El hoyo (#Sitges2019N7)

El hoyo: ojalá fuese obvio

 

«—Con todo eso, hermano y señor —dijo el del Bosque—, si el ciego guía al ciego, ambos van a peligro de caer en el hoyo.»

Extracto de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra, 1605)

 

Ciegos. Todos estamos ciegos, y nos guiamos los unos a los otros. Y sí, ya estamos en «el hoyo». Siguiendo normas y leyes con las que no comulgamos pero no nos atrevemos a poner en entredicho; mirando hacia otro lado cuando corrupción política, malversación de fondos o tráfico de influencias salpican las noticias día sí, día también. Nos hemos acostumbrado tanto a ser manipulados… que sólo esperamos nuestro turno de poder ser como aquellos a lso que, en el fondo, admiramos.

«Hijos de puta», dice uno de los protagonistas, levantando la vista hacia los niveles superiores pensando que, igual que él acaba de hacer con los de abajo, pisotearán y escupirán en su comida.

Hijos de puta los de arriba. Y que se jodan los de abajo. ¿Y nosotros? ¿Qué somos? ¿Qué hacemos para cambiar la situación?

La esperanza es una nueva generación. Esa de valientes como Greta Thunberg.

Pero vamos al comentario. Nos adentramos en El hoyo.

 

 

Un hombre entra voluntariamente en «El hoyo» durante un año, tras el cuál, acabamos descubriendo,  conseguirá un diploma homologado que le permitirá tener más oportunidades. El edificio, compuesto por celdas de a dos en vertical y con un enorme hueco en medio de cada una, es un experimento de «la Administración», una oportunidad para todo tipo de personas. De escalar en la sociedad, de redimir sus pecados. Nuestro protagonista pronto conocerá las duras condiciones y reglas del hoyo, e intentará modificarlas para llevar la igualdad a todos los «presos», estén ubicados en la planta que estén. Pero esto supone que los de los niveles superiores tengan que perder privilegios para conseguir que todos tengan oportunidades…

¿Y quién quiere eso, cuando se está disfrutando del banquete sin restricciones?

Los privilegios vienen representados por un festín gastronómico que va descendiendo cada x minutos. En el nivel 0 está la cocina de alto (y rancio) standing, llena de cocineros y camareros que preparan cuidadosamente la plataforma. La abundancia de comida es tan exagerada que hasta da reparo pensar en que sea tan fácil que se termine tan rápido… Los de los primeros cincuenta niveles no tienen problemas en su alimentación, pero a partir de ahí… lo que llegue más abajo será sólo voluntad de los de arriba.

Y los de arriba, ya lo sabemos, no están para compartir su trozo del pastel. Ni el pastel entero, ya que lo tienen en su poder.

En un primer visionado y nada más comenzar el film es inevitable no trasladarse mentalmente a High-Rise (Íd., Ben Wheatley, 2015) o Snowpiercer: Rompenieves (Snowpiercer, Joon-Ho Bon, 2013), pero pronto descubrimos que estamos ante una propuesta mucho más intensa, mucho más incisiva. Porque aquellas premisas de sociedades estratificadas condensadas en un edificio, o en un tren, terminaban por echar la culpa a los creadores (a lo que aquí, en El hoyo, sería la «administración») de todas las penurias sociales. Recordemos sino al «arquitecto» de High-Rise, un idealista rodeado de malvados consejeros, o al «maquinista» de Snowpiercer:Rompenieves, que acababa confesando el retorcido plan. Pero El hoyo está llena de reflexiones, a golpe de El Quijote, que permiten replantearse esa contínua «crítica hacia arriba»…

Y es que, ¿por dónde puede empezar el cambio? Ni desde arriba ni desde abajo… sino en el propio nivel.

 

 

Continúa así el desgranamiento de una acusación aparentemente ya vista, pero desde un punto de vista que no juega al miedo estilizado, sino más bien a la sátira y humor sarcástico. La combinación resulta explosiva: un diseño de producción cuidado que se sustenta del minimalismo escénico para potenciar la protesta es imprescindible para acompañar al incisivo guion. Porque El hoyo no denuncia sutilmente, sino que analiza la situación de la sociedad actual («¿A quién se le ocurre traerse un libro?») y la reflexiona contínuamente y de cara, dándose cuenta, y mostrando sus conclusiones al espectador, de que hay soluciones utópicas que, al menos ahora mismo, no van a conseguir cambiar nada (léase, entre otros ejemplos representados, «solidaridad espontánea», término que aparece en el film y que, lamentablemente, no es de recibo en una sociedad capitalista).

Reflexiones escondidas en imágenes tan brutales como el ¿necesario? canibalismo perpetrado en los niveles más bajos, pero también en esas heces directas a la cara del que pretende, pidiendo por favor la ayuda desinteresada, escalar al piso superior. Racismo, envidia y egoismo impregnan el film sin tapujos, dejando en nuestras propias conciencias el pensar, siendo sinceros con nosotros mismos, qué es lo que haríamos en el lugar de «los presos». El hoyo lo tiene claro, y desgarradoras escenas se acumulan, una tras otra, para contradecir suposiciones o para confirmar nuestros más profundos temores.

Y es que, en verdad… un mes podemos estar en el piso 38, y otro, en el 202. ¿Por qué no nos damos cuenta de que no sirve de nada «ser feliz» sólo un mes? ¿Por qué no asumimos que eso sólo hace que el edificio siga manteniénose sin cambiar sus reglas, radicalizando las ideas tanto de ricos como de pobres?

La plataforma baja, y un hombre arroja billetes a la mesa vacía…. El dinero no siempre es la respuesta. Pero quizá un libro sí.

La música, aterradora y cómplice de un guion exquisito que no decae ni un ápice durante todo el metraje y se conforma de meandros inteligentes que retuercen aprendizajes, que nos llevan hacia adelante para devolveros al punto de salida y repensar la afirmación de pocos minutos atrás. Quedarse con parte del botín no es la solución (la temperatura de la celda sube o baja hasta matar a sus inquilinos), porque no resuelve a largo plazo el hambre. Y adaptarse….

Una opera prima que pone en el punto de mira a su director y excelentes guionistas, y que ha revolucionado el Auditori en Sitges 2019. Comprada ya por Netflix… sólo queda pedir que no caiga en el olvido de su gran base de datos. Sería verdaderamente demencial.

 

TRAILER – El hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019):

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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