Apocalipsis y distopía (#SitgesCampus2019, #Sitges2019N1)

Apocalipsis y distopía. De antihéroes, grandes corporaciones y destino de la humanidad. Reflexiones… a partir de #SitgesCampus2019

 

 

«Los enemigos de la felicidad no descansan. ¡Coged la felicidad con ambas manos! Mañana se suspenderán labores y todos los números deberán presentarse en los auditorios para ser operados. Los que se nieguen terminarán en la Máquina del Benefactor.»

Extracto de la novela Nosotros (Mbl, Evgueni Ivánovich Zamiátin, 1921)

 

Pensamos en el futuro del hombre y la gran mayoría de proyecciones nos llevan a situarle, situarnos, en términos de destrucción.

Apocalisis. Fin del mundo. Destrucción total. Revelación.

La destrucción del mundo debida al cambio climático (fruto de la irresponsabilidad humana) o al lanzamiento de bombas atómicas. Somos inconscientemente conscientes de nuestra activa participación en el (no) futuro de la raza, y quedarnos sin “hogar”, sin “legado”, es una preocupación. Lejana, pero preocupación, aunque aún no nos hemos apropiado del papel que podemos tener en todo esto. Quizá por eso, y para autocomplacernos un poquito, también nos gusta imaginar qué será de nosotros por motivos por los que no podemos hacernos responsables (la caída de un meteorito o la invasión extraterrestre).

En cualquier caso, desde hace años, literatura y cine exploran estas posibilidades. A veces únicamente como ejercicio especulativo, a veces simplemente para entretenerse. A veces, y cada vez más, con verdadero sentido de concienciación absolutamente moralista, encubierto en el género. Tres ejemplos: Interestelar (Interstellar, Christopher Nolan, 2014), que siempre defenderé como la intención de Nolan de posicionar al hombre por encima de su legado tecnológico y con la evidente vocación de explicar 2001: Una Odisea del Espacio (2001: A Space Odissey, Standley Kubrick, 1968), presenta la necesaria emigración interplanetaria debido a la inminente desertización. No se atreve a hablar claramente de cambio climático, pero ahí está como trasfondo que muchos habrán obviado deliberadamente para quedarse, precisamente, con la conquista del espacio. No es reprochable: Nolan, como ya nos tiene acostumbrados, palnteaba su film «por capas»… que cada cuál se quede con la/s que más le interesen.

El segundo ejemplo es menos conocido, porque acercar a Alexander Payne al público objetivo de este tipo de films es más que difícil, pero me refiero a Una vida a lo grande (Downsizing, 2017), en la que sabiendo que ya se llega tarde a revertir los efectos del hombre sobre la naturaleza (el deshielo de la Antártida expulsa grandes cantidades de metano), presenta la egoísta posibilidad de seguir viviendo sin limitar nuestro bienestar social: si nos encojemos, encojemos también nuestro gasto (menos es más) y, de rebote, limitamos los residuos. Todo un win-win. Buena idea, salvo por una obviedad: hacernos pequeños no implica ser altruistas. Una crítica social marca de la casa que no fue bien recibida (seguramente por una engañosa promoción demasido enfocada a la comedia superficial) y que sin embargo para la que esto suscribe supera con creces otros films del autor.

 

Una vida a lo grande

 

(Apunte: en el sentido del cambio climático también podría hacer referencia a la temporada 2 de ese gran descubrimiento que es Future Man (Íd., creada por Kyle Hunter, Howard Overman, Ariel Shaffir, 2017-), en la que gran parte de la población sin recursos vive en el desierto y ha tenido que volver, casi literalmente, a inventar la rueda… pero que reniegan con sorna la explicación sobre que su actual situación es culpa del hombre y del cambio climático. Brillante forma de poner sobre la mesa el problema, igual que brillantes son sus «inocentes» puyas hacia James Cameron. Pero eso es otro tema, y esta serie da para un texto para ella sola.)

 

Future Man (Temporada 2)

 

«El Apocalipsis se ha convertido en crónico, no letal.», sentenciaba Ángel Sala el último día del curso. Y es bien cierto:

La experiencia nos dice que ser alarmista de forma abierta provoca, desde ya hace años, el efecto contrario en el espectador (incluso en El planeta de los simiosPlanet of the Apes, Franklin J. Schaffner, 1968-, la moraleja final ha pasado a la historia del cine por el twist, y no por el verdadero mensaje de la película).  Quizá por ello los films que más y mejor funcionan son los que no explican el por qué del apocalipsis. Y aquí encajamos por ejemplo con la interesante Infectados (Carriers, 2009), que planteaba el fin de la humanidad por culpa de un virus altamente infeccioso (a colación: David y Álex Pastor, directores, compartieron con nosotros el último día de curso su experiencia en el cine) y, por supuesto, con Mad Max: salvajes de autopista (Mad Max, George Miller, 1979), film central para este Sitges 2019, con una trilogía (eso sí, 2 y 3 sí harán incapié en la acción nuclear) y última ¿secuela? para las que Ángel Sala presentó todo un contexto economico-social y de producción (desde la crisis del petróleo de los setenta hasta las influencias del nuevo cine de antihéroes, pasando por la ozplotation y el surgimiento de un nuevo tipo de cine de acción) durante el #SitgesCampus2019. Una saga que demuestra cómo una sociedad puede reconstruirse desde sus cenizas, y cómo una única persona puede apoyarla o conseguir la ¿deseada? rebelación.

Pero desde Mad Max, estandarte del antihéroe nacido en una sociedad que ha debido reinvertarse, quiero enlazar al tercer ejemplo que antes anunciaba y que Ángel Sala citó en el curso pero no llegó a desarrollar, quizá por ser un filmde distopía extrema verdaderamente desconocido (aparte de por unos cuantos que tuvimos buen olfato -y las entrañas suficientes- para descubrirlo): The Divide (Íd., Xavier Gens, 2011).

 

The Divide

 

Un grupo de desconocidos se aisla en un refugio tras un ataque nuclear. A partir de aquí, y tras el horror compartido, se genera a pequeña escala la evolución de una nueva sociedad, que a nivel micro se compone por personas que buscarán hacerse con su propio rol para sobrevivir (que es para lo que estamos programados): desde el de prostituta hasta el de loca para no ser molestada, pasando por el de débil y sumiso para todos los que no podrán soportar la presión, y acabando, para su propia sorpresa, por el de verdaderos dictadores que serán capaces de alzarse y poner a su merced al resto del reducido grupo de supervivientes. El film es realista y duro, muy duro, en absoluto condescendiente hacia un espectador que vive la brutalidad de las imágenes desde un horror que le fascina desde la culpa.

The Divide expone claramente lo que todos sabemos y ya vemos en Mad Max: la fuerza es la que ayuda a levantarse. Si además va acompañada de inteligencia… podrá reconstruirse una nación, tras el (más que posible) holocausto, que respete la individualidad. En caso contrario, The Divide y sus normas serán las que devuelvan al hombre a unos orígenes en los que el respeto por el prójimo se verá supeditado a lo que podamos conseguir de él. En esa línea encontrábamos también A ciegas (Blindness, Fernando Meirelles, 2008), algo menos visceral que la anterior, y La carretera (The Road, Joan Hillcoat, 2009), mucho más soft aunque haga incluso alusión al canivalismo.

 

A ciegas

 

Una introducción larga para decir que la intención de este texto, igual que ya pasó en el dedicado a #SitgesCampus2016, Mad doctors y androides, no es hacer un resumen del curso, ni un extenso listado de referencias y anécdotas (que sí nos dieron, y es de agradecer por lo bien conectado de las sesiones). De hecho, lo que me gustaría es reflexionar sobre films que, precisamente, no se trataron durante las clases, llevándo toso el discurso hacia la distopía…

Porque si hablamos de apocalipsis no podemos dejar de relacionar la “destrucción” con “destrucción intrínseca». Quizá derivada de la reconstrucción social tras un gran desastre. Quizá por la evolución de las grandes corporaciones, que lo único que desean es conspirar para obtener más productividad, más beneficios, más poder (interesante diferenciación que se apuntó en el curso: la búsqueda de poder va más allá de la ofuscación por hacerse rico. Esto último no tiene por qué acabar sometiendo a toda una sociedad. Sin embargo, el poder….).

Distopía. Lugar malvado. Alienación humana. Falta de identificación individual.

 


Así que permitidme jugar con las palabras y definiciones, y dedicar este texto a un tema primordial que pasó tangencialmente por #SitgesCampus2019:

Apocalipsis distópico: revelación de la falta de identificación individual.


 

¿Cómo se pierde la individualidad?

Ahondando en la moralidad.

 

 

1984 (1984)

 

En mi texto para Miradas de Cine titulado «No ver el mal, no escuchar el mal, no decir el mal», en clara alusión a los monos sabios de la cultura japonesa y a colación del estreno en cines de la saga Divergente (Divergent, Neil Burger, 2014) , planteaba el análisis sobre cómo se moldea una sociedad futura desde la buena intención, siempre, de crear una utopía. El film es un claro ejemplo: establecer toda una serie de normas basadas en la organización por castas para el equilibrio, pacífico, de la convivencia. Diferenciando el bien del mal, estableciendo límites tan sólidos que saltárselos conlleve un profundo arrepentimiento personal.

Traición hacia el círculo social y, por tanto, hacia uno mismo.

No obstante, el ser humano es incapaz de acatar órdenes por mucho tiempo siguiendo unas pautas únicas pre-establecidas… está en su/nuestra naturaleza. Así que pronto comenzará a especular sobre las verdaderas intenciones que se esconden tras las idílicas bondades sociales… descubriendo, siempre, que detrás hay una serie de intereses ocultos.

 

Equilibrium

 

Y es que hablábamos de productividad. Dos ejemplos claros los encontramos en las propuestas de Equilibrium (Íd., Kurt Wimmer, 2002) y Equals (Íd., Drake Doremus, 2015). Para ser productivo hay que erradicar debilidades. Y las emociones son fuente de ellas. Así que en lso dos films se plantea el hecho de que sentir esté prohibido, o directamente es tratado como enfermedad. La represión, la cura es necesaria. Igual que respetar las castas.

 

Equals

 

Uniformes negros o blancos, da igual. Lo importante es mantenerse en el sitio que corresponde, y no preguntar. Si no preguntas, puedes ser feliz. Aunque sea artificalmente…. com el placer de comerse el chuletón de Matrix.

Matrix (The Matrix, Wachowski, 1999), otra distopía apocalíptica a reivindicar para las nuevas generaciones (aunque no haya envejecido demasiado bien), que incluye otra de nuestras pesadillas futuras: robots.

La evolución robótica sigue manteniendo en vilo a muchos catastrofistas. Es una de mis obsesiones personales, además: construimos robots, Inteligencia Artifial cada vez más sofisticada, para sentirnos Dioses. Y nos da miedo que nos sobrepasen.

No deja de ser lógico: nosotros queremos hacer lo mismo con nuestro «creador». Y si no lo conseguimos…

O le superamos, o le destruimos.

Quizá esta es una buena reflexión para introducir otra de las sagas homenajeadas: Alien.

En Prometheus (Íd., Ridley Scott, 2012) una de las grandes teorías que aparecen ya al inicio del film es que la creación de la vida en la Tierra fue gracias a los extraterrestres. Lo ingenieros, los Space Jockeys, confirmaban así su caracter benévolo hacia la raza y, no obstante, hacia el final del film, el último de la especie decide no dar tregua y «destruir» a David y al resto de la tripulación superviviente, sin mediar palabra.

El «Dios» humano revelándose contra su propia criatura, y la criatura de éstos… criatura que también quieren revelarse.

Fascinante.

 

Prometheus

 

Alien: Covenant (Íd., Ridley Scott, 2017) es para mí uno de los films más fascinantes de la saga,  precisamente por mostrar cómo la tecnologia creada por el ser humano, David, se alza con la necesidad de querer, también, ser «creador». Una de las explicaciones hacia la llegada de los xenomorfos que no fue demasido bien recibida y que sin embargo es toda una alegoria a la locura, y nunca mejor dicho, de sentirse superior. Y recordemos también que Ash, el androide de Alien (Ridley Scott, 1979), prefiere dejar vivir al monstruo antes que ayudar a sus propios compañeros….

Robots para uso militar que se nos van de las manos. Robots orgánicos. Robots creados por grandes corporaciones.

Weyland Corporation.

Tyrell Corporation.

Wallace Corporation.

Hasta llegar a Skynet.

(dejaremos a un lado los supuestos años de creación de cada una de ellas…. Ya se sabe, es difícil que los diferentes creativos pudiesen ponerse de acuerdo en en siglo exacto en el que la inteligencia artificial podría superar a los humanos….)

Del hombre a la máquina. Del control a la supervivencia.

¿Llegará un momento en que sea cierto que las corporaciones (y gobiernos, si es que existe un límite real entre unos y otros) se orientarán en verdad hacia la protección de la supervivencia del ser humano más que hacia su control?

 

Carré blanc

 

Volvemos a los ejemplos: si hay una distopía tan descorazonadora como posible esa es Carré Blanc (Íd., Jean-Baptiste Léonetti, 2011). El realismo del futuro que plantea es desalentador, terrorífico. Toma la idea actual de controlar la natalidad en muchos países para evitar la superpoblación y la convierte en nuestra mayor pesadilla: políticas-anuncio que se difunden día y noche por un sistema de megafonía que invita e incentiva a niñas a las que ya les haya bajado la regla a quedarse embarazas, porque la raza se muere. Personas que se ven obligadas a sonreír, sin ningún tipo de sentimiento, sólo porque es la forma de conservar su trabajo. Emociones erradicadas, ya no con sustancias que se nos obliga a inyectarnos como era el caso de Equilibrium, sino porque en verdad ya no nos las creemos… El film es un llamamiento al cambio político, y alberga, aunque no lo parezca, la esperanza de ser escuchado. Pero claro… ¿cuánta gente conoce esta película? Muy, muy poca.

El segundo y último ejemplo para esta reflexión a mano alzada me lleva a citar el libro del físico José Ignacio Latorre, ‘Ética para máquinas’ (Ed. Ariel, 2019). Latorre hace un magnífico repaso al nacimiento de la tecnología, finalizando en intentar plantear las preguntas que, aunque aún sin respuesta, la sociedad futura debe cuestionarse sin mucha más dilación: en el caso de que compartamos espacio y tiempo con una inteligencia artifical cada vez más avanzada, y más allá de la problemática a la que obviamente ya se le debe estar dando respuesta (justicia y derechos de las máquinas, impuestos para, por ejemplo, unos coches autónimos que podrían entrar en el sistema de pensiones), debemos considerar el código ético con el que vamos a programarlas. Porque ese código es el que asegurará que estamos creando, realmente, un mundo en el que la evolución conjunta es posible.

«En un mundo controlado por robots que obedecen instrucciones dictadas por una inteligencia artifical no queda mucho espacio para el trabajo de los humanos», escribe Latorre. Es cierto: sabemos que con cada revolución industrial los puestos de trabajo se han reinventado. Es más, el trabajo es cada vez menos físico, y nos ocupa menos tiempo. Así que si creamos una inteligencia artifical que sea capaz de ser incluso mejor que nosotros realizando según qué trabajos (cada vez más)… ¿cuál es el destino del hombre, disfrutar de un bienestar sostenido? ¿Dedicarse casi exclusivamente al ocio?

Latorre está convencido de ello. Y entonces hay que tener muy en cuenta dos últimas reflexiones:

No podemos entregarnos exclusivamente al ocio individual. Novelas/films como Ready Player One (Íd., Steven Spielberg, 2018) deberían hacernos recapacitar sobe el horror de la alineación: edificios enteros llenos de personas conectadas a una supra-realidad. ¿Qué pasará cuando prefiramos, y podamos, estar viviendo completamente en esa fantasía? La paleta de colores de la nostalgia de Spielberg no nos puede hacer olvidar la crudeza del sótano de personas conectadas en Origen (Inception, Christopher Nolan, 2010). Y si una red tecno-neural es capaz de coordinar ciudades, paises enteros… ¿cuántos puestos de trabajo con verdadero contenido podrán existir ya para los humanos? En el Sónar+D 2017 se habló de los robot whisperers pero… ¿hasta que punto otro robot no podrá realizar el mismo trabajo? ¿De verdad consideramos que el ser humano seguirá siendo superior porque tiene sentimientos? ¿Acaso no llegarán a tenerlos los nuevos humanoides? Difícil de creer. Y entonces… ¿qué diferenciará realmente unos de otros?

 

Origen

 

«El cerebro seguirá aceptando preceptos religiosos. Posiblemente, ese será el último bastión humano, no racional, que nos definirá». Gran reflexión del autor: la religión, último bastión a reivindicar por el ser humano. Qué gran ironía… más cuando avabamos de decir que si no superamos a nuestro Dios le queremos destruir, sinónimo, ahora, de obviar.

Y ya para acabar:

Imaginemos que el mundo está controlado, en su acepción más positiva y considerando exclusivamente la vertiente económica, por las máquinas. Ya no hará falta convertir al hombre en una de ellas (sin sentimientos, según muchas de las distopías comentadas) para conseguir mayor productividad, para eso estarán las fábricas conducidas exclusivamente por máquinas, robots y sistemas de última generación. Imaginemos también que el hombre, con una inteligencia y competencias cada vez más desarrolladas, puede reducir su ocupación «laboral» a la mínima expresión. Serán trabajos de responsabilidad, muy bien remunerados, pero, digamos, cortos. Así que tendrá que volcarse en el ocio, sí. Pero no individual.

Entonces… ¿cuál será la misión de esas grandes corporaciones que tanto nos gusta imaginar?

 

«El poder desmesurado de ciertas corporaciones no perdurará eternamente. Estoy seguro de que muchas personas opinan de otra forma. De hecho, casi todo el mundo cree lo contrario. En cada libro que inventa un futuro, aparece una malévola corporación todopoderosa. En cada película, el malo es una omnipresente empresa. Pero unos pocos creemos en los mecanismos de la democracia para corregir errores. De la misma forma que el cuerpo humano sabe autorrepararse, los parlamentos poco a poco crean mejores leyes. El poder de las corporaciones irá menguando y, además, estas atenderán a sus responsablidades sociales. Si no es así, los parlamentos legislarán lenta pero inexorablemente en su contra.»

 

Esta visión de Latorre es esperanzadora y, más aún, creíble: las grandes corporaciones no conspirarán para obtener beneficio de los humanos. A ellos les tendrá que cuidar, y mucho, para mantener el equilibrio en una sociedad madura e inteligente (selección natural: en un mundo en el que las máquinas podrán hacer todo el trabajo físico… los menos listos estaremos condenados a morir). Una sociedad que tolerará la existencia de estas Multinacionales siempre y cuando sea la que reciba el beneficio. El poder quedará en manos de los gobiernos, no de las empresas. En verdad existirá una separación de estamentos. Y los gobiernos sabrán que la supervivencia de la raza pasará por ensalzar las necesidades comunitarias, muy al contrario del pensamiento actual. De la política del miedo a la del verdadero bienestar, en la que el hombre podrá, democráticamente, participar para el bien de todos. Ocio será sinónimo de compartir experiencias, no de disfrutarlas en solitario. Porque el hombre, sin confiar y convivir con su igual, sólo servirá para una cosa: para destruirse.

 

 

TRAILER – Una vida a lo grande (Downsizing, Alexander Payne, 2017)

 

TRAILER – The Divide (Íd., Xavier Gens, 2011):

 

TRAILER – Equilibrium (Íd., Kurt Wimmer, 2002):

 

TRAILER – Equals (Íd., Drake Doremus, 2015)

 

TRAILER – Carré Blanc (Íd., Jean-Baptiste Léonetti, 2011)

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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