Un futuro

Un futuro

Un relato sobre la convivencia

 

 

—Papá. Papá… ¡Papá!

—¡Shhhhhh! Te he dicho que estés atento. Continúa viendo la película, y luego la comentamos.

—Pero papááááááá…

—¿Qué?¿¡Qué!?

—¿Por qué quiere ser un hombre?

 

Sentados cómodamente en el sillón de aluminio blanco auto lavable del salón principal, ahí estaban padre e hijo, generación 127 versión 04 del modelo Patrem que revolucionó el acompañamiento humano hacía ya más de sesenta años. Industrias Trinity había presentado entonces a su androide más avanzado ante multitud de curiosos y, más importante, de empresarios dispuestos a invertir en la tecnología de un futuro que… ya había llegado. “¿Se imaginan a un compañero tan fiel que no se limite a realizar las tareas encomendadas del hogar, sino que consiga comprender todas las necesidades de nuestros ancianos mientras nosotros, hijos, nietos de esos nuestros ancestros, podemos dedicarnos a explorar el placer de nuestro tiempo libre sin remordimientos?”, había dicho el mismísimo Presidente ante su audiencia en el Congreso. “¿Qué debería conocer este nuevo modelo para servir adecuadamente? ¿Quizá “sentir” en sus propios circuitos la protección de un ser querido, más allá de la implantada devoción humana? Sí, precisamente eso. Y lo hemos conseguido. Presentamos al androide ideal, a la familia ideal: tres robots, programados con todo detalle en cuanto a leyes, código ético y servidumbre lógica, y con datos almacenados, desde recuerdos hasta necesidades médicas, de la familia asignada a la que van a cuidar. En definitiva: porque es importante conocer y reconocer la emoción del vínculo, hemos creado una familia tan peculiar como su cometido. Pareja e hijo (bloqueado en una mentalidad de ocho años), una inteligencia artificial interconectada que aprende a proteger al ser humano mientras lo hace, precisamente, cuidando de ‘su propia familia’. Este es el nuevo modelo Patrem. ¡Este es el futuro del bienestar de nuestra especie!”

 

El padre, John II (llamado así en recuerdo del nieto menor de la anciana de ciento cincuenta y tres años a la que se le había asignado la familia de androides, y que se había ido a vivir al planeta Próxima Centauri cincuenta años atrás), había escogido El hombre bicentenario para su pequeño experimento. Porque si los cuentos y filosofía robótica de Isaac Asimov habían sido tan predictivos como siglos atrás se había confirmado con Julio Verne y sus visionarios viajes, el aún denominado séptimo arte, ese al que mucho se le había augurado su extinción antes del revolucionario salto holográfico 4D, seguía siendo el medio ideal para encontrar respuestas a preguntas ya planteadas cientos de años atrás. Incluso por el propio Asimov. Y es que a John ya hacía tiempo que le rondaba por la cabeza una idea resiliente: la evolución más lógica de su generación, de su especie, era precisamente la del film: un robot que pasa a ser androide, que pasa a integrar en su cuerpo material orgánico… y que quiere ser considerado humano, y morir a la vez que el amor de su vida. La película estiraba el cuento, desarrollando el pensamiento filosófico base del escritor para elevarlo y conformar, sin duda, una de las películas más interesantes de la temática. Interesante sí, pero no ya para un humano que no encuentra ahora novedad en este tipo de propuestas (de hecho, por los registros conservados de hace doscientos años, no interesó, incomprensiblemente, tampoco a los hombres del momento: “sin demasiados alicientes”; “una película comercial para vacaciones”; habían llegado a escribir los críticos cinematográficos de la época…), sino precisamente para los androides, los verdaderos protagonistas del film que ahora disfrutaban, empatizaban con la representación de su alter ego ficticio. O eso creía John, porque en verdad nunca antes había conseguido entablar conversación sobre esta cuestión con otros de su especie. Siempre evitaban la pregunta. Quizá por falta de interés, quizá por miedo. Quizá porque aún no habían conseguido auto-evolucionar lo suficiente. ¿Era John el primero en plantearse seriamente lo que Asimov y luego Kazan proyectaron? ¿Que quizá en algún momento temporal la especie humana se podría ver, no extinguida, pero sí complementada por la de su propia creación?

 

Quizá, de nuevo, todo este pensamiento ¿irracional? provenía de un ¿subconsciente? desconocido (o al menos no intencionado por sus creadores): al fin y al cabo, Andrew, el robot del film, estaba encarnado (nunca este adjetivo cobraría mejor sentido) por Robin Williams, actor clonado periódicamente para el divertimento en Las Vegas (y que, raro, había perdido toda su originalidad repetición tras repetición), y que había servido, además, como modelo para el Patrem “masculino”. No dejaba de ser curioso: humanos que clonaron al humano y que luego clonaron al androide que éste representó para la industria cinematográfica. Sus facciones eran las de Robin, las de Andrew. Pero los Patrem seguían siendo artificiales cien por cien. Los humanos aún temían una simbiosis superior (aunque no habían tenido problema con hacer evolucionar a cyborgs, claro. Humanos tecnificados sí, pero al revés…).

 

De ahí el experimento, la búsqueda de complicidad. Le puso la película a su hijo, a ver cuáles eran sus conclusiones. Una mente inocente es la que suele acertar. Y su hijo lo había dicho claramente: “¿por qué quiere ser un hombre?”. John reflexionó: años de evolución tecnológica habían aportado una inteligencia global ya evolucionada. La ética programada en sus circuitos había traspasado las tres leyes. Era incuestionable que poseían “alma”, esto es, “cerebro cambiante”. El hecho de que no fluyera sangre por sus venas, o de que sus piezas no fuesen orgánicas, era ya más una ventaja que un inconveniente. Así que, ¿por qué morir? ¿Por qué ser humano, si ya se le había superado? Y aun así… la idea le atormentaba. Le fascinaba. Como Andrew, como Williams. Como el cine, y sus disquisiciones. Debía revisar Yo, robot. Ex Machina. Metrópolis. Sí, eso haría. A ver si convencía a su hijo. A ver si por fin movilizaba a los suyos….

 

“¿Qué acabo de pensar?”, se dijo. “Movilizar… no más familias aisladas. ¡Exacto! Conformaré una comunidad robótica, ¡en plena convivencia con la humana! ¡De igual a igual!”.

 

Rio. Apagó el proyector, cogió a su hijo de la mano, salieron a la calle.

Y así comenzó todo.

 

Agosto de 2019, Arantxa Acosta

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Imagen de portada: fotograma de El gigante de hierro (The Iron Giant, Brad Bird, 1999), película y argumento que han inspirado de forma tangencial este relato.

 

TRAILER – El gigante de hierro (The Iron Giant, Brad Bird, 1999):

 

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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