Cristal (Glass)

Cristal (Glass): dudas, autoanálisis… el coraje de aceptarse a uno mismo, y (de)mostrarse al mundo tal y como se es. El coraje de creer. La alegría de compartir… y ser necesario

 

“Remember, remember, the Fifth of November, the Gunpowder Treason and Plot. I know of no reason why the Gunpowder Treason should ever be forgot… But what of the man? I know his name was Guy Fawkes and I know, in 1605, he attempted to blow up the Houses of Parliament. But who was he really? What was he like? We are told to remember the idea, not the man, because a man can fail. He can be caught, he can be killed and forgotten, but 400 years later, an idea can still change the world. I’ve witnessed first hand the power of ideas, I’ve seen people kill in the name of them, and die defending them… but you cannot kiss an idea, cannot touch it, or hold it… ideas do not bleed, they do not feel pain, they do not love… And it is not an idea that I miss, it is a man… A man that made me remember the Fifth of November. A man that I will never forget.”

V de Vendetta (V for Vendetta, James McTeigue, 2005)

 

Este texto, este film, es un mensaje. Toda una llamada a la concienciación. A la necesidad de mirarse a uno mismo, y sentirse fuerte ante las adversidades. A no dejarse humillar. A conocerse, y a valorarse.

Recordad: somos poderosos. Somos superhéroes. Que nadie pueda convencernos de lo contrario.

Esto es solo el principio.

 

Tres personajes, una única misión

 

 

Hay un plano que resume todo lo que Shyamalan ha querido condensar en esta trilogía que tenía en mente desde hace años. Un plano que no es otro que el seleccionado para el cartel inicial, la imagen que se nos avanzó semanas antes del estreno. Ese en que encontramos a los tres personajes sentados ante la psiquiatra. Ante nosotros. Sin sus trajes, sin sus superpoderes. Tan desvalidos como antes de ser alzados como superhombres…

Tres personajes, tres pasados.

La medida (dis)posición de los tres protagonistas no es más que un ejercicio de análisis, una propuesta de reconocimiento, y aceptación personal. A la derecha el ya conocido héroe, el que reconoce el mal y finalmente acepta combatirlo. El irrompible, el protegido. El Salvador.

En el centro, el que sufre Trastorno de Identidad Disociativa. Con una mente hecha pedazos, se autoprotege para mantener el equilibrio. Se debate entre hacer daño o no a algunas personas, pero que defiende una visión clara: proteger a los más desvalidos, a los que han sufrido, porque ellos son los puros de corazón. Es, en definitiva, el niño grande.

A la izquierda, el que también está roto físicamente, el que es puro cristal. El villano, el que en el pasado ha sido capaz de matar a cientos de inocentes para demostrarse a sí mismo una “disparatada” teoría: que su existencia tiene una razón de ser. El que es antítesis, pero también reflejo.

El bien, la confusión, y el mal. Tres hombres, tres representaciones de cómo afrontar la vida.


Pero… ¿tan dicotómicos somos los humanos? Por supuesto que no. No en vano es imposible no fijarse en los colores seleccionados para los “héroes”: Verde/amarillo y violeta. Colores complementarios, diametralmente opuestos en el círculo cromático… pero situados dentro de la misma rueda.


Distintas intensidades, distintas tonalidades, distintas ideas. Pero que conforman una misma visión. Una misma misión.

La de Shyamalan.

 

 

Curiosamente el director limita casi exclusivamente a esta escena, a este plano, la propuesta de la simetría. Esa que explotaba en Múltiple (Split, 2016), como recurso básico a la perturbación que buscaba: una simetría inquietante, que anunciaba el difícil equilibrio existente en la mente de su protagonista. Un equilibrio continuamente al borde de la desestabilización, continuamente amenazando con romperse…  y convertirse en trozos de cristal. De hecho, los pocos encuadres que mantienen esa simetría en Cristal (Glass) se reservan a la aparición de La Horda.


Pero la perturbación psicológica se sustituye aquí por turbadora desazón.


Sí, Shyalaman ahora necesita desazón en el que observa, en el que juzga… un espectador del que quiere una reacción más allá, mucho más allá, de la simple comprensión de su propuesta. Pero, a diferencia de Múltiple (Split), el director no busca obtener miedo, sino la confusión más extrema. Una confusión que ha ido amasando hasta llegar a este momento cumbre, decidiendo utilizar el recurso más simple posible: que la cámara se convierta en los ojos del “intruso” espectador…

… porque el realizador decide conscientemente que su film no puede verse desde la distancia. Sus planos no pueden ser mayoritariamente fijos, no pueden ser editados para facilitar la desconexión para aquel al que se le ha permitido observar. Esa necesidad de Múltiple (Split) (el primer contacto con La Bestia, con los secuestradores de “inocentes”) que requería no adentrar al que observa en el horror de las adolescentes, para no prejuzgar a ninguno de los protagonistas, ya no tiene aquí cabida. Porque ya hemos empatizado con todos ellos, con La Horda. Con David. Con Elijah. Ahora… tenemos que sentirnos como tales.

Tenemos que sentir sus dudas como propias.


La cámara se mueve de la psiquiatra al personaje, del personaje a la psiquiatra. Sin cortes, sin plano-contraplano. Permitiendo el movimiento, la vivencia más realista. Porque lo que se muestra es la vida real, disfrazada de superhéroes a los que admiramos… ya que pensamos que no vamos a ser nunca como ellos. De esta forma, una decisión poco esperada se convierte en lógica: la cámara se cuelga ante Daniel mientras lucha contra La bestia, y sentimos cómo se mueve todo a su alrededor. La cámara es la verdadera aliada del espectador, porque le ayuda a inmiscuirse en la acción. Más aún: no a sentirse Daniel, sino La Bestia. Y al revés.


Otro ejemplo: las entrevistas de la psiquiatra con los diferentes pacientes se montan de forma que podría ser una misma conversación. La mujer pregunta amablemente, mirando siempre directamente a una cámara que es David, que es Hedwig, que es Elijah. Que somos nosotros….

 

 

El espectador se convierte en parte importante del resultado de las luchas entre los superhéroes, que también son las luchas entre sí mismos. El observador, por tanto, comienza a sentir como propias las vacilaciones que la psiquiatra intenta inculcar a sus pacientes.

¿Son/somos superhéroes?

La pregunta obtiene una magistral respuesta. En El protegido(Unbrekeable, 2000), primera parada de este desconocido viaje, el director se planteaba si los superhéroes de los comics podrían basarse en personas de carne y hueso, y nos invitaba a avanzar en esa teoría por un camino lleno de travellings. En Múltiple (Split), investigaba el poder de nuestra mente para autolimitar o no nuestros actos. Y ahora, dejando muy claro en su guión el por qué desea esta crucial simbiosis protagonista-espectador, con Cristal (Glass) nos invita a actuar. Última parada que necesita una necesaria introspección.  Y qué mejor forma de obligarnos a analizarnos que… emplazándonos en un psiquiátrico.

Pura concentración. Sin distracciones. Pocos cambios de localización que responden a falta de grandes recursos económicos, que no imaginativos… porque esta limitación es óptima para su proyecto: al fin y al cabo, qué mejor que encerrar a sus tres personajes fetiche para conseguir su introspección, y volcarla en el espectador.

Pero el héroe no está solo. No estamos solos. Siempre podemos apoyarnos en nuestros más allegados.

Y quizá éste sea el verdadero mensaje de Cristal (Glass).

 

Tres leales compañeros… los verdaderos protagonistas

 

 

Como en el cómic, dentro y fuera de sus viñetas, Shyamalan rodea a sus superhéroes de incondicionales. De distintas edades, de distintas razas, de distinto sexo. Seguidores que creen en ellos, que les ayudan y apoyan. Hijos, padres, amigos… cualquiera de nosotros puede responder a esta clasificación.

Todos tenemos, o queremos, formar parte de una familia.

Todos necesitamos crear fuertes vínculos.

Shyamalan confirmaba en la rueda de prensa de Sitges 2018 que sus films giran en torno a mantener, a proteger, esta unidad. En Cristal (Glass), claro, no es diferente:

La madre que hará lo imposible para proteger a su hijo del escarnio social.

El hijo que ayudará a su padre a conseguir la autoimpuesta misión de protección global.

La amiga que es capaz de leer el alma de su compañero, mucho más allá de lo que la gente tiene ganas de descubrir.

Tres representantes de los que no desfallecen aunque las circunstancias compliquen el avance de sus vidas, y las de sus adorados referentes. Tres personas que se convierten también en el contrapunto al héroe, en su necesario apoyo y soporte para animarles a continuar con su lucha. Tres pilares que, de nuevo, también somos los espectadores. Porque formamos parte de un círculo que únicamente es fuerte si creemos en él. Porque quizá no queremos ser superhombres, pero seguimos siendo necesarios. ¿No es esa la verdadera definición de héroe?

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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