The Box

“Y salió Caín de la presencia del Señor, y se estableció en la tierra de Nod, al oriente del Edén.”

Génesis, 4:16

 

The Box, sin salida para el ser humano

 

Tentación, avaricia, arrepentimiento.

No hay salida.

El matrimonio Lewis se encuentra ante un dilema moral, planteado por alguien que no conocen, y que sólo dice que es un simple “empleado” que cumple órdenes.

No hay salida.

Apretar un botón y saber que alguien, que no conocen, muere en algún lugar del mundo, pero obtener un millón de dólares a cambio, o no apretarlo y no llevar la muerte de un inocente en su conciencia.

Pero… ¿quien les dice que no morirá alguien que ya sufre, alguien al que le harían un favor? ¿O que se trata realmente de un inocente? ¿Quién les dice que ese acto (que incluso, tras pensarlo, puede ser de bondad), no puede ser también la solución a sus problemas? Al fin y al cabo, no le conocen. Es muy posible que apretar el botón ayude a las dos familias…

No hay salida.

 

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…era incapaz de cometer una mala acción. Él no quería nada. Para cometer una mala acción hay que anhelar algo.

Extracto de la novela Al este del Edén (East of Eden), de John Steinbeck

 

La decisión y sus consecuencias son innegables, pero la tentación de mejorar sus personales condiciones económicas (y, por qué no, sociales) sigue ahí.

Sin embargo, el individualismo que pierde al ser humano y que le acabará condenando no podría existir si no necesitase a los demás, y su aprobación. Entonces…

No hay salida… porque el ser humano es libre de decidir. Y sus decisiones afectan a su entorno, y a la felicidad de todos. Les conozcan o no. Es entonces cuando la famosa “el infierno son los otros”, de Sartre, aparece en escena…

“No hay salida”. Podemos leer la sentenciadora frase en dos momentos del film: inicialmente, en la clase de la mujer, de Norma, en una esquina de la pizarra. No hay salida (A puerta cerrada) es el título de la obra de teatro que están discutiendo, en la que Jean-Paul Sartre pone de manifiesto su idea de que los demás son el infierno: porque pueden vernos tal y como somos; porque estamos unidos a la mirada de los demás; y, por último, porque “son las otras libertades las que se oponen a la mía”.

El hombre está condenado a ser libre (Dios no existe), sentencia Sartre. Y será condenado por su propia libertad, ya que será juzgado por otros como él. Esos que, también, podrán escoger libremente el apretar o no el botón de la caja presentada por Arlington, el misterioso “empleado”.

La segunda aparición de la ya no tan misteriosa frase será hacia el final del film, escrita en el parabrisas del coche de la pareja protagonista… cuando se dirigen a descubrir un destino del que no van a poder escapar. Al fin y al cabo, son humanos…

 

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Jean-Paul Sarte se convertirá en un “personaje subliminal” del film de Richard Kelly, igual que Arthur C. Clarke. Porque el existencialismo de Sartre será hilo conductor de esta revisión de Richard Kelly del relato corto de Richard Matheson, Button, Button (publicado en 1970 y llevado también a la pequeña pantalla en 1985 en la serie The New Twilight Zone), pero Kelly no se olvidará tampoco de contrarrestar la teoría del filósofo con otras dos corrientes, tan opuestas entre ellas como con la primera…


Y es que en contraposición a las teorías de Jean-Paul Sartre, Kelly se ve en la obligación de (no) cuestionar la existencia de Dios y, a colación, la de vida inteligente fuera de nuestro planeta. De esta forma, curiosamente el director y guionista no esconde la existencia de un ser superior (se habla repetidamente de la existencia de un espíritu que abandona nuestro cuerpo, del purgatorio y de alcanzar un lugar mejor, de mirar a la luz y describir las sensaciones que se han sentido al entrar dentro de ella…), pero, sin contradecirse explícitamente en el film, recoge el planteamiento de que ese ser superior pudiera ser, o Dios, o “alguien”, “entes extraterrestres” que conocen, e incluso pueden ser partícipes, de la determinación de nuestra existencia. Y aquí, igual que con Sartre, Kelly no se olvida de citar, repetidamente, a un visionario Arthur C. Clarke que  ya mostró en varias de sus novelas y, en concreto, en sus futuristas predicciones, que ese “alguien” es posible [1].

Así que Kelly desarrolla el breve cuento de Matheson y le da, para The Box, un trasfondo existencialista, pero también religioso y científico:

¿Qué hay tras la entrega de la caja y el dilema moral?

¿Dios?

¿La personal condena del ser humano?

¿Un experimento extraterrestre para decidir si somos merecedores de continuar con nuestra existencia?

 

El planteamiento de Kelly: la transformación de la idea, la unión de conceptos y creencias ¿antagónicos?

 

“- ¿Alguna sugerencia? 

– Mire a la luz. Pronto le cegará. 

– ¿Qué es la luz?

– No puedo recordarlo.”

The Box (Íd., Richard Kelly, 2009)

 

Moralidad/inmoralidad

 

El curioso planteamiento de Richard Kelly es un complejo ensamblaje de las teorías mencionadas, traducido en un film de terror psicológico del género de ciencia ficción y fantasía en el que no se deja ninguna cabo suelto y, a la vez, no se confirma nada de lo entretejido. En ese sentido, el confuso pero urdido guión deja tantas interpretaciones abiertas como su predecesora de culto, Donnie Darko (Íd., 2001).

Analicemos la idea original de Matheson: el breve relato presenta a un matrimonio bien avenido, en el que es la mujer la que logra convencerse a sí misma, sin involucrar en la decisión final a su marido, de acabar apretando el botón (“por nosotros”, se repite). La intención del escritor con su cuento es de una crítica social arrolladora: El misterioso “empleado”, un hombre amable que se limita a exponer la oferta al matrimonio, realiza la pregunta clave a Norma, tras ella conocer el desastroso desenlace que su acto ha producido:

“My dear lady (…). Do you really think you knew your husband?”

Fascinante moraleja. Convivimos durante años con personas que no conocemos, ni (¿inconscientemente?) queremos conocer. El individualismo se palpa en cada palabra del relato, llevando a una moralidad que se aleja del “inocente” planteamiento inicial: ¿seríamos capaces de matar por avaricia, si nuestras manos estuviesen, supuestamente, limpias?

Kelly toma esta idea y deja claro en el film, con el diálogo inicial en la mesa del comedor, que su historia, al igual que la de la serie de televisión, no jugará con ese concepto (aunque, ojo, sí lo menciona: alguien que creen no conocer, Arlington, sí forma parte de la vida de Arthur… -des-conocidos que acaban siendo parte importante de nuestro futuro). Pero también se alejará de la visión de la serie, en la que el escritor, aquí guionista (no contento con el resultado) convierte a Arthur en un “pelele” en manos de su autoritaria mujer (símbolo – equivocado – de la liberación y evolución del papel femenino en la sociedad). El hombre, gran defensor de no seguir con la propuesta, plantea las preguntas y, no obstante, no es capaz de convencer a su mujer para que no apriete el botón.

En el capítulo, el misterioso Arlington parece un ser despreciable, igual que el matrimonio protagonista. Desprovisto de cualquier sentimiento hacia la pareja, se muestra desafiante, igual que la mujer. Kelly abandonará también esta visión del matrimonio y del visitante: ¿qué hay más terrorífico que humanizarlos a los tres? La pareja, acomodada y con un alto nivel de estudios, enamoradísima, tiene los mismos pensamientos que la desavenida pareja de The New Twilight Zone. Kelly se lleva a su terreno la historia (de hecho, basa a los personajes en sus propios padres, trasladando la historia también a su pueblo de Virginia), establece conexiones entre el trío protagonista (un trío tan perdido como los personajes de la obra teatral de Sartre) basadas en la desesperación por ser aceptados (Arthur como meritorio astronauta, Norma y Arlington a través del nexo entre sus deformidades y la desgracia de sentirse diferentes) y, lo más importante, resuelve (a su manera) la gran incógnita: ¿quiénes hay detrás de la caja?

 

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Las tres versiones, sin embargo, no pueden esconder la idea de tradición de Adán y Eva, los padres de todos que fueron expulsados del Paraíso por culpa de la mujer…

El Paraíso es esa luz prohibida, por no haber superado la tentación de cumplir sus personales deseos, pero que, en algún momento, les es prometida. El trasfondo religioso se hace evidente, como anunciábamos, también en la propuesta de Kelly:

 

“- ¿Qué había en la luz?

– No se puede explicar con palabras. Es un lugar q no está ni aquí ni allí, está entre los dos. Es un cálido abrazo, un lugar donde acaba el camino y la desesperación no gobierna el corazón del hombre.”

The Box (Íd., Richard Kelly, 2009)

 

La apuesta formal de Richar Kelly

 

Centrémonos ya en el film y las decisiones del director. Kelly respetará al máximo la conjunción religión – filosofía existencial – evolución, como decíamos, dejando evidencia de la pasión que siente por las tres vertientes. Sin ir más lejos, el Arthur C. Clarke de 2001: Una Odisea del espacio (y el Stanley Kubrick que transformó la novela en abrumadoras imágenes) aparece ya en la presentación del film. ¿O es que no vemos todos a HAL en ese plano cenital del botón?

 

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La comparativa, al igual que la decisión de mostrar así el elemento principal del film, no es gratuita: el HAL de 2001 es el elemento distorsionador en la futura existencia del ser humano, el que propicia su extinción (gracias a Dios, o a los extraterrestres), promoviendo, por otro lado, su evolución (el feto en 2001, el encuentro con “la luz” en The Box). No es de extrañar tampoco que se muestre el “viaje” de Arthur a través del agua desde la biblioteca a su casa con imágenes similares a la psicodelia que Kubrick incluyó en la película para mostrar el cambio de dimensión y tiempo del astronauta protagonista y, además, que este traslado se explique tanto con la existencia de seres extraterrestres (se une con las noticias iniciales sobre las expediciones a Marte y encontrar agua, vida), como con la tercera ley de Clarke: “Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, que el protagonista también tiene colgada en un póster de su casa.

Pero además, Kelly opta por situar el film en 1976. Avanzábamos (nota al pie) fue el año en el que Clarke hizo estas prometedoras (y verdaderas) declaraciones acerca del futuro. La propuesta de Kelly de fusionar el relato corto de Matheson con la vida extraterrestre encuentra en 1976 el material necesario: La verdadera Misión Vikings a Marte para encontrar elementos orgánicos en el planeta, tal y como se explica en el film. Además, por aquel entonces, el misterio no podía ser aún resuelto buscando información través de internet ni smartphones…. Se trata del emplazamiento perfecto para la propuesta de Kelly.

 

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Y tras la ciencia ficción… Las imágenes de The Box se caracterizan por dos elementos con igual efecto perturbador:

El primero es el uso del movimiento de la cámara alrededor de los personajes protagonistas. Kelly sitúa la mayor parte del tiempo la cámara en primer plano medio, para enfatizar la necesaria empatía por todos los personajes (pareja y “empleado”), muy en línea con esa decisión de humanizar la historia involucrando al espectador. El lento y casi imperceptible travelling lateral se reserva a los momentos de mayor tensión (la pareja tomando la decisión de si apretar o no el botón en el salón de su casa; Norma hablando por teléfono con Arlington…), aumentando el miedo del observador, que no puede parapetarse tras la cuarta pared como si estuviese mirando, simplemente, a través de un vidrio invisible para la acción.

El segundo, es la escenificación: varias de las escenas parecen querer mostrarse como intencionadamente falsificadas, es decir, poco creíbles. Vayamos a la de la clase, por ejemplo. Pocos alumnos, mucha distancia entre las paredes del aula, la profesora y los pupitres… el aura irreal consigue un doble efecto: desconcertar al espectador, y permitir que pensemos que les estamos observando igual que los “entes” que están llevando a cabo con ellos el experimento. A esas alturas del film, no obstante, aún no sabemos nada de la existencia de extraterrestres, por lo que la intención de Kelly con su puesta en escena plasma la inquietud esperada. Si a esto le sumamos una paleta de colores pálida, terrosa… la sensación de abandono (y desesperación) impregna todo el film. Hasta la llegada del agua…

Por último, Kelly no puede evitar incluir de nuevo el sello personal que tan bien le funcionó (al menos, años después) con su Donnie Darko original. Si allá la explicación la encontrábamos en ‘La filosofía de los viajes en el tiempo’, escrito por Roberta Sparrow, en The Box también tendremos una guía, muy similar incluso en sus gráficos, que ayudará a los protagonistas a saber cuál es su lugar en la galaxia: El ‘Manual de explotación de los recursos humanos’ parece un libro fascinante.

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[1] Por ejemplo, en 1976 (año en el que está ambientado el film), Arthur C. Clarke concedía una entrevista para la televisión en la que argumentaba con total convicción que, en el futuro, la interconexión de los seres humanos pasaría por el desarrollo de una avanzada tecnología que amplificaría el acceso a la comunicación a gran escala: hablaba de internet y el poder seleccionar la información que realmente nos interesa. Hablaba del Apple Watch, incluso. Pero, cuando es preguntado sobre la evolución de las comunicaciones incluso más allá de esos treinta años vista, responde tajante: lo que realmente le interesa no es la comunicación entre los seres humanos, sino entre éstos y civilizaciones extraterrestres, cuya existencia da por sentado.

 

TRAILER – The Box (Íd., Richard Kelly, 2009)

 

 

Relato Button, Button (Richard Matheson, 1970)

 

EPISODIO COMPLETO (Partes 1&2) – Button, Button (The New Twilight Zone, 1985):

 

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y miembro de la ACCEC (Asociación de Catalana de Críticos y Escritores Cinematográficos) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora cofunda Probeta para ampliar con actividades culturales esa visión de que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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