Blaze (#Americana2019N7)

Blaze: las poderosas enseñanzas de un perdedor

 

“You know, sometimes, I write happy songs
Then some little thing goes wrong.”

If I could only fly, Blaze Foley

 

 

Tras la mala experiencia (menos por su montaje y últimos veinte minutos, por motivos obvios) que supone en todos los sentidos Bohemian Rhapody (Íd., Bryan Singer, 2018), y con las ganas de que llegue a la cartelera el biopic de Elton John que no esconde, al contrario que el anterior, la fantasía que lo envuelve (Rocketman, Íd., Dexter Fletcher, 2018), Ethan Hawke llega con un film independiente, sobre un músico más que desconocido por estos lares, dando una lección sobre cómo rendir tributo a un cantautor y, por encima de todo, sobre cómo hacerlo sin exageraciones, acercando al espectador a las preocupaciones diarias de un hombre que encuentra en su propia autodestrucción la construcción de su mensaje, y su legado.

En Mayo se estrenará esta joya que es Blaze, y que Americana Film Fest ha decidido, con gran acierto,  sea la clausura de esta su sexta edición, Americana 2019.

El In-Edit Barcelona 2011 ya quiso acercar al público más profano la figura de Blaze Foley con el documental Blaze Foley: Duct Tape Messiah (Íd., Kevin Triplett, 2011), un músico poco conocido fuera de Texas, alcohólico, con una visión de la vida entre filosófica y pesimista, que no fue capaz de llegar al estrellato precisamente por no sentirse esclavo de nada ni nadie, y que acabó siendo asesinado no por sus mensajes ni comportamiento, sino por ser coherente con sus convicciones en un fatídico encuentro.

Blaze no es un film (exclusivamente) para amantes del country, es una película que da una lección sobre cómo bajar un mito al mismo nivel del espectador, sobre cómo debe rodarse un biopic y sobre cómo puede darse una lección de vida y de coherencia a partir de la suma de experiencias y, más importante, del personal análisis que puede hacerse de ellas, de la mano del personaje principal, que nos acompaña en este agridulce viaje. Un film que recuerda a esa obra maestra que es A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, 2013, Ehan Coen, Joel Coen), en la que, como en ésta, se ensalza la estrecha correlación existente entre el estilo musical (el folk, en el caso de los Coen) y la forma de visa de sus impulsores, pero que decide eludir, conscientemente, una explicación secuencial de los hechos, además de utilizar las canciones.


Las canciones en Blaze no son el protagonista invitado al biopic, sino que conforman el biopic en sí, acompañando en todo momento los pensamientos del autor (y del espectador), reflexionando sobre la vida, las oportunidades perdidas, o los errores cometidos, convirtiéndose en testimonio atemporal del arrepentimiento que no encuentra salida, por verse atrapado en el orgullo del que, además, no se  considera merecedor de buena fortuna.


Recuerdo. Arrepentimiento. Orgullo. Autodestrucción. Cualquier momento pasado fue mejor, e irrecuperable. Un buen ejemplo es ese gran momento en el que Foley confiesa, entre lágrimas y a una planta decorativa como si estuviese hablando con su ex Sybil, que se ha dado cuenta de lo egoísta que fue en su vida en común, poniendo como ejemplo que su canción ‘If I could fly’ debería haberla titulado ‘If we could fly’, y sonando de fondo, o siendo cantada en ese flashback continuo en el que se ha convertido su vida.

Y Ethan Hawke estructura el film, precisamente, a base de flashbacks, y flashbacks de flashbacks… tal y como se imagina los pensamientos de su homenajeado.

 

 

Blaze, escrita a cuatro manos con la que fue principal compañera de Blaze Foley, Sybil Rosen, se desarrolla principalmente construyéndose en base a cinco momentos clave de la vida del malogrado autor independiente. Momentos vitales, personales o de los que le recuerdan, que pivotan continuamente entre sí, buscando el equilibrio entre reacciones y consecuencias, entre decisiones y aprendizajes, para el propio Blaze Foley… y para el propio espectador.

El primero, previo a los títulos de crédito, sirve de redonda introducción al carácter del músico: irreverente y malhablado. Divertido, libre. Este es Blaze, incapaz de mantenerse formal en el estudio de grabación. La escena da paso a Foley con sus amigos músicos y compañeros de viaje en el porche de la fatídica casa que albergará su pronta muerte, en una distendida conversación que poco augura se trata del escenario que se revelará mucho más adelante como cierre de la vida del cantautor. Del porche, nos vamos a una aparentemente aséptica entrevista en un programa especializado a dos de los amigos más cercanos a Foley,  que descubre, y reconoce, el casi absoluto desconocimiento del artista (“-No conozco a Place Folly”; “-En realidad, es Blaze Foley”), y cuyos cortes intercalados a lo largo del film servirán para poner distancia y equilibrar los pasajes más personales e intimistas centrados en los recuerdos del cantante, y a su vez en los recuerdos de los que asistían a sus conciertos.

 

 

Porque de la entrevista pasamos ya a una de las últimas actuaciones del músico en un bar de mala muerte perdido en Texas, escenario central del film y des del que a partir de este momento iremos conectando con el pasado (quinto “momento”, en el que conocemos básicamente la profunda huella que le dejó – y marcó – su relación con Sybil y que, en sí, es la clave para conocer el devenir de su vida), y futuro, del protagonista. Una escena, repartida también a lo largo del film, básica para conectar con el público. Allá cantará la canción de su boda, rememorará su ya perdido pasado, y se convertirá, y nos convertirá, en uno más.


Hawke centra la pesadumbre del alma del cantante en los tonos rojos (como si Foley se juzgase allí mismo), siendo los flashbacks, encumbrados en cálidos y ensoñadores tonos tierra, argumentos irrefutables a su propia auto condena; y el director mueve la cámara en mano en un pausado plano secuencia que se mueve entre el público y el cantante, y que sólo se ve interrumpido para mostrarnos primeros planos de los congregados, representación de una sociedad (americana) hastiada y resignada, que se siente tan identificada con las canciones y reflexiones en voz alta del autor que acabará por realizar incluso los mismos movimientos (un ejemplo: la camarera del bar, de la que ha conseguido toda su atención, sale a fumar, cortando el plano a otro similar del pasad de Blaze Foley, en el que su novia también se enciende un cigarrillo).


Idas y venidas encumbradas por una fotografía exquisita e íntima, que varía en función del momento temporal al que se hace referencia, y que están acompañadas, también, de decisiones formales que caracterizan cada momento vital del cantautor. Unas decisiones amenizadas con un montaje que relaciona los hechos del lejano pasado y del más inmediato, de la realidad (ficcionada) y de la intuición del fan ( imágenes simbólicas llenan también el metraje, como por ejemplo cuando vemos a Blaze volviendo, solo, por el mismo pasillo rodeado de columnas por el que previamente le habíamos visto avanzar junto a su amada), y que convierten a Blaze en un biopic no únicamente narrativo, sino también evocador y reflexivo a la vez que sincero. Un homenaje a una leyenda del country por pocos conocida, que se apoya, siendo coherente con su propuesta, en dar el papel protagonista a un músico y no a un actor que ha entregado el alma a dar vida a su ídolo, y cuyo esfuerzo se vio recompensado por el premio especial del jurado Sundance 2018.

 

TRAILER – Blaze (Íd., Ethan Hakwe, 2018):

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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