El agujero negro y la gran historia de todo

Sobre cómo muchos periodistas comunicamos fatal la ciencia y sobre cómo la imagen tomada al agujero negro en M87 puede contribuir a un mundo mejor.

 

El mes de abril de 2019 será recordado por la imagen de lo que muchas personas han calificado en twitter como un donut, el ojo de Saurón, la resistencia de una placa vitrocerámica o el mechero de un coche. Muchas personas se han partido de risa con estas comparaciones y eso es sensacional. Como dice la máxima: lo que importa es que hablen de ti, aunque sea mal. En un mundo en el que estamos acostumbrados a que la prensa hable de la ciencia solamente cuando ésta tiene aplicaciones prácticas (con especial atención a todo lo que lleve incrustado el concepto “cáncer”), es una noticia agradable que de vez en cuando se hable de ciencia básica, de aquella que provoca en las mentes poco familiarizadas la pregunta: “¿y esto para qué sirve?”

Sin embargo, que la ciencia está muy mal explicada en los medios de comunicación, es un hecho. A excepción de los (poquísimos) programas especializados en ciencia, los medios generalistas aplican (aplicamos, porque yo trabajo en uno) la simplificación extrema para intentar “vender” mejor la cuestión, la búsqueda del titular impactante y de una historia atractiva más que la simple descripción factual y la valoración puramente científica de los avances logrados. Por desgracia, esos elementos no son siempre los que ayudan a explicar de la forma más entendedora el fondo real del avance científico en cuestión.

 

Los extraterrestres ya están aquí

 

Pongamos de ejemplo una historia muy popular en los últimos tiempos y que tiene como punto de partida un objeto con algunas características muy interesantes desde el punto de vista científico. Es el Oumuamua. Por un lado, es el primer objeto interestelar jamás detectado desde la Tierra y la forma en la que se mueve genera muchos interrogantes que la comunidad científica intenta estudiar con la calma que requiere. De su descubrimiento pueden hacerse muchas y muy diversas interpretaciones, podrían explicarse muchas historias muy estimulantes para aquellos que estamos interesados en la ciencia, pero… la única de todas las posibilidades que interesa a la prensa generalista es la que apuntaba el director del Instituto de Astronomía de la Universidad de Harvard, Avi Loeb: el Oumuamua podría ser un objeto fabricado por una civilización extraterrestre. No es la única posibilidad, es solamente una más de las existentes, pero desde luego ha sido la que más atención ha generado en la prensa. Es la historia que mejor vende, es la que eleva de forma más sencilla nuestra imaginación.

Yo mismo desearía que el profesor Loeb tenga razón, pero eso no significa que así sea, del mismo modo que el hecho de que consideremos su teoría como altamente improbable tampoco significa que no esté en lo cierto. Sin embargo, gracias a la prensa generalista, gran parte del público ya lo tiene claro: el Oumuamua es la forma en que seres inteligentes de otros planetas nos avisan de que están aquí. Por desgracia, la ciencia y los medios de comunicación de masas van a ritmos distintos y tiene intereses a menudo (si no siempre), divergentes.

 

Como contar la historia de un agujero negro

 

En el caso de la imagen del agujero negro en Messier 87, la forma en la cual la prensa no especializada ha intentado comunicar el descubrimiento ha requerido de un esfuerzo extra. La primera razón es que, en la era de los teléfonos móviles hinchados de megapíxeles, HD o incluso 4K, la imagen tomada -ese donut desenfocado- no luce precisamente espectacular. Segundo, porque poca gente se ha parado nunca a intentar comprender qué es un agujero negro. Tercero, porque para quienes no siguen la ciencia, la imagen ha generado una pregunta común: “¿y a mí qué?”. Sin embargo, todos los medios sabían una cosa: había que hablar de esto, porque se suponía que era muy importante y aseguraría clicks de curiosidad y risa. Así, los medios, más allá del impacto de la imagen, empezaron a rebuscar en lo que había más allá de ésta.

Por un lado, encontraron un nombre que vende: Albert Einstein. Los titulares de muchos periódicos lo citaban al día siguiente en sus portadas. El nombre del que en la cultura popular es considerado como el ser humano más inteligente que haya pisado la tierra ya vende de por sí. Einstein tenía razón, es algo que hemos leído estos días y que es verdad, como explica este buen artículo de Gonzalo López Sánchez. Pero esto sigue siendo difícil de vender, porque en el fondo, poca gente entiende qué narices dijo y demostró Einstein. Para intentar explotar un poco más la historia de M87 había que buscar una perspectiva más humana y esa la encontraron con Katie Bouman.

 

Katie Bouman (imagen de Facebook), la ingeniera que ha liderado el diseño del algoritmo imprescindible

para poder ver por primera vez un agujero negro.

 

Es ingeniera y programadora en Caltech. Concretamente, experta en métodos computacionales para generar imágenes a partir de grandes cantidades de datos. Desde el momento en el que la prensa la descubrió, lo tenía todo para convertirse en la cara humana del proyecto Event Horizon. Por un lado, su mérito científico más que indiscutible: ella empezó a liderar hace tres años -cuando sólo tenía 26 y era estudiante de doctorado- la creación del algoritmo que ha permitido procesar la enorme cantidad de datos que han recogido radiotelescopios repartidos por todo el planeta. Sin el gran trabajo de Katie Bouman, tal vez la imagen de M87 no hubiera sido posible. Pero más allá de ese hecho, Bouman resulta muy atractiva para los medios de comunicación de masas: es joven, fotogénica, parece que podría formar parte del casting de The Big Bang Theory (trabaja en la misma institución que los protagonistas de la serie) y su sonrisa traviesa la hace muy simpática para el gran público. Y es una mujer, lo cual vende mucho en una época en la que estamos descubriendo que muchas científicas o artistas han sido injustamente silenciadas a lo largo de la historia. La de Katie Bouman es una buena historia que vender para la prensa generalista, aunque eso de algún modo nos haga olvidar otra historia que para mí es la más relevante de todas: la primera imagen obtenida jamás de un agujero negro es fruto del esfuerzo colectivo de hombres y mujeres de países de todo el mundo. No me centraré en explicar la importancia científica concreta de este logro, simplemente porque no soy la persona más adecuada, sino en una significación que incluso quienes de ciencia sabemos lo justito o incluso bien poco, podemos comprender.

 

All together now

 

La imagen del donut sideral no sólo cambia la historia de la ciencia, sino que confirma algo que deberíamos tener en cuenta cada vez más y es que los retos que la Humanidad debe afrontar en el presente y en el futuro no pueden ser ya atribuidos a un solo país ni por supuesto a una sola persona. La ciencia ya no es el producto de la voluntad individual. La solución de los retos humanos no han de entender de fronteras ni de personalismos, porque nos afectan en conjunto y sólo podremos asumirlos juntos, yendo todos a una sin importar credos religiosos, fronteras estatales o diferencias políticas. No es una cosa de hombres o mujeres, creyentes o o no creyentes, blancos, negros o asiáticos. Es una cuestión de seres humanos afrontando aquello que nos afecta.

Lo que vimos el 10 de abril de 2019 fue un triunfo de la convergencia, de la capacidad de colaboración que en este planeta solamente poseemos los humanos y de un lenguaje que nos une a todos y a todas: el de la ciencia. Eso es algo que parece vender menos que un nombre y una foto a quien atribuir la genialidad de un descubrimiento. El gran titular que podemos extraer de la obtención de la primera imagen de un agujero negro es el de la colaboración humana para descifrar la complejidad del Universo. Para afrontar retos comunes. Es una cuestión de trabajo en equipo, un equipo que hoy en día puede llegar a ser de casi 8.000 millones de personas.

Por suerte, hay quien se han dado cuenta de esto y que ya está intentando explicar al mundo estos conceptos.

 

La gran historia de todo

 

Hace unos días descubrí el libro ‘La gran historia de todo’ (Ed. Crítica, 2019), del británico David Christian, profesor del departamento de historia de la Universidad estatal de San Diego.

 

 

Christian es el fundador, junto a Bill y Melinda Gates, del Big History Project, que diseña un itinerario educativo para que en los institutos se aprenda una historia de la Humanidad en la que todo está conectado. Pretende dejar claro que desde el inicio de todo, desde el mismísimo Big Bang, los humanos tenemos una historia común y que eso nos une muy por encima de aquello que nos separa. Según su página web, “la Gran Historia examina nuestro pasado, explica nuestro presente e imagina nuestro futuro. Es una historia acerca de nosotros. Una idea que se eleva desde el deseo de ir más allá de los campos de estudio especializados y autocontenidos para ver la Historia como un todo”. Y esto, ya no solamente para el avance del conocimiento científico, sino para unir a todos los seres humanos en una dirección compartida que trascienda las diferencias de cualquier tipo. En su libro, David Christian cita a H.G. Wells, que ya intentó algo similar en ‘The Outline of History’, en 1920: “la única paz posible es aquella que llegue a todo el mundo, y también vemos con claridad que no existe otra prosperidad factible que la universalmente compartida. Ahora bien, mientras seamos incapaces de compartir nuestras ideas históricas seguirá siendo imposible concretar esa paz y prosperidad generales… Mientras no dispongamos sino de tradiciones nacionalistas de carácter egoísta, miras estrechas y tendencias conflictivas, las razas y los pueblos estarán abocados a la contienda y a la destrucción”.

En el prólogo, David Christian dice que “es probable que esta visión unificadora de raíz científica deba incorporar las intuiciones de las antiguas historias del origen [del mundo] sobre el modo de llevar una vida buena y una existencia sostenible”. Es decir, que se puede buscar la unidad a través del conocimiento científico sin menospreciar las creencias religiosas o nacionales, porque eso también sería un error. Una intención integradora que -por si no ha quedado claro- Christian considera esencial para un proyecto que es “colectivo y global, de un relato válido tanto en Buenos Aires como en Pekín, Lagos o Londres. En la actualidad, muchos estudiosos están comprometidos en la emocionante empresa de elaborar y narrar la historia moderna de los orígenes con el propósito de que pueda orientar a las personas y que compartan una misma meta, como han hecho todas las historias de los orígenes, pero con la particularidad de que el objetivo consiste en aplicarla al mundo globalizado de nuestros días”. Como ya avanzaba Yuval Noah Harari en su extraordinario libro ‘Sapiens (de animales a dioses)’ (Ed. Debate, 2015), se trata de contar la historia de un planeta y una especie que desde sus inicios camina inevitablemente hacia la unidad.


Ese es el titular más extraordinario que podemos extraer de ese equipo mundial de científicos y científicas de todas las culturas y nacionalidades que han logrado obtener la primera imagen de un agujero negro: colaborando han convertido la Tierra entera en un enorme telescopio que nos ha llevado a mirar donde ninguna persona había mirado antes. Sólo unidas podremos conseguir este objetivo y todos los demás, que no son pocos ni pequeños.


Aquí os dejo el TED Talk en el que David Christian habla de la “Gran Historia” de la Humanidad:

 

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Imagen de protada: Event Horizon Telescope (EHT).

 

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Aquejado de un síndrome del impostor en grado agudo, se mueve a lo largo y ancho del panorama audiovisual buscando una paz espiritual que difícilmente encontrará. Empieza como técnico de cámara, edición, grafismo, continuidad y lo que sea. Se pasa a la radio para escribir guiones publicitarios y los de algún que otro programa en el que se sitúa ante el micrófono con voz temblorosa. Un lustro después, pone rumbo a la tele para escribir programas tan olvidados como “La Masia de 1907”, “9 de cada 10”, “¿Y ahora qué?” o “Tú sí que vales”. En un giro dramático de los acontecimientos -que a su síndrome del impostor le cuesta digerir- es contratado para coordinar primero y subdirigir después el magazine de tarde más longevo de la historia de la tele catalana: “Divendres”. Convertido en un hombre de provecho, se enamora de la ciencia y se toma medio año sabático durante el cual se revienta los ahorros, en buena parte comiendo en restaurantes con estrella Michelin. Al fin, tras varios trabajos tan olvidables como los de sus inicios, logra el éxito incontestable de trabajar en su programa de radio favorito: “Versió RAC1”, con Toni Clapés. Actualmente, vive el sueño de un contrato indefinido al tiempo que intenta convencer al mundo de que es un extraordinario guionista de ficción. En su funeral sonarán la canción "Restless farewell", de Bob Dylan, y una recopilación de chistes de Chiquito de la Calzada. Le gustaría ver las caras de los asistentes en ese último momento.

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