#Sonar+D2018 (futuro aumentado)

#Sonar+D2018: futuro ficcionado, futuro real. Futuro aumentado. Un resumen reflexivo de las inspiradoras conferencias e instalaciones del certámen.

 

“I created the OASIS because I never felt at home in the real world. I just didn’t know how to connect with people there. I was afraid for all my life, right up until the day I knew my life was ending. And that was when I realized that… as terrifying and painful as reality can be, it’s also… the only place that… you can get a decent meal. Because, reality… is real.”

Ready Player One (Íd., Steven Spielberg, 2018)

 

 

Es posible que, dentro de veinticinco años, nos hayamos acostumbrado tanto a la realidad virtual que ya no queramos vivir en la nuestra. Ni tan siquiera en la realidad aumentada. Quizá Spielberg se equivoca, y los Wachowski tenían razón (Matrix The Matrix, 1999):

 

“You know, I know this steak doesn’t exist. I know that when I put it in my mouth, the Matrix is telling my brain that it is juicy and delicious. After nine years, you know what I realize? Ignorance is bliss”

 

Es posible que, dentro de veinticinco años, el cine como tal desaparezca completa y definitivamente.

Es posible que las máquinas piensen más y mejor que nosotros, gracias a algoritmos como el Deep Dream.

Es posible, incluso, que recibamos con los brazos abiertos a extraterrestres del exoplaneta GJ273b.

Pero lo más interesante de todo es que no deberíamos preocuparnos por el qué haremos en veinticinco años, sino por lo que queremos legar, como especie, dentro de diez mil.


Si algo es siempre Sonar+D, y en especial este Sonar+D2018, es un potente instigador. Pretende el pensamiento tangencial, la revolución creativa, el movimiento social… no sin antes otorgarnos las herramientas necesarias. Unas herramientas básicas para imaginarnos un futuro tan tecnológicamente cercano como mecánicamente lejano…

¿Contradictorio? Para nada.


La primera conferencia del Sonar+D2018 juntaba la practicidad con la filosofía del futuro: a Lila Pla Alemany, de Google, con Monika Bielskyte (All Future Everything) . La primera nos convencía con el hecho demostrado de que “el cerebro humano aprende más y mejor cuando consume la información en tres dimensiones”. A partir de esta sentencia, nos es sencillo aceptar que una experiencia de inmersión puede ser útil tanto para la docencia (quién pudiese haber visto los inventos de da Vinci en realidad aumentada en nuestra época…), como para profesionales clínicos (realidad virtual como terapia psicológica, para superar fobias, por ejemplo), siempre teniendo en cuenta que “las experiencias y el sentimiento que estas suscitan se multiplican por diez en el mundo virtual”, como apuntaba Bielskyte. Y es esta advertencia la que puede dejarnos, a al menos algunos, muy mal cuerpo:

 

¿Deberíamos pensar ya en la creación de nuevos trabajos especializados en la gestión emocional de la realidad virtual?

 

Quién sabe si la adicción a los videojuegos es ahora un simple preludio de problemas venideros…

Sin ser alarmistas (aunque nunca esté de más), sí podemos pensar (¿autoengándonos?) que la realidad virtual/realidad aumentada “no es escapar, es expandir el capital humano”. Como decía la segunda ponente, con esta tecnología el aire deja de ser un vacío, sino que se convierte en un enorme “canvas”. Totalmente de acuerdo, más viendo algunas aplicaciones como Weird Type App, de Zach Lieberman. Sin embargo, a más corto plazo Google se está centrando en la búsqueda por imágenes (ya ni por voz, eso está más que anticuado… madre mía), que ya esté implementada en un nivel muy básico en el buscador. Pero habrá más. El ejemplo frívolo: poder “robarle” una foto a tu mejor amiga y que internet te diga de dónde son esos pantalones que tanto envidias, y su precio. Y no sólo eso: hacer una foto a una de tus facturas y que automáticamente el desglose de los conceptos puedan pasarse a tu aplicación favorita de control de gastos. Algunas propuestas atraen y repelen en un mismo grado… pero hay ganas de probarlo, no nos engañemos.

Estamos a tiempo de balancear: podemos coger las riendas de nuestra interacción con todas estas nuevas propuestas… comenzando por controlar nuestros datos.

 

Data Detox Kit

 

En el Sonar+D2018 MarketLab veíamos la exposición itinerante The Glass Room Experience, que invita a conocer qué significa que compartas tus datos (sin leer la política de condiciones) cada vez que te instalas una nueva app, aparte de las “utilidades” que tiene que subas a las redes sociales mil selfies, y que tu teléfono se desbloquee con tus rasgos faciales. La (no)privacidad está alcanzando unos niveles inimaginables que van mucho más allá de lo que tras recorrer la instalación parece una simple cortina de humo: la efectividad real de escoger si un post lo compartes con tus amigos, o con todo el mundo. No obstante, gracias a ellos podíamos llevarnos a casa el Data Detox Kit: un utilísimo manual para que, en ocho días, puedas conocer la información que existe sobre ti e la red, y decidir cuánta y cómo limpiarla, creando el “yo virtual” que realmente deseas. ¿Ideal, verdad? Sí. Salvo cuando piensas cuánta gente está escondiéndose tras perfiles engañosos creados minuciosamente para sacar provecho de los demás. Ye s entonces cuando la pregunta naïve se nos viene a la cabeza:

 

¿Tan difícil es crear un “yo virtual” que sea el “yo real”? ¿Tan poco nos gustamos a nosotros mismos como para utilizar avatares casi completamente antagonistas? Y, si no nos gustamos, ¿no deberíamos cambiar en nuestra realidad, y no en una que está en la nube?

 

La obra de teatro L’Inframón me devuelve a la mente temidos escalofríos.

Tímidos con tres mil amigos en Facebook, utilizar la misma red social para mostrar fotos de las vacaciones que para ligar… volvemos a Ready Player One. Volvemos a los “retos sociales, combatir contra el sedentarismo y el aislamiento”, como bien expone Marco Selvi (Jukedeck).

Pero… ¡intentemos seguir siendo constructivos!

Este renacer de la realidad virtual, con el refuerzo intermedio de la realidad aumentada, está causando furor entre la comunidad tecnológica e intelectual. Varios de los ponentes hablan de que si bien internet fue uno de los grandes saltos evolutivos para el ser humano, las experiencias inmersivas van a suponer uno mucho mayor. No es de extrañar, si piezas como la de Interference del Sonar 360º ya consiguen hacernos entrar en un estado de concentración y reflexión poco común en nuestro día a día. Si a esto le sumamos los avanzados algoritmos que van a personalizar cada vez más estas experiencias (desde los utilizados por Band Camp para proponer canciones y tendencias, hasta las propuestas de Zach Lieberman que ya pudimos ver en la instalación del Sonar+D2017), el desarrollo cognitivo individual está tan asegurado como su extrapolación social… siempre que consigamos “desengancharnos” de la máquina para compartir aprendizajes.


Lo interesante aquí es matizar que este desarrollo también van a conseguirlo esas máquinas. Y en este Sonar+D2018 no se ha profundizado en robótica (fue un tema mucho más desarrollado en Sonar+D2017), pero ha quedado claro que esta tecnología va a ser un revulsivo decisivo para el futuro de la humanidad. Aunque por ahora los proyectos en realidad virtual se cuenten casi con los dedos de una mano.


Proyectos tan interesantes como los que nos metan en un campo de concentración, o films que nos sensibilicen ante la oleada de refugiados. Y, otra vez: es curioso que haya que echar mano de esta tecnología para conseguir que veamos un documental que nos lleve a la acción. Claro que, tal y como defiende Paul Raphaël (Felix and Paul Studios), el cine como tal va a morir en breve, porque habiendo experiencias inmersivas quién va a querer sentarse a ver imágenes en una pequeña pantalla plana.

Y es entonces cuando a mí me salta una lagrimita y pienso:

 

¿Y el poder narrativo del fuera de plano?

 

Quizá, igual que ni la televisión ni el Netflix han logrado erradicar esta experiencia, conseguiremos que sus bondades perduren en el tiempo.

O eso, o es un tema generacional.

Lo que está claro es que los más jóvenes están creciendo ya rodeados de unas facilidades tecnológicas inimaginables. Acabarán, como augura el documental Photon (Íd., Norman Leto, 2017), ¿siendo eternos?¿Trasvasando sus mentes de un cuerpo a otro? ¿Viviendo en espacios multidimensionales? ¿O en el espacio, directamente?

Ariel Ekblaw, responsable del MIT Media Lab Space Exploration Iniciative, inicia su intervención queriendo dejar claro que “la Tierra es nuestro hogar” (Interestelar Interstellar, Christopher Nolan, 2014 –  ha hecho mucho daño), pero acto seguido explica todos los proyectos que se tienen en cuenta en el MIT Media Lab, relacionados con la vida a gravedad cero. El proyecto Telemetron es tan fascinante como, a priori, poco útil. ¿Para qué querer tener un instrumento que funcione a gravedad cero, si los humanos van a estar con gravedad inducida tanto dentro de la nave espacial como en las colonias que acabe creando en otros planetas? Pues quizá no es tanta tontería: quién nos dice que nuestros descendientes no tendrán que evolucionar hacia este estado, por motivos lúdicos o impuestos. Quién nos dice que la cultura del ser humano, desplazado en el espacio durante cada vez mayores períodos de tiempo, no puede cambiar. ¿Le privaremos de música?

Eso nunca.

Por no privar, no vamos ni a privar a los extraterrestres de nuestras creaciones.

 

Sonar Calling GJ273b Control Room

 

Sonar+D se desmarca de cualquier otro festival y se plantea el enviar melodías al exoplaneta con condiciones de habitabilidad óptimas. Para reforzar la venta de su hazaña, es capaz de conseguir que un investigador de la NASA venga a Barcelona y nos hable del experimento pionero en la búsqueda de alienígenas. Así que cuando empezamos a estar convencidos, convoca un diálogo entre algunos de los integrantes del Sonar Calling GJ273b, desde miembros del Instituto de Estudios Espaciales de Catalunya – IEEC hasta músicos colaboradores, como Ólafur Arnalds o Zora Jones: conocemos así cómo se gestó el proyecto, desde el primer contacto de los responsables del Sonar con IEEC, hasta el análisis del mensaje previo a enviar a los futuros aliados, el cálculo de los bits que podían enviarse por canción (máximo 10 segundos…). Parece una locura, pero el trabajo que hay detrás es impresionante: enviar un saludo suficientemente complejo para captar la atención de los posibles extraterrestres y no piensen que es un eco del espacio; enviar un mensaje en un formato que permita ser descifrado incluso si pueden el inicio del envío; comunicarse a través de las matemáticas, el lenguaje universal por excelencia… y presuponer que los otros seres no son más inteligentes, pero al menos tanto como nosotros, por lo que disponen de la tecnología que tenemos actualmente. Todo esto debe ser tenido en cuenta antes de poder hacerles disfrutar de las composiciones de Yuzo Koshiro, Juana Molina o Daedelus, entre muchos otros.

Quien sabe: quizá, en Sonar50, los fundadores logran lo inesperado: ser pioneros, también, en el diálogo con extraterrestres. Es lo que le falta al Sonar+D. Poco más.

 

The  making of Sonar Calling GJ273b

 

Veinticinco años hay que esperar para saber si se ha recibido el ilusionado mensaje. Ahora nos parece mucho, sí. Considerando los avances tecnológicos, somos incapaces de augurar si quien reciba la respuesta seremos nosotros, nuestros clones, o nuestros mayordomos autómatas. Y, en cualquier caso, la hazaña del proyecto Sonar Calling tiene una intencionalidad base tan remota como compartida: la necesidad de darse a conocer. La necesidad de dejar huella.


Dejar huella. La tecnología avanza tan rápido que si no corremos para cambiar de soporte nuestros recuerdos, nuestros grandes tesoros, podemos perderlos. ¿Así que, quien nos dice que, dentro de cien, o mil años, el histórico legado que podríamos dejar como seres humanos a nuestros descendientes no va a ser material inservible para unas generaciones incapaces de recuperar los datos de antiguallas eléctricas?


Ahora la Historia, y los errores cometidos por el ser humano, se repiten porque no somos capaces de mantener la memoria. Porque no éramos globales, porque no teníamos las herramientas necesarias. El papel destruido en la biblioteca de babilonia puede ser el disco duro de “n” millones de teras incapaz de ser leído por mentes que ya no trabajan en tres dimensiones.

Es por eso que hay que pensar a largo plazo. Es por eso que un proyecto como Long Now es vital.

 

Conferencia “Thinking 10,000 years ahead with The Long Now” (Alexander Rose)

 

La premisa con la que comienza su exposición Alexander Rose es estimulante: es mejor pensar en cómo acabar con el hambre dentro de 100 años, que no en cómo hacerlo ahora. Porque pensando a largo plazo es mucho más viable prever la evolución de distintas capas básicas en nuestra sociedad: la naturaleza, a lo largo de los siglos, cambia poco (menos sin la perversa interacción del hombre –no-civilizado), la cultura algo más. Gobiernos, infraestructuras, comercio y moda… cada uno de ellos se transforma exponencialmente. Si se tiene  en cuenta todos ellos y se reflexiona sobre sus posibles proyecciones, es relativamente sencillo empezar a trabajar en la solución a problemas venideros, ya imaginados, y en conexión a la evolución de los anteriores factores. Seguramente utilizan técnicas como la explicada por Tim Cowlishaw para la BBC y su visión de la televisión para dentro de diez años:

 

“Keeping it weird”, lo llaman. Mejor pensar en alternativas “raras” para acertar.

 

Pensar a largo plazo para solucionar los futuros problemas que no queremos dejar a esas generaciones venideras implica también pensar en una forma de comunicarse con ellas. El proyecto Long Now puede parecer innecesario, pero es toda una prueba de fe en que, por un lado, el hombre va a seguir existiendo (tanto como especie como a nivel físico, y esto último no es baladí), y por el otro que va querer sentir sus raíces en cuento a raza, y en cuanto a su lugar en un universo seguramente menos desconocido.

Así que se está construyendo un reloj que marca los años, los siglos, los milenios. Y qué genialidad hacerlo considerando la mecánica, y no la electrónica. Un ser inteligente sabrá manejar rápidamente el reloj, porque deberá utilizar su inteligente maña. Un reloj digital podría estropearse por la corrosión del ambiente, por el paso del tiempo, o, simplemente, quedar anticuado, e inservible.

Un reloj mecánico para un hombre intergaláctico. Menos es más.

Un reloj mecánico que ayude a los futuros seres humanos a moverse por el tiempo. A conocer su lugar. A imaginar el pasado, vivir el presente, y proyectar el futuro.

Un reloj mecánico tan visionario como el de Perdidos (Lost).

 

Alexander Rose presentando el funcionamiento del 10,000 Year Clock / Perdidos – Lost

 

Y es que al ver el boceto del reloj de Long Now es imposible no pensar en Damon Lindelof y la maquinaria subterránea que hacía mover la isla a través del tiempo, o la mente de Desmond y compañía hacia posibles futuros dentro y fuera de la isla. La visión de esta ¿coincidencia? abre la puerta a múltiples interpretaciones: ¿sabía Lindelof del proyecto? ¿Quiso representar con su máquina la filosofía que defiende Long Term? ¿Es la isla una puerta al futuro remoto, con habitantes suprahumanos que quieren ayudar a los recién llegados? ¿Es la isla la misma ahora y dentro de 10.000 años? Sí y no. Y, en cualquier caso, la similitud entre bocetos es conceptualmente, fascinante.

Hubo tiempo también en Sonar+D2018 para hablar del concepto de arte, de si este concepto es el mismo en la Tierra y fuera de ella; de si en concreto la música puede analizarse en esos términos como sonido-ruido, como sonido-emoción o como sonido-melodía, según la fascinante Susan Rogers (ex-ingeniera de sonido de Prince y profesora en el Berklee College of Music, entre otros muchos); de si la definición de local ha cambiado, habiendo pasado en términos comerciales pro ejemplo  de local-local a global-local a local-global… pero si algo quedó claro en esta edición Sonar+D2018 es que internet nos ha cambiado, que la interconectividad se está ya viendo potenciada por el uso de todo nuestro espacio para crear imágenes y sonidos que complementen nuestra realidad del día a día para convertirnos en mejores y más inteligentes seres humanos… y que esperamos no ser los únicos.

Nos vemos en Sonar+D2019.

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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