Barry Lyndon (#Kubrick10)

Barry Lyndon (Barry Lyndon, 1975): una ofensa que acalla inocencia y amorosidad, y despierta orgullo, avaricia y crueldad. No, nada bueno puede obtenerse.

 

 

“We have a sinner with us here who wishes for salvation. Daniel, are you a sinner?”

Pozos de ambición (There Will Be Blood, Paul Thomas Anderson, 2007)

 

 

Nacemos inocentes. Absorbemos información. Nos creemos libres, y con toda una eternidad por delante.

Pero algo pasa. Algo insignificante, fortuito. O no.

Y entonces, decidimos quién queremos ser. Y cómo queremos serlo.

En el caso de Redmond Barry, lo decidió el día en que su prima, de la que estaba ciegamente enamorado (tanto que era incapaz de tocarla en sus pudorosas partes incluso cuando ella se lo permitía), le dijo al capitán Quin, hombre que la rondaba:

 

“Es un muchacho, no significa más para mí que un perro o un loro.”

 

Ah, ¡la ofensa! Hiere el orgullo, el amor propio. Saca fuerza, valentía, despecho y venganza de donde parecía sólo residía bondad e inocencia. Y esas cualidades y emociones… difícilmente quieren volver a la oscuridad.

Y menos cuando son alimentadas por un entorno corrupto.

¿Es el azar, y su capricho, el que nos curte como personas? ¿El que nos empuja a caer, irremediablemente, en el pecado? ¿O es libre albedrío? ¿O existe un destino que predetermina nuestros pasos y, por tanto, ya “se ha decidido” el tipo de persona que vamos a ser, aunque intentemos enmendar nuestros “errores”?

Kubrick no sabía explicar por qué se sintió tan atraído por la novela de William M. Thackeray. Sólo supo que era brillante, y se merecía ser llevada a la gran pantalla. Tras el éxito de 2001: Una odisea del espacio y La naranja mecánica, no obtuvo problemas de financiación (aunque multiplicó con creces el presupuesto inicial), y tenía pleno control sobre su obra. El resultado es, sin lugar a dudas, el film más perfecto de toda su filmografía (en cuanto a técnica, rigor histórico, calidad de guión e incluso proximidad con sus personajes), y también el más olvidado.

En Barry Lyndon Kubrick continúa hablando del devenir de un ser humano más centrado en sentirse superior a sus congéneres que en construir un futuro común. El papel de las instituciones, las ansias de poder que nos hacen perder el oremus de la felicidad, el interés de los que nos rodean y nos empujan a dar pasos en falso… todo vuelve a tratarse en su décimo trabajo.

Esta vez, eso sí, más con nerviosa resignación que con pesimismo.

Y en el siglo XVIII.

Porque, al fin y al cabo, seguimos sin aprender, tras más de 200 años de experiencia. De muchos más, de hecho.

 

 

 

PARTE 1: de cómo Redmond Barry adquirió el renombre y título de Barry Lyndon, o “El primer amor, ¡cómo transforma a un muchacho!

 

“Qué distinto habría sido el destino de Barry si no se hubiera enamorado de Nora, y si no hubiera arrojado el vino a la cara del capitán Quin. Pero estaba destinado a ser un hombre errante.”

 

El amor. Ese sentimiento tan puro como tramposo. Porque, si no es correspondido, puede sacar lo peor de nosotros…

Barry Lyndon era todo amor en su juventud. Antes de la guerra, antes de actuar siempre en beneficio propio. Antes de que su inocente e infundado snobismo fuese la razón de su existencia, el objetivo a conseguir, aunque destrozase el corazón de quieres le tenían en verdadera estima. Al fin y al cabo, a él también se lo habían roto.

Aunque pronto dejó de importarle. El importante era él.

 

 

Pero adelanto acontecimientos… como el narrador de Barry Lyndon.

Kubrick vuelve a utilizar el recurso de la voz en off, en una curiosa decisión: el libro está escrito en primera persona, el film incluye a un narrador. Inteligente: alejar al espectador, en este caso y a diferencia de la anterior, otorga mucha más fuerza al mensaje. Porque, ¿quién puede sentirse rápidamente identificado con un “pillo” del siglo XVIII? Lo que necesitaba el guionista y director era plantear la vida de Barry Lyndon desde la distancia, para conseguir la divertida atención de su público. Para que fuese a medida que avanza el film cuando, poco a poco, al mismo tempo de la película, fuese reflexionando, y haciendo conexiones con su realidad actual.

De hecho, la primera escena del film dice ya mucho de lo que vamos a presenciar: una mirada irónica a una época que bien podría ser la nuestra, en la que personas con prometedor futuro, tal y como indica el narrador, pierden la vida por desacuerdos sin importancia.

Desacuerdos que ofenden a alguna de las partes. O a las dos.

 

 

La imagen que acompaña la explicación tiene el mismo sentido que el primer plano del bar de La naranja mecánica: que el espectador se haga una composición del lugar.

Y el lugar es un bonito cuadro. Perfecto, harmonioso, evocador.

Falso.

El entorno del Álex de La naranja mecánica debía ser distópico para eludir, mínimamente, la crítica directa a la sociedad del momento (“llegaremos a esto, en breve, si seguimos así”, parecen indicar Burgess/Kubrick). Pero la narración en primera persona evitaba la desconexión, la falta de comparativa. En cambio, la calma que se palpa en los paisajes de Barry Lyndon, el ambiente sosegado… lo que transmiten es la impostura de la perfección.

La impostura del que no se muestra como es, por miedo a ser descubierto. Por miedo a ni gustar. Por miedo a no cumplir las expectativas sociales.

Y este matiz no podía narrarse en primera persona.

Así que Kubrick utiliza para el inicio de casi todas sus escenas el famoso zoom hacia atrás (extraño, y más en films de época) que ya comenzó a utilizar en La naranja mecánica. Pero aquí no es horror, lo que refuerza esta técnica. Es interés por la belleza… para luego asestar un duro golpe al espectador.

Una belleza plana (efecto del zoom), como la de un hermoso cuadro paisajístico. Y como la de la hipócrita alta sociedad de la época, inmortalizada por artistas como Thomas Gainsborough, o William Hogarth, y cuyas obras, que homenajea Kubrick, sirvieron al director para la composición ordenada y fiel de sus encuadres. Como siempre, si el director quería mostrar un período de la Historia concreto, lo haría de la mejor forma posible [1].

Unas imágenes abiertas y generales que contrastan, por ejemplo, con la de la escena de presentación de Redmond. Esa en la que su prima tiene ganas de jugar…

 

 

Sexo y poder, encuadrados perfectamente. Y Ryan O’neal transmitiendo una dulzura de la que pronto privará a su personaje.

Como decíamos, en contraposición al mundo distópico de La naranja mecánica (colorido pero siniestro, ordenado en su simetría), en Barry Lyndon la imagen del detalle al plano general lleva a la imposible añoranza por parte del espectador de unos idealizados tiempos mejores, en los que la suntuosidad de los castillos, los vestidos imposibles y las maquilladas pelucas parecían dar la felicidad extrema a toda una sociedad.

Pero no todos podían permitirse esos lujos. Las diferencias de clase estaban tan presentes como ya en la década de los 70, y como ahora. Y Kubrick también las refleja, así como la necesidad, e ímpetu, de algunas personas como Redmond Barry para salir de ellas. Para ser “mejores”. Signifique lo que signifique.

Qué mejor que una guerra, en este caso la Guerra de los 7 años, para mostrar cómo un “pillo” puede convertirse en ladrón, en tramposo, en espía… y, como paso y objetivo final, en todo un aristócrata.

 

“Los caballeros hablan de la era de la caballería, pero no de los patanes, cazadores, furtivos y rateros que se encuentran en sus filas. Y sin embargo con estos instrumentos los grandes guerreros y reyes han realizado su obra criminal en el mundo.”

 

Kubrick, de soslayo, emplea el pasaje del alistamiento en el ejército, las batallas libradas y la deserción del protagonista, para arremeter de nuevo, contra la jerarquía militar en particular, y las instituciones y sus integrantes en general. A medida que avanza el metraje, el personaje de Redmond, con un excelente O’Neal que sabe aportarle todos los matices necesarios, irá incorporando hipocresía a su carácter. Una hipocresía utilizada como vía de escape, literalmente. Y que le será muy útil para reconocer, en él mismo, lo que quiere conseguir: salir de la pobreza. Ser alguien. Ser respetado.

 

“Como se ve, su vida no dejaba de tener dificultades y peligros requiriendo al mismo tiempo talento y ambición de triunfar.”

 

La ambición de triunfar, en esta parte de su vida (transición de niño a hombre) la veremos en Barry Lyndon en las ganas de destacar frente a sus compañeros (en esa pelea, cámara en mano, con uno de los soldados, por ejemplo), o de ganar puntos ante sus superiores (incluido el rescate del general… ¿o de verdad Barry alberga aún algo de conciencia en esta parte del film?). Cuantos más años pasan, más seguro de sí mismo se siente, y…

“Mientras cabalgaba, Barry volvió a sentirse en su ambiente. Y tomó la decisión de no volver a descender jamás del rango de un caballero.”

… no descenderá. Veremos cómo la casualidad (¿el azar?) le da la oportunidad de desertar. Cómo conseguirá entrar en la alta sociedad gracias a la alta estima que le tiene su general prusiano, y gracias también a que le traicione para aliarse con el Chevalier que debía espiar. Cómo gracias a su interesada lealtad consigue salir del país, y cómo es capaz de convertirse en un noble. Sin título.

 

 “Cinco años en el ejército y una considerable experiencia den el  mundo habían disipado ya aquellas ideas románticas sobe el amor que antaño tuviera Barry. Y entonces empezó a pensar, como otros caballeros habían hecho antes que él, en casarse con una dama de calidad y fortuna”.

 

Esta determinación culmina en la seducción de Lady Lyndon (de la que toma el apellido para ser respetado, aprovechándose de la historia de ese linaje. Pero es un detalle muy a tener en cuenta, y a relacionar con el epílogo), en una escena sublime en la que la música, como en otros pasajes del film, se convierte en coprotagonista, y centro dramático de la escena.

 

 

Así que Redmond pasa de querer ser respetado, a ansiar el poder. El que da el dinero.

Pasa de ser Redmond Barry, a Barry Lyndon.

 

 

En este punto, antes de entrar en la segunda parte del film (tres partes, que en realidad son dos. Nos suena) parece interesante volver al paralelismo con el Álex de La naranja mecánica:

Barry, un inocente chico que acaba, gracias al azar, o al destino, por conseguir lo que desea camelándose a generales, Chevaliers y hermosas damas.

Álex, un descarado ultraviolento que acaba, gracias al azar, o al destino, por conseguir lo que desea camelándose a sacerdotes, políticos y opinión pública.

Barry, un hombre hecho a sí mismo a base de engaños y traiciones. Un hombre que acabará siendo padre, un padre amoroso. Sin alejarse de sus motivaciones iniciales.

Álex, un hombre hecho a sí mismo a base de engaños y traiciones. Un hombre que querría ser padre [2] y alejarse de sus motivaciones iniciales.

Álex y Barry, dos hombres que viven el apogeo de su triunfal egoísmo, destinados a caer para darse cuenta de sus verdaderos deseos.

Aquí comienza el segundo ciclo de Barry Lyndon, que no será espejo del primero tal y como vimos en La naranja mecánica.

¿O sí?

Sí. Pero no “reflejado” en el propio Barry, sino en su hijastro: Lord Bullingdon.

Pero adelanto acontecimientos….

 

PARTE 2: donde se narran los infortunios y desgracias que acontecieron a Barry Lyndon, o “Me parece un oportunista”

 

“El destino había decidido que no había de dejar tras de sí a nadie de su sangre y que terminaría sus días pobre, solo, y sin hijos.”

 

Barry se casa por puro interés, y trata a su mujer, parafraseando las palabras de su prima, “como un perro, o un loro”.

La fortuna le sonríe, en su definición de suerte y dinero. Pero pronto, el azar, o el destino, le arrebatarán todo lo amasado. Incluso a su propio hijo.

Pero adelanto acontecimientos…

La desgracia de Barry Lyndon comienza cuando su hijastro “decide” plantarle cara. El personaje de Lord Bullingdon es la antítesis de Barry, y sin embargo cumple con el destino de todo hombre:

Nacido con fortuna, inocente. Se cree libre, y con la eternidad por delante.

Pero algo pasa. Entra en su vida Barry Lyndon.

Y entonces, decide quién quiere ser. Y cómo quiere serlo.

 

 

Lord Bullingdon pasará de ser un joven indeciso, atrapado en el amor de su madre, a un hombre capaz de tomar las riendas de la fortuna familiar. Aunque eso signifique, y le duela, hacer daño a su madre.

La oportunidad de hacer caer a Barry Lyndon le viene a Lord Bullingdon gracias a la avaricia que se ha apoderado de su padrastro. Una avaricia relacionada con el estatus, con el snobismo casi innato de Redmond.

Y es que las ansias de poseer un título para evitar depender de por vida de la fortuna de su esposa (ni él ni su hijo, y esto es importante: Kubrick decide recuperar los sentimientos que habíamos observado en el joven Barry de nuevo a estas alturas de su vida: volcado en su hijo, le ama con locura, y haría todo por él. Es la gran diferencia con la decisión final que tomó sobre el personaje de Álex de La naranja mecánica), llevan a Barry a endeudarse por encima de sus posibilidades: compra de intencionadamente sobrevalorados cuadros (“me gusta el uso del color azul”, pone en labios del personaje, para evidenciar su falta de conocimientos en arte), terrenos… y amistad.

En esta parte, Kubrick cambia la institución militar por la clase alta… regida por unos mismos patrones. Y es que todos los que le rodean, lo único que quieren es, precisamente, lo que había querido, y conseguido, él mismo: un trato de favor, una posición social más alta, poder adquisitivo…

Todo el esfuerzo de Barry Lyndon se verá truncado cuando pegue en público a Lord Bullingdon.

 

“Si hubiese asesinado a Lord Bullingdon, Barry no habría sido recibido con más frialdad y resentimiento del que ahora encontraba en la ciudad.”

 

La hipocresía de la sociedad a la que Barry quería pertenecer, tornándose él mismo todo un hipócrita, le explota en las manos.

El cierre de este pasaje, en el que es Lord Bullingdon el protagonsita, es, sí, espejo del que inició el destino de Barry: el duelo a muerte entre padre e hijastro.

 

 

Intencionadamente lenta, la escena es deliciosa: el hijastro es tan débil que vomita antes de tener que disparar, en contraposición al orgullo que demostró Barry al disparar contra el capitán Quin; Barry demuestra su madurez, y sus ganas de encontrar la paz con su hijastro, no queriéndole disparar. Pero el destino ya había decidido: Lord Bullingdon debía forjar su nuevo carácter, su nueva vida. Igual que lo hizo Barry.

Y Lord Bullingdon dispara a Barry, como Barry a Quin.

Y acierta.

Pero la herida no es mortal. Como tampoco fue la de Quin.


Ese es el castigo de Barry Lyndon: sobrevivir a su desdicha, para su propia vergüenza. Igual que el castigo de Álex es sobrevivir a su cura, para ser manipulado.


 

EPILOGO: fue durante el reinado de Jorge III que los personajes presentados vivieron y lucharon. Buenos o mezquinos, hermosos o feos, ricos o pobres… ahora todos son iguales.

 

“Totalmente derrotado como estaba, ¿qué podía hacer el pobre hombre? Aceptar la pensión y regresar a Irlanda con su madre para completar su recuperación. Poco después se trasladó al continente. De lo que fue su vida allí solo tenemos noticias vagas. Parece que reanudó su antigua vida de jugador profesional, sin el éxito de antaño. Y jamás volvió a ver a Lady Lyndon.”

 

El epílogo se limita a un cartel que defiende, o alecciona: somos todos iguales.

No intentemos sentirnos superiores. No nos transformemos hasta el punto de no reconocernos, por el simple hecho de obtener los beneficios reservados, por una estructura social difícil de romper sin una revolución social, a unos pocos. Seamos fieles a nosotros mismos, igual que lo es Lord Bullingdon.

Y no, este epílogo ya no adelanta acontecimientos. Todo se ha explicado ya.

Todo.

Incluida la diferencia entre hombre y mujeres. Incluida la necesaria caída del sistema social. Incluida la caída de una época que no debe ser vanagloriada, sino estudiada para que no sigamos repitiéndolaen bucle.

Y es que la escena final, justo antes de este epílogo, es reveladora:

 

 

Lady Lyndon firmando facturas sin aparente atención, hasta que llega al pago de 500 guineas anuales para Barry Lyndon (recompensa que le puso Lord Bullingdon a condición de que abandonase de por vida la isla).

Unos instantes de nostalgia. Una corta reflexión. Poco más.

La vida sigue.

Una mujer independiente. Una mujer que sabe reponerse a sus desdichas, sin necesidad de cambiar. Siendo fiel a sus valores y creencias, rodeada de sus amigos y familiares.

Kubrick consigue mantener la atención durante todo el film, llevándonos de la curiosidad de conocer a Redmond Barry a la tristeza pero comprensión del devenir de Barry Lyndon. Y aunque en todo momento el narrador ha adelantado que la historia iba a acabar mal, la maestría de Kubrick constata que tres horas de metraje con desarrollo ya conocido… pueden ser toda una delicia.

 

__

[1]: Por muchos es sabido que Kubrick quiso que inlcuso la iluminación de interiores fuese lo más parecida posible a la que albergaban los castillos de los Lores. Si bien es cierto que igualmente utiliaba luz artificial, el efecto conseguido con las lentes sobrantes de la NASA que Kubrick fue capaz de comprar (se dice que gracias a sus contactos tras realiar 2001: Un odisea en el espacio) es asombroso, y dice mucho de la vida nocturna de este estrato social.

[2]: Según el capítulo 21 de la novela de Anthony Burguess, no llevado a la pantalla por parte de Kubrick.

 

 

TRAILER – Barry Lyndon (Íd., Stanley Kubrick, 1975):

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

Un comentario en “Barry Lyndon (#Kubrick10)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *