El álbum

El álbum, un relato corto

 

He despejado la mesa. He colocado el mantel de hule, por lo que pueda pasar (no es la primera vez que el cúter me hace una mala jugada). Tijeras especiales para zurdos, que si no acabo con callos. Ok, entorno básico preparado.

Desde hace varios años es tradición que, en fechas señaladas, se me encomiende montar el álbum de fotos familiar. Y no, no me refiero a seleccionar “cuatro” fotos pixeladas del móvil, ordenarlas cronológicamente en la web del laboratorio fotográfico de turno y enviarlas a imprimir. Treinta fotos, cinco copias, doscientos euros… y álbum a la estantería, a coger un polvo que se podría haber evitado si las fotos se hubiesen quedado en el disco duro (y si mis padres, de una vez, entrasen mínimamente en la era digital).

 

No.

 

Me refiero a un álbum artesano, de esos que hay que pensar muy bien antes de decidirse a ensamblar. De esos que esconden nostalgia, deseos, e incluso secretos.

¿La verdad? Es todo un honor prepararlo. Casi un ritual.

 

Coloco ahora, en el orden preestablecido por mí mismo, el material de izquierda a derecha hasta rodear todo el contorno del tablero: papel vegetal, lápiz de grafito blando y bolígrafo de tinta cromada, barra de pegamento, y adornos interiores y exteriores varios (desde pequeños marcos hasta números y letras de madera que conformarán la fecha de la conmemoración). En el centro, el álbum: cartulinas negras tamaño folio, separadas por finas hojas de papel cebolla, cosidas a mano por el lado izquierdo en disposición horizontal con cordel de cuero tratado con cera. Las tapas, este año, son de tela de seda dorada, símbolo de fidelidad, relevancia, estima. Todo listo y coherente, como siempre, con la temática.

El material, de alta calidad, lo compré en el Pepa Paper de la calle París hace un par de días. La dependienta ya me conoce, incluso me hace descuento si la jefa no está. “¿Cuál es el evento, Jaime?”, me preguntó sonriendo de oreja a oreja. Me sonrojé un poco y bajé la mirada…. Evalué la mejor réplica. “Bodas de oro”, me limité a decir. No sé si me oyó, pronuncié las tres palabras saliendo ya por la puerta.

El rubor en las mejillas tenía un sentido. No era vergüenza, era desazón. Porque la respuesta era cierta, y en verdad era mentira.

 

Sí, mis padres celebran el mes que viene las bodas de oro.

Y mi hermano murió la semana pasada.

 

No he pensado mucho en ello. No quiero hacerlo. Pero ahora…

 

Cojo las quince hojas de papel fotográfico ya imprimidas con las seleccionadas. No fue tarea fácil: es importante no repetir. Es importante que tengan significado. Las extiendo en el centro, sobre el álbum. Las miro desde arriba, sin sentarme, para evitar que una posible perspectiva me esconda algún detalle, alguna sensación, susceptible de descartar el objeto final.

 

Mi hermano está en la mayoría de imágenes, claro.

 

Mi hermano, atropellado por un taxi que se saltó el ámbar del amplio cruce de la calle Aragón a las cuatro de la madrugada porque el ocupante llegaba tarde al vuelo intercontinental.  “No permitiremos que su muerte sea en balde”, dijo el abogado solemnemente. Me da la sensación de que ve en el caso una inminente promoción a fiscal si le sale bien la jugada…

 

Que haga lo que quiera. Él ya no está, y ninguna indemnización va a traerlo de vuelta.

 

Intento concentrarme, el ejercicio tiene que ser objetivamente subjetivo. Noto que una lágrima me rueda por la mejilla…. Me sobresalta, me eriza el vello de toda la piel. No me la esperaba. Me la limpio con el dorso de la mano, que seco cuidadosamente con un papel… sólo faltaría ahora estropear algún retrato. Y en pleno proceso, cuando el orden de las fotografías comienza a estar claro, cuando lentamente me atrevo ya a alargar la mano hacia las tijeras…. mi hermano aparece a mi lado, sonriente.

Yo no me sobresalto. De hecho, me alegra que esté conmigo. Señala la foto en la que aparecemos los doce, la de las últimas navidades, con la copa de cava brindando a cámara. Sí, tiene razón. Es esta con la que tiene que abrirse el álbum. La recorto, la posiciono equidistante en la primera hoja… no hace falta añadir nada más. Es un brindis a una vida compartida, a la superación de obstáculos y al triunfo de la felicidad.

 

Y es un brindis que no podrá repetirse.

 

A partir de ahí, con la mano de mi hermano sobre mi hombro, apoyando cada decisión, recorto delicadamente. Distintos tamaños, distintas importancias. Mis padres niños, adolescentes de antes de conocerse, de antes de crear este núcleo familiar tan unido hasta la fecha. Y pies de foto tan ocurrentes como sinceros. ‘Papá con pelo’. ‘Mamá con el novio rockero que no debió abandonar, aunque no hubiésemos nacido‘.

Fotos de su boda, de nuestros bautizos. De los bautizos de nuestros hijos. De nuestras vidas, en definitiva. ‘Raúl escupiendo ya el hummus con sólo 3 años’. ‘Raúl graduándose con honores, aún no sabemos a quién pagó para que le hiciese los ejercicios’.  ‘Raúl con su primer ahijado en brazos. No, no llegó a romperlo, aunque lo temíamos’.

 

Raúl.

 

De repente, una constatación: somos afortunados, la evolución de la tecnología ha acompañado la evolución de nuestra alegría. Del blanco y negro al nítido color, del analógico al digital. Y últimamente habíamos vuelto a las Polaroid, además. Todos estábamos entusiasmados con la idea de robar un instante, y recuperarlo al momento de la forma más física posible.

 

Todos.

 

Pego la última fotografía, otra escogida directamente por mi hermano. Se trata de la celebración de las pasadas navidades, también. Pero en esta estamos todos haciendo el payaso. Es una sensación extraña, revivir aquél júbilo con este peso en el pecho. Es como si no quisiera permitirme ser feliz, como si fuese imposible, o pecado. Pero la foto me responde. Mi hermano me responde: me da el otrora habitual capón, ahora transparente y fluido, y se aleja a carcajada limpia. Se desvanece mientras se adentra en la penumbra del pasillo. Y yo me quedo mirando el vacío que ha dejado el improbable espectro.

Alargo el momento todo lo que puedo. Y vuelvo a girarme hacia el álbum en proceso.

Un último retoque. Repaso los textos escritos en lápiz con el bolígrafo de tinta plateada. Me ayuda a hacer la película, a revisar que todo es coherente. Cambio alguna palabra, reescribo algún pie. Y el broche final: uno cada fotografía cronológicamente, con una flecha de trazo suelto, pero sin indicar ninguna fecha.

 

El tiempo es líquido, nosotros también.

 

Se forma un laberinto de líneas casi perfecto, que comienza en 1946, año de nacimiento de mis padres, y se embrolla hasta nuestros días. Flechas que parten solitarias para comenzar a cruzarse en un momento determinado. Para encontrarse con alguien.

Pero la flecha de mi hermano se trunca. No hay descendientes, no hay pareja. No hay futuro. Su última aparición en el álbum, su última fotografía, es de inicios de verano, en la piscina en la que mi mujer nos hizo una foto. Yo estaba mirándola a ella, brazos en jarra bajo el agua, feliz y orgulloso. Él apareció por detrás, a lo photobomb, que ahora se lleva tanto. Se reía. Como siempre. “No puedes hacer una foto de esto”, me dijo al oído.

Yo sonreí, sabía cómo iba a terminar la frase.

“Este momento ya se ha ido“.

 

 

Julio de 2019, Arantxa Acosta

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Imagen de portada: fotograma de A dos metros bajo tierra (Six Feet Under, Alan Ball, 2001-2005) que ha inspirado este relato.

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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