en La delgada línea roja, supo apreciar tanto el paraíso que fue consciente, con la misión otorgada, de cómo debía comportarse para no perderlo. Smith, sin embargo, pefiere continuar con su personal hito. ¿Es que  no sabe, no sabemos, que no puede haber mayor regalo que esta nuestra Tierra?

 

6. Reflejos

 

La locura, como a los primeros colonos, invade a la otrora princesa. “Te has llevado mi vida. Has matado al dios que había en mí», declara ella a su propio reflejo en el agua sucia de un barreño. Curioso: ella no hecha la culpa a otro ser. Se mira, y se autoflajela.


El verde de las copas de los árboles, la piel desnuda de su infancia… Pocahontas, lejos de sus raíces, ha madurado rodeada de sucia e intrínseca maldad escondida tras el ansia de supervivencia. Pero lo ha hecho, y de la mejor manera posible. Ha sobrevivido.


El mismo espítitu de supervivencia lleva a los ingleses a quemar el pueblo de su familia; a que el mismo Rey deba adentrarse en el bosque huyendo con sus pocas pertenencias.  La música es pura desolación, inquietante y fría, acompañada de imágenes que describen la pena de un pueblo que ve como toda su vida se ha reducido a cenizas. Como su entorno ha dejado de existir por culpa de un hombre que se presentó com Salvador.

Fundido a negro. ¿Hay algo más que contar?

 

Sí.

 

 

Al igual que el brote verde a la orilla del río que cierra La delgada línea roja, Malick no puede caer en su propia desesperación a la hora de pensar en el futuro del hombre. Al fin y al cabo, es un hombre de fe. En el «cuento» de la princesa encuentra su personal bote salvavidas: John Rolfe, un colono dueño de plantaciones de tabaco que se enamora perdidamente de la nativa que arrastra su existencia por el pueblo que la mantiene retenida, ya no contra su voluntad.

Al final, la existencia del ser humano se reduce siempre a la necesidad de amar, y ser amado. Volvemos al triángulo de Días del cielo. Al Terrateniente bondadoso, al egoísta novio, y a la atrapada muchacha entre dos tipos de amor.

 

7. Simetría. Tranquilidad. Esperanza

 

 

Malick nos hace debatirnos, de nuevo, entre el amor apasionado y el amor verdadero.

 

“Ella es el hilo que todo lo teje. Me conmovió hace mucho tiempo, sin saber cómo se llamaba”

 

¿Qué es más auténtico que el respecto, que el cariño? Smith no respetaba a Pocahontas. En verdad siempre se aprovechó de ella, aunque en (escasos) momentos de lucidez se arrepintiese por el destino a la que la había arrastrado. Rolfe, sin embargo, es paciente. Un rechazo no lo tomaría a mal. El colono le ofrece un amor distinto, mucho más maduro. Y ella acaba por entregarle su corazón. Quizá el pasaje más tierno y emotivo de todo El nuevo mundo es justo en este tramo final, cuando ella le pregunta «¿eres amable?», y él sonríe, y le toca suavemente el pelo antes de acercarca a su pecho.

 

«- Supón que te pido matrimonio. ¿Qué dirias?

– ¿Me lo estas pidiendo? ¿Dónde viviríamos?

– Aquí. En Inglaterra, si quieres. Así podrías olvidar este lugar. ¿Por qué me rehuyes? ¿No vas a aceptar?

– Si quieres…

– Eso no es lo que esperaba. Rebeca?

– Lo siento.

– ¿Por qué lloras?

– Supongo que soy feliz.

– Ahora no me amas. Pero algun día lo harás.»

 

¿La princesa está utilizando a Rolfe igual que Smith la utilizó a ella? Smith buscaba sobrevivir. Pero ella… ella busca protección. Dejar de sufrir.

Como todos en algún momento de nuestra vida.


Malick filma una boda triste, con una cámara que recorre a los invitados desde el fondo hasta llegar a la pareja. La música acompaña el pesar de la joven, y la bondadosa resignación de él. En verdad es maravilloso que existan personas con infinita paciencia para con los demás, parece transmitir Malick.


Y es el que el director gira las tornas. Los pensamientos y vivencias de la joven, desde aproximadamente la mitad del film, son similares a los de Smith, ahora que está viviendo en sus propias carnes la misma situación: ser amada. No obstante, la naturaleza bondadosa de la inocente muchacha se traduce en que sus reflexiones sean, de forma coherente, tan espirituales como las que abrían el film.

 

«¿Por qué no me siento como debería? Como debo. Fingí una vez y no debo volver a caer. Sácate la espina. Él es como un árbol. Me resguarda. Me tiendo a su sombra.»

 

La Naturaleza es quien guía sus pasos, más allá de un poder divino desconocido y aterrador (aquél al que siguen los «temerosos de Dios»).

Eso sí: la Naturaleza es instinto. Es pasión. Por eso la tentación es fácil que vuelva.

 

 

«- ¿Qué te pasa?

–  Estoy casada con él. Está vivo. Lo he oído en el fuerte. Está vivo.

–  ¿Casada? No conoces lo que eso quiere decir.

–  Pero lo estoy.»

 

Aun sabiendo que va a encontrarse con el capitán en Inglaterra, Rolfe sigue con los preparativos para aceptar la invitación del Rey en honor de su esposa. La llegada al viejo continente es la última bofetada de Malick a nuestros antepasados… y a nosotros mismos.

 

 

El contraste del «paraíso» con la ciudad es deprimente. Malick nos hace avergonzarnos de la pomposidad de las calles adoquinadas y del falso refinamiento de sus habitantes, y aún así devuelve a la mirada de la joven la curiosidad con la que aceptó la llegada de los primeros marineros, años atrás.

La curiosidad nos da esperanza.

Malick corta de las calles a un gran salón lleno de cortesanos. Ella entra bella, pero «acondicionada» al entorno. El Rey toma su mano. Ríen al observar a un gran águila batir sus alas, a un mapache enjaulado. Pocahontas no deja de ser otro «tesoro» al que admirar. Ella está tan libre y a la vez tan enjaulada como los animales que la acompañan en su propia «exposición».

 

 

y, tras el circo… el ansiado reencuentro.

 

«- Creo que aún amas a ese hombre y no tendrás paz hasta que le veas. En mi vanidad pensé te haría amarme, pero ni puedo ni debo.

– Eres el hombre que pensaba que eras, y aún más.»

 

El marido se aleja, y Malick corta al que le espera fuera, en la entrada. Él está en el marco de la puerta, ella sale. De nuevo, miradas recortadas. Ahora ya de los dos. Y no porque sólo se tengan ojos el uno para el otro…

 

«- Sabías que yo tenia futuro, ¿verdad?

– Sí. ¿Encontraste tus indias, John? Las encontrarás.

– Creo que pasé de largo.»

 

Él no para de hablar, ella camina delante, sonriente. Este corte, estas tres sencillas frases de diálogo, condensa el inicio del fin: una disculpa, un perdón, y una confesión. Más adelante él seguirá con sus excusas («creía que era un sueño lo que vivimos en el bosque. Es la única verdad. Tengo la impresión de que es la primera vez que hablo contigo»), pero ya no será capaz de engañar a nadie. Ni a sí mismo.

 

 

Ella le mira, le hace una reverencia y se aleja. La rodea un jardín cuidado y geométrico, reflejo del orden de sus pensamientos. De sus decisiones. Por fin sabe lo que hacer:

 

«- ¿Podemos volver a casa?

– Lo antes posible.»

 

Su marido la mira satisfecho. Ella le mira con súplica, y con inmenso amor.

 

 

El cierre es como el inicio que veremos años después en El árbol de la vida. El padre jugando con su hijo, ella tirada en la hierba de la casa; el niño jugando con ovejas, la madre jugando con él al escondite, abrazándole…. La felicidad se encuentra en los pequeños gestos. «Madre, ahora sé dónde vives». Y el nativo que se pasea triunfante entre la solemnidad de un mundo al que no pertenece… ni tiene intención de hacerlo.

 

Decisiones vitales

 

El epílogo no es más que la aceptación de las decisiones. De todo lo ocurrido, y lo que ocurrirá. Con el vestido mojado, ella levanta los brazos al cielo. Todo es distinto, pero ya es igual. Observamos las copas de los árboles, oímos el sonido de los pájaros. La Naturaleza libre. Como ya lo es ella, física y mentalmente. El (no) futuro es una minucia.

 

 

La vuelta a los orígenes; la concesión al instinto, al misterio de nuestra existencia. La aceptación de los errores, y de lo incomprensible. Malick analiza la historia de Pocahontas para devolvernos un cuento de doble filo: en realidad su intención no es desmitificar el poder de la princesa en la historia de América, y de sus habitantes, sino más bien lo contrario. El nuevo mundo es una invitación a reflexionar sobre nuestras verdaderas motivaciones y deseos, y a valorar nuestros principios. Quizá algunos hubieran seguido a Smith, aun sabiendo que la relación sería intensa pero caduca. Quizá otros nunca hubieran dejado que su curiosidad desencadenase la evolución de los acontecimientos según ocurrieron. Y quizá, para muchos, el saber que Rolfe fue presumiblemente asesinado por nativos en su plantación de Virginia cinco años después del final del período contemplado en el film les hagan pensar en venganza por haber sido tan amable con la población auctóctona… En cualquier caso, El nuevo mundo es reflejo de una verdad incuestionable: hay que amarse y permitirse conocerse, en profundidad, a uno mismo y a su relación con el entorno, para estar convencido de tomar las mejores decisiones personales y colectivas. Pocahontas lo consiguió. Pocos podrán decir lo mismo.

 

 

TRAILER – El nuevo mundo (The New World, Terrence Malick, 2005):

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, pdte. publicación). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural (2016-2018, UOC) para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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