#DocsBcn2019N1 (cambio)

#DocsBcn2019N1. Cambio: origen, transformación, felicidad

 

Cachada (Íd., Marlén Viñayo, El Salvador, 2019, Sección Oficial – Latitud)
Operación Globus (Íd., Ariadna Seuba Serra, España/Holanda, 2018, Sección Oficial – Latitud)
Me llamo Violeta (Íd., David Fernández de Castro, Marc Parramon, España, 2019, Sección Oficial – Latitud)

 

Cambiar. Tan sencillo de imaginar y tan difícil de llevar a la práctica. Por nuestra situación personal, por nuestra situación económica y social. Aunque, de hecho, gestionar el cambio con uno mismo es de lo más difícil a lo que nos debemos enfrentar, ya sea por miedos a comenzar una nueva etapa, ya sea por no saber ni cómo hacerlo. A veces, incluso, iniciamos el cambio y nos vemos frenados por el qué dirán. Por la presión de nuestros compañeros. 

Y paramos. Y retrocedemos.

A veces, ese cambio es imparable. Y demuestra a los demás que es posible. Que no debe haber miedo. Que otra vida es posible.

Iniciamos el DocsBarcelona 2019 con tres documentales en los que el exitoso cambio se vive, se abraza, de dentro afuera. Del origen al logro, pasando por la montaña rusa que es la transformación personal para conseguirlo.  

 

Cachada

Cachada, como anuncia el film, significa oportunidad única. Y eso es lo que la directora ha querido explicar: la oportunidad de un grupo de vendedoras ambulantes de El Salvador que, tras poder formar parte de un grupo de teatro, se deciden a crear su propia compañía con una de las profesoras. 

Con una estructura clásica (presentación de las protagonistas, explicación individual de su historia personal -combinada entre la realidad y la ficción de los ensayos-, cierre conjunto y motivacional), Cachada nos adentra en el trabajo de autoanálisis que cada mujer realiza, con la excusa de encontrar material para su nueva obra, invitándonos a su vez a conocer la situación de un estrato social del país tan común como olvidado. El grupo, representativo, coincide en compartir abusos sexuales, embarazos prematuros, palizas por parte de sus progenitores…  y también en haber replicado el círculo, en lugar de romperlo, hasta este momento vital de sus vidas. Así, la escuela de interpretación se antoja el detonante, la verdadera oportunidad brindada a unas mujeres que hasta ese momento no habían podido demostrar, ni a los otros ni a ellas mismas, sus sentimientos, sus frustraciones y arrepentimientos y, finalmente, su redención. Cachada es una historia de cambio, sí, que demuestra que no son necesarias grandes partidas presupuestarias, ni públicas ni privadas, para ayudar a los más necesitados. Lo que se necesita es aportar un estímulo y garantizar el seguimiento. Algo tan pequeño como suficiente para motivar a los que albergan en su interior las ganas de superarse, con el incentivo de no replicar hasta el infinito aquello que han tenido que padecer.

El interés por parte del espectador, entonces, se mantiene gracias a la historia de estas mujeres. Quizá el replicado formato del montaje de unas situaciones estándares repetitivas lo convierte en algo tedioso, además de que un sonido poco cuidado no permite adentrarse de lleno en el documental. No obstante, se comprenden las limitaciones económicas y algunas decisiones son notables, como mantenernos como meros observadores sin caer en el dramatismo. En definitiva, se trata de un documental que cumple su función informativa y que puede llegar a remover un poco al espectador, tan alejado de la situación personal de las recién estrenadas actrices, por poder compartir ese deseo de transformación, con final feliz y tan poco esperado.

Nunca es tarde para cambiar, para replantearse la vida que uno ha llevado y decidir que es necesario mira atrás para seguir adelante. Y menos cuando el freno es exclusivamente propio. Si no que se lo digan a Jou, el principal protagonista de Operación Globus.

 

Operación Globus

 

El documental se inicia fresco y genera muchas expectativas, combinando la actualidad con imágenes de archivo y documentación de la época. La propuesta es curiosa: un hombre quiere recuperar una furgoneta que dejó tirada en Perú a mediados de los años ochenta. Una furgoneta con la que estuvo recorriendo el mundo durante ocho años, cuatro de los cuales con un grupo de cinco amigos más. Una furgoneta que formó parte de un evento nacional de la época franquista: Pegaso, la ya desaparecida marca, subvencionó el gran viaje a este grupo a cambio de reportajes y material de sus aventuras que les servirían como publicidad a gran escala, y durante meses.

La directora, para mantener el interés, introduce desde buen inicio, con las entrevistas a lo busto parlante de la mayoría de los integrantes de la «expedición», que la cosa no acabó bien.  El por qué se antoja necesario misterio a resolver, y a partir de ahí conocemos a Jou, en su actual aventura de vuelta a Sudamerica, y en cómo, poco a poco, confirma una resolución por todos esperada (aunque también se consigue que nos apene): el paso del tiempo nos coloca a todos en nuestro sitio, dice (parafraseando) uno de los protagonistas. Pero, sinceramente… lo importante es que seamos conscientes y responsables de esa «ubicación» Y que hagamos algo al respecto si el «run-rún» del estómago persiste. Ese es el gran objetivo de Jou: cerrar una etapa, confirmar el cambio. No vivir en el pasado, no arrepentirse de haberse ido, ni de haber vuelto.

El problema de Operación Globus, y es una verdadera lástima, es que quizá tenía tanto material que no ha sabido finalmente concentrarse en un hilo y estirar del todo de él. De hecho, en el coloquio post-visionado, la directora confirma que se cambió el montaje, escogiendo que no fuese ni la historia de Jou mirando hacia atrás, ni el equilibrio entre las vivencias de cada protagonista, ni un mero documental que revise el archivo. Es posible que el no del todo satisfactorio resultado lo encontremos en una necesidad de metraje un poco más largo, recuperando el dinamismo del inicio que, lamentablemente, se va perdiendo a medida que avanza para entrar en una estructura repetitiva, como nos sucedía en Cachada. Un metraje final que parece que no se haya percatado de que, con la selección de la temática, el hilo central escogido finalmente, la furgoneta, no era un elemento al que tenía que darse tanta atención, sino convertirlo verdaderamente en el complemento a la búsqueda del «yo» actual de un Jou que se obliga a revisar las (intuimos) erróneas decisiones del pasado. Para ello nos faltan reflexiones personales y no únicamente acompañarle, y nos sobra una búsqueda que al final queda confusa, cuando de repente, y una vez parece se ha confirmado la desaparición total, se presenta de la nada y casi como «pegote» una pista final que acaba llevando a un «esto lo hemos estado guardando para ti porque sabíamos volverías a por la furgoneta». ¿? Pro otro lado, pasa por encima elementos relevantes para el espectador, como qué pasó con el primer viajero que abandonó en Estados Unidos al grupo y del que no sabemos ahora nada, o dar más y mayor presencia a la marca Pegaso (porque no deja de sorprender que una marca que era símbolo evidente de la dictadura se prestase a formar parte de tan descabellado viaje, identificado claramente con la época más hippie, y con todo lo que significa – de nuevo, el documental pasa muy p encima). Se echa de menos, entonces, saber más del proceso de la aceptación (algo que sí podrían explicar los integrantes) y, sobretodo, de la exagerada difusión mediática previa (el contraste España – aventura catalana da mucho jugo) y cómo ésta debió ir apagándose en los medios informativos, y cómo pudo la Pegaso aguantar la petición de información por parte de los periodistas. Se echa de menos, también, profundizar algo más en la relación entre los que tuvieron que convivir tantos años en una furgoneta sin tan siquiera cuarto de baño. Se echa de menos un reencuentro más allá del traslado del aeropuerto, en el que Jou pueda cerrar con sus compañeros lo que compartieron juntos… En definitiva, que es más que comprensible que mucho material/poco presupuesto para un largo es a veces el gran handicap, pero eso no justifica algunos agujeros de guión, confusos para el espectador, tanto en la historia montada como en los complementos que harían de Operación Globus un documental más que redondo. Repito: una pena no tener más piezas del puzzle, pero es bien cierto que el trabajo de investigación y dirección de Ariadna Seuba es destacable.

Volvamos al cambio: Jou, en su etapa más madura, encontró de forma casual la ayuda para poder realizar el viaje que llevaba años reconcomiéndole. Un viaje en el que se mezcla una infancia difícil en una época encorsetada, y que, seguramente, le acompañó hasta decidir querer alejarse de la realidad de Vic. Pero Violeta… Violeta ha nacido en el seno de una familia que la comprende, y la apoya. Ha nacido en una época en la que, aunque nos falte mucho recorrido, al menos ya es posible alzar la voz para poner de manifiesto las diferencias. Y está en ese momento vital en el que la inocencia le da el poder, también, de ser tan honesta como noble. Y de ayudar tanto a transformarse a sí misma desde la naturalidad, como a ayudar a sus padres, y ellos a su entorno, a transformar sus prejuicios y abrir la mente. Vamos a Me llamo Violeta

 

Me llamo Violeta

 

Me llamo Violeta acierta en varios aspectos: el primero y más importante, en demostrar el valor de un documental. Y es que un documental puede informar, reivindicar, acusar y remover consciencias, e incluso legislaciones. Y este lo hace todo. Los directores han sabido, con el apoyo de Violeta y sus padres, convertir un impedimento, la «recomendación» por parte de la fiscalía de menores a no mostrar la cara de Violeta (para, según ellos, evitar represalias a la niña), en toda una declaración de intenciones: si estamos aquí es para hablar de la transexualidad. Si estamos aquí es para normalizarla, demostrando que ya es una situación normal para los que padecen esta estigmatizada situación. Si estamos aquí es para dar voz, y ayudar a otros a que también la levantes. Ocultar la cara de un Ignacio que desde los seis años ya se declaró Violeta… ¿cómo va a ayudar a otros niños, adolescentes y padres a dejar de sentir vergüenza por algo que sólo la sociedad y sus estúpidas normas lo consideran como tal?

El documental, entonces, decide ocultar sus decisión, apoyándose en niños actores, en el testimonio real de adolescentes y padres que ya han pasado o están pasando por esta situación de transformación, y mostrando el día a día de la familia de Violeta, filmando conversaciones en las que comentan su transexualidad en entornos y situaciones familiares y cotidianas, y medio ocultando la cara de la verdadera protagonista (algo que, muy al contrario de lo que pueda parecer, refuerza notablemente el mensaje de Me llamo Violeta: la niña es la protagonista, pero podría serlo cualquier otra/otro).

En línea con las críticas constructivas realizadas para los dos anteriores films, aquí diremos que algunas decisiones no nos parecen acertadas: no hay material suficiente para un metraje que, aún así, no llega a los 90 minutos. Las conversaciones en familia se antojan tan forzadas como su forma de filmarlas (con su punto álgido en el primer plano de la cafetera de diseño, mientras la madre de Violeta reflexiona voz en off). Si se trata de dar la cara, de ser valientes… es en este tipo de documentales donde sí hace falta «abusar» del recurso busto parlante, ojos francos mirando directamente a la cámara, cercanos y abriendo su alma, sus experiencias y sus deseos, y no ponerles a demostrar que se saben hacer un zumo en una casa de un nivel en la que el espectador no puede sentirse identificado, rompiendo lo conseguido con ese juego de no ver la cara de la niña y que transexuales-somos-todos… Por otro lado,  el juego de rotular los nombres de pila no aporta al film, menos cuando se deja de hacer más adelante, y cuando algunos testimonios se pierden por el camino y no vuelven a recuperarse, y en cambio otros sí… hay cierta descompensación entre lo que debería ser el hilo conductor, Violeta, y las historias que acompañan y refuerzan. Quizá menos testimonios más complementarios a la historia principal hubiesen mejorado el resultado final. 

Así que Me llamo Violeta no es redondo tampoco, pero sí tiene algo muy destacable, y valorable: no se centra en explicar la transexualidad desde una visión aséptica (qué es, qué opinan los expertos, cómo se trata), sino que la incluye fácilmente en boca de sus protagonistas en primera persona. Algunos podrían decir que hubiese sido un buen contraste para cerrar una visión 360º, pero si algo defiende el documental es precisamente eso: ¿hace falta dar tantas explicaciones? Por supuesto que no. La condición de Violeta es tan común en la sociedad que no puede tratarse como excepción. Que no puede decidir alargar el sufrimiento hasta que se pueda cambiar el nombre y sexo oficialmente. Que no puede esperar a que su cambio sea aceptado por todos los miembros de nuestra comunidad.

Ha sido precioso ver la cara de Violeta tan sonriente. La de Jou tan reflexiva, y agradecida. Y la de nuestras actrices de El Salvador, tan pletóricas saludando a un público entregado. El cambio es posible. Y contagioso. 

 

TRAILER – Cachada (Íd., Marlén Viñayo, El Salvador, 2019, Sección Oficial – Latitud):

 

 

TRAILER – Operación Globus (Íd., Ariadna Seuba Serra, España/Holanda, 2018, Sección Oficial – Latitud):

 

 

TRAILER – Me llamo Violeta (Íd., David Fernández de Castro, Marc Parramon, España, 2019, Sección Oficial – Latitud):

 

 

Comparte:

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *