Rocketman

Rocketman: proclamar desesperada y falsamente a los cuatro vientos que no se vive en blanco y negro (o la falta de sincera identidad tras el glamuroso arcoíris)

 

El demonio entra decidido, entra vencedor. Entre plumas y brillantes está dispuesto a demostrar, por fin, que la decisión fue la acertada. Que es quien ha decidido ser. Y se propone demostrarlo a todos, incluido a él mismo.

Pero pronto su discurso se descuadra.

El demonio entra altivo, y se permite ironizar sobre el porqué ya es hora de cuadrarse. Su soberbia ilumina tanto la estancia que la mirada de todos se centra en su figura, desvaneciendo la imagen de todo el entorno, del lugar en el que ha decidido confesarse, dando absolutamente igual si se trata de la aséptica sala de un hospital de rehabilitación o del fondo de su corazón. El lugar entra ya en segundo plano, porque el demonio… toma ya el escenario, y no lo soltará nunca. ‘The bitch is back’.

 

Me llamo Reginald Dwight, tengo 5 años…

 

… y he descubierto un don que va a evadirme de una realidad que no quiero reconocer: que soy un hijo no deseado. El amor de mi abuela es sincero, pero no suficiente. La coraza que me protege es tan gruesa que puedo sentirme superior. Y en verdad puedo hacerlo: mi oído y mi imaginación, potenciados por un deseo rabioso de salir de este momento vital me ayudan a encerrarme en mi mismo. Si supero esta timidez…

 

El Reginald cuarentón se sitúa avergonzado en medio de este recuerdo en un color saturado que contrasta con el casi blanco y negro que concede a esos iniciales años cincuenta. Se trata de la introducción menos fantasiosa de Rocketman, en la que la paleta de color es inexistente, reflejo directo de una enmascarada confesión (como lo es la expresiva cara de Egerton): al homenajeado no le gusta anclarse demasiado tiempo en un doloroso pasado con el que (cree) no se identifica en absoluto, pero al que es necesario, aunque sea brevemente, enfrentarse para que el demonio pueda seguir con su verborrea.

 

 

Pero el demonio llora. Se arranca los cuernos. Empieza a elevarse hacia la superficie.

 

Me llamo Reginald Dwight, tengo 17 años…

 

Y he llenado el vacío del afecto con la música. Tengo amigos con los que irme de fiesta y novias fugaces con las que me divierto. Y estoy decidido a hacer de la música mi futuro. Pero no sé cómo hacerlo.

 

 

El paso a la adolescencia viene presentado por un impactante número musical que esconde una efectiva elipsis. En este tramo del film, además, se revelan las dudas sobre la orientación sexual del protagonista y uno de los momentos clave de la vida del demonio: cuando conoce a su inseparable letrista. Esta segunda parte esconde varios de los aciertos de Rocketman: las decisiones de ensalzar los momentos más significativos con cámara lenta  inyectan de energía la evolución de todo el biopic (cuando le entregan el primer sobre con las letras de Bernie); la naturalidad con la que se consigue que el espectador comprenda la rápida conexión entre los dos amigos (con ese tarareo de The Streets of Laredo), con una “química” extenuante entre un Egerton que se sabe centro y un Bell que acepta un papel secundario pero que ilumina la pantalla cada vez que aparece con la humildad de su sonrisa (¿o no es hermoso cómo interpreta esa aceptación de que su amigo ha encontrado la melodía a ‘Your Song’, escrita precisamente desde la adoración al que considera su hermano?)… aquí aún no hay fantasía exaltada, quizá porque aún las drogas no han entrado en la vida de Reggie. Rocketman, perfecto engranaje narrativo, sigue preparándonos para su explosión.

 

Me llamo Reginald Dwight, tengo 23 años…

 

… y quiero dejar de pensar en Reginald Dwight. Soy Elton Hercules John. Soy multimillonario. He conseguido lo que todos desean.

 

 

Rocketman, ahora sí, alcanza el cénit. Las apariciones del demonio molestan. El espectador, como el propio Elton, sólo quiere vibrar siguiendo la música pegadiza. La recreación de la actuación en The Troubadour  es tan significativa como el sentimiento del observador: alcanzamos el éxito, la gloria, junto al protagonista. Nos elevamos con él, nuestro imposible alter ego real, nuestro reflejo en la fantasía de nuestras aspiraciones.

Pero “Dame lo que quiero, protégeme de lo que deseo”, canta Enric Montefusco en ‘La Reconquista’.

Y Elton no se protegió. Elton conoció a John Reid, y ahora, en este recuerdo tergiversado, le traspasa casi literalmente el traje de demonio naranja del que ya se ha despojado en la sala de terapia: Elton dota a John de una aureola de superioridad que hace reconocer al cantante que debilita su recién adoptada autocredibilidad. John hace retroceder al demonio Elton, y Egerton vuelve a las expresiones del inicio del film y, por ende, a que siga sobrevolando la sombra de Reginald frente a la de Elton. Porque Elton aquí inicialmente sonríe divertido, como cuando le vimos sentado por primera vez ante el piano. Se siente querido. Pero pronto recupera la timidez, incluso la inseguridad, cuando acepta someterse a la arrolladora personalidad de su amante. Reginald, sí, acapara la pantalla cuando Elton agarra el alcohol o esnifa cocaína. Incluso también se deja entrever en uno de los más irreales (y personalmente favoritos)  números musicales de todo Rocketman, el creado para ‘Honky Cat’: Elton hace lo que le dice John, y busca en todo momento, tras el coqueteo inocente, la aprobación de su acompañante.

La actuación de Richard Madden es quizá de las más flojas en los duelos interpretativos con Egerton, pero cabe destacar que consigue, verdaderamente, que odiemos al productor musical.

 

Me llamo Reginald Dwight, estoy ya en mi treintena…

 

… y no quiero reconocer que, verdaderamente, veo mi vida en blanco y negro.

 

 

La treintena nos trae el declive de Elton, y la mirada melancólica, algo más consciente aunque no del todo, hacia un pasado que (no quiere reconocer pero que) echa de menos. Nos trae también el verdadero significado de la letra del título del film, una ‘Rocketman’ que deja tristeza en el espectador aun cuando está viendo al protagonista sonriente golpeando la pelota de béisbol subido a su preciado piano… justo tras explicar su primer intento de suicidio. Una secuencia tan bien pensada como la del salto a la adolescencia.

Fama y dinero no son sinónimos de felicidad. Sexo y drogas tampoco. Amor lo es, y no lo tuvo. O al menos eso transmite John así que, de nuevo, Reginald asoma discreto, tras una lágrima sublime, en el salón de la casa de un padre que ha rehecho su vida sin él. O tras el comentario de una madre que no puede evitar ser crítica, también, con la confesión directa sobre su inclinación sexual. Ahora soy yo, la redactora, quien confiesa que, en un primer visionado, pensé que Rocketman entraba en esta parte en una espiral de la que le costaba salir, perdiendo la atención el espectador. Lejos de caer en el tedio, un segundo visionado revela el sentido de este conjunto: el film pierde espectacularidad no en imágenes, ni en guión. Lo que consigue es que el espectador sienta, como el propio Elton, que ha perdido la magia.

 

Me llamo Reginald Dwight, y en los cuarenta no sé si soy Elton John o…

 

… si deseo volver a ser Reginald, aunque no quiera reconocerlo.

 

 

¡Ah!, esta última parte de Rocketman. Elton retoma las riendas de su vida tras una metafórica pero realista imagen: se mira al espejo, limpiándose la gota de sangre que cae de su nariz. Poco antes nos ha hecho ver su encuentro con un Bernie al que durante los últimos años había considerado un traidor, y al que además sitúa, con una dura conversación, en el mismo restaurante en el que habla a su madre también desde el odio. Esta es otra decisión sublime del film: el restaurante de lujo se convierte en la coraza Elton John, en el terreno de excesos en el que se siente suficientemente protegido para no tener que hacer caso a que tiene un problema. El restaurante es el mundo interior del cantante, y cuando Elton sale del baño para enlazar las dos conversaciones, y se mira el traje extrañado, sin saber cómo ha cambiado de ropa…. no es más que la demostración en imágenes de ese período en el que no se daba cuenta de que estaba tirando al traste lo más importante de su vida:  familia (el papel del padrastro es uno de los más silenciosos pero que acompaña a la perfección la estabilidad de Reginald, reconociendo sutilmente en el film que fue el que le acercó al Rock&Roll, y el que le dio el amor que su propio padre no supo darle) y amigos.

Esta última parte también nos devuelve a la sala del hospital, y a la verdadera confesión de Elton. El cantante se sincera con sus allegados y da la espalda a los que considera debe darla; pide perdón públicamente, desde el corazón; y, lo más importante, es capaz de abrazarse con el niño de cinco años. Ese que siempre ha seguido ahí y que el adulto no ha querido sacar a la luz para evitar que le sigan haciendo daño (de hecho, Elton parece se sigue aferrando a esa recomendación del cantante estadounidense de cuando él tenía 17 años, «you have to kill the person you were born to be in order to become the person you want to be»… cuando, quizá incluso inconscientemente, quiere todo lo contrario: volver a sus raíces).

El niño de 5 años pide que el cuarentón le de un abrazo. Pide reconciliarse consigo mismo, pero el cuarentón no se da cuenta. Él, Elton, piensa que está haciendo las paces con su niño interior, y nada más lejos. Está haciendo ver que le olvida (no en vano repite que sabe quién es, que es Elton Hercules John)…  cuando ese niño es perfectamente reconocible en este resurgir de sus propias cenizas…

«Don’t you know I’m still standing better than I ever did
Looking like a true survivor, feeling like a little kid
I’m still standing after all this time
Picking up the pieces of my life without you on my mind.»

 

… y aparece juguetón con una sonrisa sincera, levantando las piernas a uno y otro lado al llegar a la estrofa en la que se reconoce vuelve a sentirse como un niño. Como Reggie. Como un ángel inocente, capaz de volver sobre sus propios pasos, de recorrer el largo pasillo del hospital, ahora, como el ángel que es, vestido de blanco.

El ángel se impuso, se impone, al demonio. Reginald se impone a Elton, y lo hace cerrando el film con una recreación del popular vídeo musical de ‘I’m still standing’, la canción que todos pensábamos nos hablaba de la superación de una ruptura amorosa, y en realidad proclama que se ha liberado de sus adicciones. Aunque claro, esto, como todo el film, es una fantasía real, o una real fantasía… porque la canción es de mucho antes de que nuestro protagonista de carne y hueso decidiese desintoxicarse…

Un cierre tan magistral como la entrada del demonio naranja y que, al igual que el número musical de Rocketman, nos deja la sensación de triste superación. Nos deja un nudo melancólico en la garganta, y quizá eso es lo que la convierte en especial.

 

 

¿Quién soy? Soy Reginald Dwight, los cimientos de un Elton John que prefiere seguir tras las gafas de colores. Soy el niño con el que a todas todas he reconectado, y que me ha devuelto la felicidad. Soy quien ha conseguido que Elton John sonría de nuevo sinceramente mientras sostiene en sus brazos a su segundo hijo. Soy el que ha apartado a un demonio tan impostor que ni tan siquiera se veía a sí mismo como rojo fuego.

¿Quizá ese demonio naranja ni tan sólo hubiese existido si la primera familia hubiese estado más unida? Seguro que sí. Reggie tenía que conocerle para encontrarse. Estaba destinado a ello.

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Nota final: no puedo evitar hacer mención al caso omiso que se le otorga a la relación de Elton John con la casa real británica, no tanto porque no se hable de su condición de Sir, sino por incluir específicamente una frase en el metraje, «parece que la Reina es fan de Elton», y el diálogo continúe como si la invitación no tuviese la menor de las importancias. Quizá es su forma de demostrar que el significado de fama y reconocimiento no incluye toda esa parafernalia).

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TRAILER – Rocketman (Íd., Dexter Fletcher, 2019):

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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