#L’Alternativa2019N2 (y geometría)

#LAlternativa2019N2: y geometría. De abejas, gallinas, vacas y rodaballos. De micro y macro. De ayer, de hoy. Del mañana.

 

Swarm Season (Íd., Sarah J. Christman, USA, 2019, Sección Oficial Largometrajes Internacional)
Zumiriki (Íd., Oskar Alegria, España, 2019, Sección Oficial Largometrajes Internacional)
Bait (Íd., Mark Jenkin, Reino Unido, 2019, Sección Oficial Largometrajes Internacional)

 

La naturaleza es geometría. Hexágonos y rombos perfectos se convierten en vida, protección y muerte. Pero también en un recordatorio: de su supervivencia en la Tierra dependemos todos. Y si no… ¿nos aguardan las estrellas?

Comenzamos por las abejas. Comenzamos con Swarm Season.

 

Swarm Season

Dicotomías: estamos en Hawaii, y conocemos la dedicación de una madre y su hija para proteger a las abejas de la zona. Los primerísimos planos nos hacen tomar conciencia de la ternura de dos personas dedicadas por entero a una colonia que respetan… porque se sienten identificadas.

El marido de la mujer es miembro de un grupo de activistas en contra de la construcción de un enorme telescopio en el terreno sagrado de sus ancestros. Planos medios para mostrar sus silenciosas protestas. Planos aéreos para demostrar lo pequeñas que se quedan nuestras tradiciones en comparación al Cosmos.

Y, en paralelo, cerrando un triángulo a priori imposible, un grupo de científicos salen de un encierro de meses en la misma tierra, nuestra Tierra, para demostrar que ya estamos preparados para vivir en Marte.

La geometría conceptual de Swarm Season es admirable: si en su parte inicial nos lleva a recordar el intimismo de aquella excepcional Honeyland (Íd., Tamara Kotevska, Ljubomir Stefanov, 2019) vista en DocsBarcelona 2019, y nos enlaza fácilmente con la necesaria obsesión de cuidar del ecosistema que nos rodea y equilibra, pronto aúna el ritual de la colonia de abejas con la tradición más arraigada en la comunidad local. Porque sin rituales, sin respeto por los antepasados, sin memoria… nuestra única salida es escapar. Huir hacia adelante.

Los hexágonos micro de los fascinantes insectos se transfoman en los enormes hexágonos macro que conforman los telescopios, en una contraposición metafórica con lecturas a varios niveles: fijémonos en cómo las abejas construyen y son fieles a su comunidad para mantenerse con vida; pongamos en valor todo lo que nos une a la Tierra, porque formamos parte de ella y de su futuro; nosotros somos las abejas del Universo, pequeñas, obsesionadas con reproducirnos, pero necesarias también para la evolución; nuestra ambición cósmica nos permitirá conquistar, y crear, nuevas colonias.

Acompaña a esta reflexión atemporal un sonido cuidado que nos lleva continamente a destacar lo cercano para comprender nuestro lejano futuro, potenciando los ruidos menos perceptibles del día a día con el silencio del espacio, yuxtaponiendo continuamente el zumbido de las abejas con cualquier situación, a modo de continuo recordatorio: no olvidemos lo verdaderamente importante.

Lo verdaderamente importante…

Lo verdaderamente importante puede encontrarse, también, en la yustaposición de una antigua fotografía en el lugar exacto en el que fue tomada, pero que ha cambiado tanto, tanto, que parece ya irreconocible. Y, de nuevo… es hora de recordar, para fundirse en el pasado, el presente, y el futuro del individuo. Oscar Alegria nos da toda una lección de esto en su Zumiriki, quizá la mejor película del festival.

 

Zumiriki

 

Zumiriki es todo un reconocimiento a los antepasados, a la Naturaleza, y al necesario agradecimiento de estar vivo bajo la humildad de identificarse ante los demás como cualquier otro animal de este mundo. Con la excusa de encontrar a una vaca que voluntariamente se descarrió de su vacada años atrás, el director seduce al espectador para acompañarle en un viaje personal e introspetivo fácilmente escalable al de cualquier individuo con similares autocuestiones. Curiosamente, inicia su particular viaje, encerrado en una cabaña sin tiempo, con mofa, como si necesitase esa excusa para escudarse en el posible fracaso de su propuesta («la primera imagen es una mierda»; «¿la Virgen necesita el cinturón de seguridad para protegerse?»), cuando este miedo está muy lejos de convertirse en realidad.

Las reflexiones del protagonista sobre el sentido de nuestra existencia se encadenan, bien a modo de pura imagen (el viento que hace zozobrar esos últimos árboles testigos de un tiempo que sólo ellos saben dibujar igual que hace décadas), bien a modo de poesía narrativa (ese epílogo imposible pero cautivador), e incluso, mi personal parte preferida, encontrando en las inocentes y profundas respuestas de los que han vivido muchos años en los montes, esos pastores octagenarios, sublimes sentencias acerca de la impotancia de no temer a la muerte, y de no olvidar los sentimientos más primarios.

Zumiriki es, además, una reivindicación de la singularidad, aquí representada con el rescate del vasco en una frontera desdibujada. Y también es el testimonio de un presente sin rumbo que lucha por diferenciarse cuando debería mirar atrás y replicar los porqués que nos hacían ser especiales. Quizá el amalgama de conceptos y saltos puede acabar con la paciencia de más de un espectador, pero en verdad el resultado es hipnótico y trascendente cuando nos dejamos llevar, absolutamente, por el río, el torrente de ideas enlazadas.

Fantasía y realidad se dan la mano en este peculiar documental-ensayo visual, en el que el director es capaz de conseguir captar tantos puntos de vista, con cámaras situadas a varios niveles y posiciones, que no únicamente dinamiza el fluir de su, podría decirse, moraleja, sino que incluso la convierte en objetivable. Zumiriki es una explosión de ideas implosionada en el acompañamiento de un protagonista capaz de encontrar en cualquier detalle la excusa para encontrar el sentido a la vida.

De la película me quedo con una imagen, esa que conecta con la geometría del título: Oskar, con el torno desnudo, se filma con la malla hexagonal que ha dispuesto para proteger por las noches a sus gallinas de los depredadores proyectada sobre su propia piel. Interesante: la malla como herramienta, la malla como expresión del propio sentimiento. Que cada cuál le dé su propio y particular sentido.

En Bait no encontramos hexágonos, pero sí mallas, las de pescador. Y rombos. Pero esta distinta geometría es igual de asumible a la del significado que está aunando a estos tres formidables films.

 

Bait

 

Dos hermanos pescadores. Uno hace tiempo dejó de lado su sueño, sacando ahora la barca para alquilarla en fiestas de despedida de solteros. El otro, con un bote que no llega a llenarse del dinero suficiente para comprarse su propia embarcación, y que sobrevive vendiendo su pesca a los dueños de bares y pubs, forasteros que han invavido el tranquilo pueblo.

Una chica de clase alta que alterna con los lugareños, y un hermano que no acepta esa integración.

Y una pareja de empresarios que lo harán todo para salirse con sus propios deseos.

Bait es un enorme ejercicio en el que la metáfora visual toma las riendas en todos los planos. Rodada en blanco y negro y apostando por la exageración interpretativa, propone una aparentemente sencilla historia centrada en los habitantes de un pueblo pesquero, que sin embargo esconde una dura crítica tanto a una sociedad que fomenta las diferencias de clase, como a una clase obrera que parece incapaz de tomar las riendas para salir adelante.

Pero siempre hay esperanza.

La lentitud del avance inicial, reflejado tanto en cuanto a la historia como en las cortas frases otorgadas a cada uno de sus protagonistas, aderezadas con primeros planos de rostros, manos, mallas de pesca y rodaballos, y una estética ochentera (acompañada también de los hits de una época que hemos convertido en referente atemporal), sumerge al espectador en una propuesta imposible en la que los rayotes del inexistente celuloide toman en protagonismo a la vez que se nos presenta el MacBook de última generació. De hecho, la presentación de chico-conoce-a-chica-y-se-enamoran se presenta de tal forma que el film parece incluso una fotonovela. Pero esta lentitud, este acartonamiento, pronto deviene explicación. El film avanza dejando poco a poco atrás la caricatura reflejo de la sociedad impostora en la que nos hemos convertido, para terminar cas oníroca, con el barco saliendo a alta mar, dejando una profunda tristeza, a la vez que aliento, en el espectador.

Pero decíamos se trata de un ejercicio metafórico. En verdad Bait se antoja todo un experimento irregular con excelente resultado. El film apuesta por un extraño montaje inicial, en el que se combinan imágenes de otras situaciones paralelas a las de las voces que escuchamos. Pronto comprendemos que esas imágenes están y estarán relacionadas con el avance de los diálogos asíncronos, e incluso que algunas se han adelantado, que pertenecen a unos acontecimoentos aún por conocer. La cota máxima de explendor en el montaje se alcanza al combinar réplicas de dos diálogos que se suceden a la vez en un msimo espacio. La propuesta no es baladí: el director lleva a la máxima expresión la fusión entre personajes, entre sus intereses y deseos, precursores del desarrollo de los acontecimientos.

Por otro lado, la película utiliza el montaje ideológico y creativo para exponer esta interesante propuesta. Primerísimos planos langostas robadas se combinan con las de macarrones de pobre; las botas de pescador con las ruedas bloquedas de un coche mal aparcado; la bola de billar con una luna que brilla intensamente…. Todas las combinaciones quedan en el suconciente de un espectador que debe dejarse llevar para sentir el verdadero significado del film. No es difícil, sino más bien emocionante.

Bait resume perfectamente lo que Zumiriki y Swarm Season anuncian de forma también sutil: no demos la espalda a un pasado humilde. No demos la espalda a los oficios que nos han ayudado a estar donde estamos. Recordemos. Porque el olvido… sólo nos llevará a la destrucción.

 

Finalizo ya, no sin pena, las coberturas de L’Alternativa 2019. Por diversos motivos no he podido disfrutar de más días ni más films de este uno de mis festivales favoritos. Cinco películas todas ellas destacables, todas ellas rompedoras. Todas fascinantes. Esperamos con ansia L’Alternativa 2020.

 

TRAILER – Swarm Season (Íd., Sarah J. Christman, USA, 2019):

 

TRAILER – Zumiriki (Íd., Oskar Alegria, España, 2019):

 

TRAILER – Bait (Íd., Mark Jenkin, Reino Unido, 2019):

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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