#L’Alternativa2019N1 (fe)

#LAlternativa2019N1: fe. De valentía, optimismo, y vinculación.

 

4 godine u 10 minuta (Íd., Mladen Kovačević, Serbia, 2018, Sección Oficial Largometrajes Internacional)
Las letras de Jordi (Íd., Maider Fernández Iriarte, España, 2019, Sección Oficial Largometrajes Nacional)

 

Tener fe. En uno mismo, o en otra persona. Incluso en una deidad.

La fe se abre paso en nuestras mentes, y actos, para ayudarnos a no desfallecer, o a dar sentido a patrones vivenciales.

A veces la fe es la respuesta a una superación. A veces, lo es para cambiar los propios paradigmas.

En esta primera jornada de L’Alternativa 2019, hemos visto tres tipos de fe en tan sólo dos films. Comenzamos.

 

4 godine u 10 minuta

 

La imagen que abre 4 godine u 10 minuta (4 años en 10 minutos) es toda una declaración del punto de partida de un film que finaliza cuestionándose, precisamente, lo que ésta representa: un pájaro atrapado entre lso cristales de un gran ventanal que le permiten observar el glorioso paisaje, pero no volar en él.

El pájaro, claro, es la máxima expresión del sentimiento de un protagonista que ha alcanzado su particular gloria, escalar el Everest, y que irremediablemente sabe que no va a volver a experimentar nunca las emociones que la gesta invadieron su cuerpo, y mente. Quizá alma, también.

El documental encuentra en la sencillez de su planteamiento su estrategia más rebuscada: una complicación de imágenes rodadas durante varios meses, desde que se inicia el ascenso hasta la vuelta al punto de partida, congeladas en lo que aparentemente pueden parecer momentos random para sobreimpresionar cortas frases del diario del alpinista. Al inicio, las frases son descriptivas. A medida que avanza la (pros)pección del terreno, también lo hace la propia (intros)pección, y es esta una dicotomía que cala en el espectador: cuanta más libertad experimenta la expedición, cuanto más blanco es el paisaje… más oscuros son los pensamientos.

La fe comienza a abrirse paso ante la ilusión, o el reto.

El ascenso físico/descenso mental del deportista es compartido por un espectador que inicia el visionado desde la objetividad de la butaca, y que puede sentir envidia ante la determinación de conseguir el objetivo (¿cuántos de nosotros tenemos tan claro a dónde queremos llegar y qué queremos conseguir?), o rechazo burlón (¿por qué arriesgarse a morir sólo por subir una montaña?), pero que acaba siendo arrastrado hacia una común crisis existencialista. Los famosos diez minutos que dan título al film, los que consigue filmar, solo, en la cima, son tan desesperanzadores como las palabras con las que un hombre sin el suficiente oxígeno es capaz de articular con toda la coherencia posible: el éxito no es tal si no puede compartirse.


Pero eso no es todo. El director escoge, y recoge, también las imágenes del descenso real, de la vuelta a casa. Esta es la parte más dura, y más inteligente: combinar las sobreimpresiones de lo sentido en el lugar más alejado del suelo, de las dificultades físicas de esos momentos, de las alucionaciones y sus posibles interpretaciones, con el confort del que ya ha tocado techo. Un confort que se traduce en facilidades, en futilidades. ¿Cómo puede uno ya preocuparse por los horarios, por comer, por relacionarse… cuando se ha conectado de tal forma con una fuerza inexplicable, que seguramente es uno mismo?


Así que no: la calidad de las imágenes no es buena. Ni los encuadres, ni el sonido. Y en cuanto a la narrativa… las ideas se agolpan con una coherencia específica a base de crear lazos ente frases, entre imágenes. El vacío del protagonista se trabnsmite, se siente. Y duele. Y lo hace porque nos remueve, porque nos sitúa en nuestro lugar en el Universo. Como sociedad, como individuo. Nso hace sentir pequeños, insignificantes ante tanta grandeza exterior que no podemos alcanzar. Como el pájaro atrapado que abre 4 godine u 10 minuta.

Quizá, ante el desolador vacío, nos queda creer en Dios. Vamos con Las letras de Jordi.

 

Las letras de Jordi

 

Jordi, de 51 años, ya nació con parálisis cerebral. No puede hablar, como mucho puede articular sonidos más o menos interpretables. Pero Jordi es tan inteligente como cualquiera. Jordi sabe escribir, y comunicarse. Con un simple cartón con el abecedario escrito, es capaz de mantener conversaciones de muy alto nivel.

Porque sí, Jordi «habla». Pide hablar por teléfono, puede concertar una cita con alguien en un día y hora determinado. Puede preguntar a su madre cómo se encuentra su padre, y puede defender la decisión, aunque le duela y lo demuestre agitando todo el cuerpo, de que quiera estar en la residencia para que sus padres, ya mayores, peudan descansar. Jordi responde, señala letra a letra con su dedo índice sobre el tarjetón plastificado, «me siento impotente», frase lapidaria cuando su entrevistadora, la directora del film, le pregunta sobre cómo recibe que al darle de comer le traten como a un niño pequeño.

De Las letras de Jordi es muy destacable cómo la directora decide presentar a su protagonista: lo primero que encuadra es en cenital el cartón y sus letras. Esta imagen la mantendrá durante varios minutos de metraje. En este punto es iportanet que el espectador pueda familiarizarse con «la habilidad» de un protagonista del que sólo conoce su dedo índice. Poco a poco, la directora decide que es hora de presentar el torso o el perfil de Jordi, hasta que nos invita a reconocer su cara. Cuando lo hace, el (triste) rechazo o prejuicio hacia una persona con discapacidad ya ha quedado en el olvido. No nos encontramos ante una «rareza», nos encontramos ante un ser humano con una dificultad. Una persona que se ha ganado nuestro respeto y admiración.

La directora entonces da un paso más allá, y decide mostrar uan intimidad que pocos estaríamso dispuestos a compartir: la fe en Dios. La fe en estar vivo para cumplir un propósito. La fe en que la voz que suena en la cabeza es directamente la de Dios.

Maider Fernández no sólo objetiviza, con sus preguntas y con sus imágenes, la creencia de Jordi, sino que refuerza el derecho de cualquier persona a creer en lo que quiera. Y, volviendo al argumentario anterior: imposible tildar al protagonista de «incapaz», de no tener ideas propias, tras esa entrada en escena tan pautada.

Pero la fe de Jordi no es la que a la que esto suscribe le parece más meritoria. Voy al tercer tipo de fe: a la fe en otras personas. Y esa fe la demuestra la propia directora.

Decidir en la sala de montaje presentar las imagenes en las que ella está delante de cámara hablando con Jordi es valiente. Y es que a medida que Las letras de Jordi avanza, nos damos cuenta de que el objetivo no es únicamente conocer la extraordinaria capacidad del hombre (y sentirnos muy snobs por nuestras preocupaciones diarias), sino que el rodaje ha servido a la propia directora para descubrirse a sí misma. Maider no oculta su torpeza a la hora de acercarse a Jordi, ni esconde la fascinación que su persona ha terminado por hacer mella en ella misma. Maider se convierte en el altavoz del espectador dentro de la propia película, porque muestra su propio proceso a la hora de comprender la enfermedad, y cómo actuar ante ella. La fe de la directora se torna media sonrisa en la boca del espectador al finalizar la proyección. Quizá, abriendo la mente a no sentirnos únicos, hemos conseguido subir unos metros nuestro particular Everest.

 

TRAILER – 4 godine u 10 minuta (Íd., Mladen Kovačević, Serbia, 2018):

 

TRAILER – Las letras de Jordi (Íd., Maider Fernández Iriarte, España, 2019):

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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