Amor inesperado

Amor inesperado, un relato

 

Toc toc.

 

—¿Funciona? ¿Sí? Perfect. Pues, respondiendo a su pregunta…

 

»Desde hacía meses me lo encontraba cada mañana a las 07:45 a.m., en la calle Córcega con Casanova. Aunque lo más habitual era que cruzásemos nuestra mirada unos diez minutos más tarde, en Córcega con Rambla Catalunya, porque ¡suelo ser taaaaaan desastre que acabo llegando taaaaan tarde, siempre, a todos los sitios! La oficina, claro, no es una excepción. Pero bueno, como ya han visto en el informe, soy la directora de creatividad e innovación de mi empresa, y supongo que va en el ADN de nuestro perfil el demostrar que somos diferentes y no estamos adecuados a las normas del proletariado básico. Huy, sí, quizá soy “un-po-co” snob… pero no me lo tendrán en cuenta para este cometido, right? Porque, entiéndanme, serlo es casi requisito in-dis-pen-sa-ble para trabajar en el mundo de la moda y aguantar la presión a la que estamos sometidos…. Bueno, quizá ustedes no lo entenderán. Pero lo intento: tenemos que asegurar contiiiiiinuamente la necesidad de cambio y adaptación: vestir con los cortes más adecuados (por ejemplo este vestido geométrico que llevo hoy es el Mondrian de Yves Saint Laurent de 1960 y, ¡claro! Es el ne-o-fu-tu-ro del prêt-a-porter); ser algo exagerados o dar por hecho que nuestra opinión es básica para el desarrollo cultural de la ciudad… Créanme, es a-go-ta-dor demostrar que estamos, digamos, ¡aich!, por encima del bien y del mal, levantando la ceja derecha escondida tras las grandes gafas de sol… que este año sí o sí (tomen nota por su salud social), tienen que ser marca Tom Ford (porque claro, acaba de filmar esa película, Animales Nocturnos, en la que arremete contra el sector y nuestra superficialidad, y todos la hemos odiado pero todos aparentamos que no, que estamos total y plenamente de acuerdo con esa visión tan profunda de que en verdad sufrimos en silencio y nuestra vida está vacía y por eso en mi salón cuelga un Pollock. Tonterías, uh? Pero hay que integrarse, ¿verdad? En fin, you know).

 

»Aich como siempre acabo acaparando la “conversación” y yo quería hablar de Augusto. Bueno, en verdad son ustedes los que quieren que hable de él… Anyway.

 

»Yo estaba acostumbrada a que mi rutina matinal incluyese a un chico de más o menos mi edad, unos cuarenta años, alto y muy delgado, que miraba al suelo siempre y que trasmitía una inseguridad que, créanme, literalmente arrancaba incluso lás-ti-ma, de verdad, en los escasos cinco segundos que duraba nuestra “interacción”… sobre todo al ver cómo mantenía su brazo izquierdo sobre el muslo al caminar, ¡como si eso hiciese desaparecer una cojera demasiado evidente como para no fijarse (y, por qué no, apartarse un poco)! No me miren así… yo al menos lo reconozco…. Sigo: zapatos estilo geox, cómodos y con cordones. Feos, vamos. Pantalón gris marengo de lana burda que le iba grande, camisa blanca a rayas rojas y suéter gris ceniza (como mínimo el uniforme podría ser más coherente con la escala de grises escogida, ¿no lo han pensado nunca? Estas cosas me sacan de quicio). En definitiva, que una rápida mirada demostraba (erróneamente, por cierto) que era conductor de autobús, o de metro, razón suficiente para, des-de-el-ca-ri-ño, “despreciarlo” rápidamente y colocarlo fuera de mi esfera social. Y bueno… no continúo con mi opinión de entonces, porque podría dar una conferencia de dos horas acerca del protector de plástico para bolígrafos del bolsillo. So: personas grises, física y mentalmente… ufff. Nunca han ido conmigo. Y este lo era. En mi cabeza, lo era. Y bueno claro, es indio. Por eso estamos aquí, ¿verdad?

 

»Ok, lo que iba diciendo…

 

»Un día me fijé algo más en él, porque percibí un cambio en el “paisaje-rutina”: llevaba las manos cruzadas a la espalda, sin disimular su cojera. Otro día, había cambiado su corte de pelo, al 2 y engominándolo hacia arriba; otro, caminaba lentamente e iba leyendo un libro muy grueso… ¡y me descubrí comprándolo esa misma tarde! Poco a poco para mí se convirtió en un juego detectar los pequeños detalles que iba incorporando a su look, e incluso si algún día no me lo cruzaba me sorprendía a mí misma, ¿se lo pueden creer?, ¡tris-te! Y, finalmente, llegó e-l-d-í-a: su trayectoria cambió… y ¡vino directo hacia mí! Con una enorme sonrisa y un clavel en la mano (si bueno, yo soy más de orquídeas), se plantó justo enfrente mío haciéndome frenar en seco, me ofreció la flor y me dijo: “Hola, mi nombre ess Augusto. Noss vemoss cada maniana y me gustaría poder hablá contigo. Si te parece bien.”. Y así comenzó todo, con ese acento tan mono (que es bien cierto al principio me enervaba un poco). Me dio su teléfono y estuve dos días pensándolo. ¡Incluso cambié mi ruta! Pero al final le envié un whats para ir a tomar un café… y des-cu-brí a Augusto. Me explicó que llevaba pocos meses en Barcelona ocupando el sofá de un amigo; que era un matemático (cómo no, ¿verdad?) aficionado a la literatura y que había comenzado a escribir; que emigró para llevar una vida tranquila, aceptando trabajos cortos part-time como informático o administrativo que le permitiesen vivir y poco más, porque ¡no-ne-ce-si-ta llenar la vida de cosas materiales ni burocracias!, sólo quiere tener tiempo para pensar… Me dejó a-no-na-da-da con su visión “vital”, y créanme cuando les digo que no suele ocurrirme. Su discurso me atrapó, y ese café se alargó a una cena durante la que me leyó algunos de sus relatos, y me habló, entre otras tonterías, del por qué defendía los tejanos del Primark (ahí casi me voy, pero….). Me encandiló con la naturalidad de sus explicaciones pero, be-lieve-me, más porque… me dejaba hablar, y me escuchaba activamente. De forma sincera. No me suele pasar, ¿me entienden? Y también porque supo, y sabe, cortarme y argumentar en el momento adecuado cuando empiezo a embalarme y hablar sólo de mí. Yo yo yo… ¿sólo hablo de mí verdad? ¿Verdad? Whatever…

 

»No me lo explico at-all… pero soy afortunada. Augusto ha cambiado mi vida. Bueno, la está cambiando. Creo. Y por eso, ante este tribunal, digo: le-quie-ro. Y sí, quiero casarme con él de-ver-dad, y no es ningún truco para que consiga los papeles, para nada soy una persona altruista (y de hecho creo firmemente que debería controlarse más y mejor la inmigración). Pero Augusto… I’m-in-love!

 

Y… silencio.

 

El jurado, aún abrumado por la imparable verborrea, se retiró a evaluar el expediente. La pareja esperó, con sus manos entrelazadas, en un banco del concurrido pasillo del Juzgado de Instrucción nº 6 durante cinco largas horas hasta que, finalmente, la asistente mandó pasar a Augusto….

 

—Sr. “Augusto” Nagarkar. Hemos estudiado su caso en las últimas semanas, culminando hoy con un nuevo testimonio de su pareja. No es habitual dudar tanto de un posible matrimonio de conveniencia, pero como presidente de este tribunal, hablo en nombre de todos para confirmarle que aceptamos su petición. No obstante, no puedo dejar pasar la oportunidad de preguntarle, sin rodeos, a título personal y sabiendo que otros compañeros comparten este mismo pensamiento: Por el amor de Dios… ¿cómo pudo sentir una chispa común con semejante personaje?

 

Julio de 2019, Arantxa Acosta

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Imagen de portada: fotograma de Matrimonio de conveniencia (Green Card, Peter Weir, 1990), película y argumento que han inspirado este relato.

 

TRAILER – Matrimonio de conveniencia (Green Card, Peter Weir, 1990)

 

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014 (y de su Junta de 2015 a 2019), en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en los libros 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013), 'Miradas: 2002-2019' (Ed. Macnulti, 2019) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, y tras cursar un Máster en Gestión Cultural para obtener una visión completamente holística y complementaria también a sus estudios de Ingeniería, amplía sus textos críticos más allá del cine, entrando también en la ficción, y quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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