Röbota (Servitud)

Roböta (Servitud): conciencia artificial, salvaje humanidad

 

“According to the records at the NorthAm Robotics Company, the robot also known as Andrew Martin, was powered up at 5:15 pm on April 3rd, 2005. In a few hours, he’ll be 200 years old, which means that with the exception of Methuselah and other biblical figures, Andrew is the oldest living human in recorded history. For it is by this proclamation, I validate his marriage to Portia Charney, and acknowledge his humanity.”

El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999)

 

 

Broto, ingeniero en inteligencia artificial.

Eva, directiva y científica de una de las mayores multinacionales, Röbota.

Palía, parado incapaz de adaptarse a un mundo robotizado que condena las emociones, la maternalidad, e incluso los vínculos.

Tres únicos personajes para definir un apocalíptico futuro para la raza humana, pero también para una inteligencia artificial que inevitablemente tomará conciencia de sí misma, y ¿evitablemente? querrá imitar el razonamiento, e instinto, humano.


El texto de Mar Pawlowsky, directora también de la obra, invita a reflexionar más allá de la hora y media de función. La progresiva introducción de nuevos desafíos para el futuro del ser humano se dosifica en su justa medida, sin dejar de lado las propuestas iniciales para complicar, poco a poco, un escenario que convierte la curiosidad, en terror.


Y es que Röbota (Servitud) comienza con la inocente nostalgia de un planteamiento quizá incluso ya por todos asumido (la erradicación del contacto humano en el día a día, la superpoblación, la omnipresencia de la dependencia tecnológica…) para pasar, casi sin darle importancia, a la reivindicación por parte del software “casero” de sus derechos; a la ética de que una máquina conozca o no su condición; a los primarios y egoístas instintos humanos que convierten en propiedad aquello que (ya) no puede ser considerado ni esclavo, ni personal obra; a la falta de visión de un ser humano acostumbrado a unas normas controladoras que son el preludio de su extinción; a la culpa de querer sentirnos superiores frente a nuestra creación, y a la culpa, también, de haber diseñado esa creación tan a nuestra imagen y semejanza que cuando ésta evoluciona, sólo somos capaces de mostrar nuestra fuerza e imposición…. Y, finalmente, a la desesperación de (re)conocernos cuando esa imagen y semejanza responde con la crueldad que ha copiado de nosotros mismos.

 

Cuando humano y robot sienten amor, miedo, dudas, y odio. Cuando la diferencia no existe, cuando se desdibuja la evolución hombre-máquina, máquina-hombre.

 

 

(Re)conocernos es una de las reflexiones más importantes que propone la directora en Röbota (Servitud). Y sobre el escenario, plantea tres posibles reacciones ante tal “revelación”. Reacciones con las que estaremos o no de acuerdo, pero que no podemos despreciar a la ligera, más no encontrándonos (gracias a Dios, o a la inexistencia – aún – de Röbota) plenamente en esa distopía que ya intuimos; reacciones cuyo tempo lastra el final de la obra, por incluir algún extenso monólogo a todas todas innecesario porque el espectador ya ha comprendido el mensaje de la obra. Reacciones que martillean el pensamiento, enmarcadas en una valiente propuesta que empuja a sus actores a dar lo mejor de sí mismos, destacando el trabajo de Enric Balbàs, el Broto de Röbota (Servitud) que zarandea los más arraigados prejuicios y convicciones de nuestra sociedad actual.

Y aunque la pieza teatral no sea original per se (afronta temas ya discutidos desde la edad de oro de la ciencia ficción, como comentábamos hace varios meses en el texto ‘De mad doctors y androides. De creadores y criaturas’), es loable el intento de acercamiento a un público no especialista, y esperanzador que su mensaje pueda ser discutido en entornos menos minoritarios. Porque ojalá que la obra triunfe: el contenido multimedia complementa notablemente la minimalista puesta en escena (una pantalla, una mesa, y dos cortinas semitransparentes es lo único que necesita Röbota  – Servitud), que obliga al espectador a esforzarse en imaginar ese mundo futuro en el que se ha visto inmerso, pero que rápidamente es capaz de aceptar como lógico y viable. El vestuario es también digno de ser remarcado: trajes lisos y monocromos, impersonales, para Broto y Eva, que no obstante marcan sutilmente, con los adornos del cuello, su estatus social y psicológica condición humana (por ejemplo, las cuerdas en ella, a modo tanto de rango militar, símbolo de poder, como de su personal auto-encarcelamiento)… en contraposición al de Palía, ataviado con una significativa lechuguilla tan propia de los siglos XVI y XVII, que nos transporta a ese pasado que tanto ama el protagonista… sin haberlo vivido. Y la coreografía escénica, estudiada para remarcar astutamente a la vez la distancia entre las personas y la opresión de un mundo constantemente controlado. Un mundo en el que la empatía ha perdido todo significado para realzar el “yo”, y sus necesidades.

Un “yo”, paradójicamente, tan difuso como la diferencia entre hombre y robot.

 

Röbota (Servitud), de la compañía El Eje, podrá verse en el Teatre Tantarantana hasta el 14 de Abril.

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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