#DocsBarcelona2017N2 (superación)

#DocsBarcelona2017N2: Superación. De existencialismo, inocencia, soledad y nidos familiares

 

The Wonderful Kingdom of Papa Alaev (Íd., Tal Barda, Noam Pinchas, Israel/Francia, 2016, Panorama)
Untitled (Íd., Michael Glawogger, Monika Willi, Austria, 2017, What The Doc)
In Loco Parentis (Íd., Neasa Ní Chianáin, David Rane, Irlanda/España, 2016, Panorama)
You Have No Idea How Much I Love You (Íd., Paweł Łoziński, Polonia, 2016, What The Doc)

 

La intrínseca necesidad humana de superación es una característica innata que acaba surgiendo, irremediable y afortunadamente, en cada uno de nosotros, sea cual sea el origen de su despertar. Lógicamente, existen varios niveles de superación, siendo el más egoísta el dominio, o la ambición de querer ser mejor que otro, de controlarle(s) para mantener nuestro status. Esta necesidad más, digamos, depredadora, tiene un gran inconveniente: no únicamente va a arrastrar a conocidos y desconocidos (muchas veces sin darnos cuenta de ello), sino que terminará por hacérnoslo pagar a nosotros mismos, de una forma u otra. Por eso, la necesidad de superación más compleja es la que nos sale de dentro exclusivamente para sentirnos mejor. La más básica, es la respuesta ante el miedo.

Miedo a quedarse atrás, miedo a no ser aceptado. Miedo a ser devorado por tus propios pensamientos.

A esta necesidad a veces no la llamamos superación, la llamamos libertad. La llamamos tomar conciencia.

Y, cuando lo conseguimos, cuando estamos en equilibrio con nosotros mismos, cuando nos consideramos maestros… es cuando debemos saber enseñar a otros esa superación. Esa libertad, física, y de raciocinio.

Comenzamos con The Wonderful Kingdom of Papa Alaev.

 

The Wonderful Kingdom of Papa Alaev

 

Papa Alaev es un patriarca. Amante de la música, ha conseguido que toda su estirpe le acompañe en su sueño. En 2016, el escenario está plagado de músicos que son hijos o nietos de Papa Alaev. Todos saben tocar varios instrumentos, todos saben todas las partes de cada canción, por si alguno de los integrantes no puede asistir al bolo. Papa Alaev está orgulloso de su imperio musical, pero sobre todo familiar, que ha llegado a sacar adelante, y así lo transmite en entrevistas directamente a cámara, cuando muestra algunas fotografías de premios entregados por poderosos magnates de distintos lugares del planeta o, simplemente, cuando sonríe, triunfante, mientras su nieto más joven le insta a seguir tocando el tambor.

Pero los tiempos cambian.

Los directores entremezclan actuaciones y entrevistas a Papa Alaev con confesiones de aquellos que ya no sienten únicamente una devoción ciega por su progenitor. Su hija mayor explica, dolida, que en cuanto hubo hombres que pudieron sustituirla ella quedó apartada para dedicarse a la tradicional obligación de convertirse en ama de casa (“si no estás en la banda ya no eres nadie para Papa Alaev”, dice). El hijo de ésta, con una ambición tan o más fuerte que la del propio Papa, expone furioso ante la cámara su frustración, al saberse más preparado y con mejores ideas para futuras canciones (“no puedes decir que la tienes más grande”), pero también al ver cómo tratan a su madre desde hace años, y por la que sí siente verdadera veneración. El hijo de Papa al que todos escogieron como devoto cuidador del omnipresente (pro)creador se retrata como humilde servidor al que en ningún momento se le sacará una mala palabra contra su padre ni familia, pero sí se recogerán sus gestos, y triste mirada, con una cámara inquieta que capta la decepción del hombre, comparándola con la alegría que rezumaba hace veinte años al dejarnos espiarles, también, gracias a vídeos caseros de los años noventa. Por último, el hijo de éste, nieto de Papa, virtuoso del piano que decide alejarse de la banda por motivos religiosos y que, en una de las mejoras escenas del documental, intenta explicar a su padre el por qué de su decisión llevándole a un rezo colectivo… en el que el padre se dará cuenta de la profunda desconexión existente ya entre las dos generaciones.


El gran error de The Wonderful Kingdom of Papa Alaev es intentar venderla como una comedia, ya que este formado queda, exclusivamente, centrado en unos graciosos títulos de crédito al ritmo de las melodías de la banda. Aquellos espectadores que busquen pasar el rato con música exótica y conocer a una familia peculiar, se encuentran con un testimonio menos atractivo… por tratar una temática que, seguramente, no les es desconocida. En cualquier caso, el film sí despierta curiosidad y reflexión: ¿qué es lo que realmente quiero que sea mi vida?


Los nietos de Papa Aliev ansían dedicarse a otra cosa, o, simplemente, crear bandas nuevas, sonidos nuevos, desde otra perspectiva: la de una generación que ya no tiene los mismos intereses. Los nietos, en definitiva, ansían libertad. Y libertad es lo que consiguió Michael Glawogger con su póstuma Untitled.

 

Untitled

 

Untitled nacía como una naïve y sencilla idea: viajar alrededor del mundo, filmar lo que se encuentre. La temática vendrá, con suerte, sola.

Y vino.

Monika Willi recogió el material filmado por Glawogger y las poéticas líneas que inspiraron su viaje hasta morir a causa de malaria, y lo convirtió en la visión de partida que tenía el director sobre un film sin sentido aparente. El resultado es un documental que nos lleva de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo a conocer costumbres, pero sobre todo gestos, miradas y reacciones que se acaban antojando comunes entre todos los seres del planeta. El hilo conductor no podía ser otro: el movimiento. Cualquier imagen del documental muestra la necesidad de moverse, ya sea con encuadres fijos o travellings laterales (la transición entre lugares suele venir acompañada por filmar desde atrás el avance de un camión que transporta a un burro, o una camioneta que traslada a una oveja, o un niño que avanza seguro por las calles de su ciudad en patín), y aúna el reflejo de lo que somos: nómadas obligados o de corazón, que nacemos, nos reproducimos y morimos rodeados de una belleza tan espectacular como extraña.

Nómadas que necesitamos comunicarnos (la escena del partido de fútbol acompañada de la reflexión sobe la Torre de Babel y un nuevo lenguaje construido exclusivamente gracias a nombres de jugadores es una gran metáfora sobre la capacidad humana de hacerse entender… cuando le conviene), niños que necesitamos atención (esa imagen imborrable de los casi bebés que remueven la basura de un vertedero para llevarse algo a la boca, contentos de mostrar la fotografía que ya se les había hecho meses, incluso años, antes por alguien que también estaba de paso…), cosmopolitas que hemos olvidado cómo relacionarnos (la reflexión sobre el arca de Noé y los teléfonos móviles), o que somos incapaces de aceptar nuestros orígenes, pero tampoco somos capaces de deshacernos de ellos (el pueblo abandonado de Italia). Estas son algunas de las penetrantes propuestas de introspección de Untitled, que afloran y hacen mella en el espectador sin que éste se de cuenta durante el visionado.


Una fotografía excelente y un montaje no tan aleatorio com puede parecer a simple vista (que podría haberlo sido sin que el film se resintiera dada su pureza poética) remarcan las imágenes finalmente seleccionadas por Willi, de las que no ha querido, siguiendo los pasos del original creador, obviar la comparativa entre comportamientos (y devenir) de animales y hombres, otra de las bazas del film.


El transporte de animales refleja el viaje del propio del director, y al que nos invita com espectadores. La lucha de las cabras montesas, comparándola inmediatamente con la de los niños comportándose exactamente igual a pocos metros de distancia, transmite crueldad pero también supervivencia. Y la cabra muerta, devorada lentamente por los gusanos en la cuneta de una carretera, es otra imagen llena de encanto y triste belleza sobre la gran verdad de nuestra existencia… que se convirtió en augurio.

Glawogger se superó, tanto como cineasta como encontrando esa ansiada libertad personal, llamada anonimato, que tanto deseaba en Liberia. El director se guió por unos valores que John y Amanda, profesores de Headfort School, intentan inculcar desde hace cuarenta y cinco años a sus alumnos…

 

In Loco Parentis

In Loco Parentis, “en lugar de los padres”. Los estrambóticos profesores llevan la enseñanza en la sangre. Sus métodos en clase (“ignorar” amablemente al alumno, retarle a hacer más cosas, a integrarse, desde la distancia o el simple consejo), más parecidos a los de un experimentado padre (o abuelo) que a los de un maestro de latín, contrastan con las conversaciones que el matrimonio mantiene en su casa, situada a pocos metros de la mansión educativa, sobre los avances de los niños, las dudas a la hora de haberles hecho hacer una u otra cosa, los acuerdos sobre cómo actuar con tal o cual niño…

El film capta el ambiente protector de la escuela para internos de siete a doce años (una edad complicada), y el particular estilo de enseñanza, al menos, de este matrimonio. Seguiremos durante un año escolar a unos cuantos niños, viendo la confianza que tienen en los educadores (una complicidad que no aparta el respeto) y los fuertes vínculos que se crean entre los compañeros. Conoceremos las propuestas para hacer “salir del cascarón” a la más introvertida, o la reconducción de la niña con atisbos de profunda nostalgia y falta de confianza en el nuevo entorno. Y, como colofón, veremos cómo terminan el año tras meses de preparación, reflejado en el documental con la actuación del grupo de rock y la representación teatral de la clase.

¿Nos suena? Sí.

Porque los directores han decidido demostrar que El club de los poetas muertos (Dead Poets Society, Peter Weir, 1989), en el mejor de sus sentidos, es posible. Y esto nos deja el regusto de un amargo dulce.

Dulce, porque sentimos nos hubiese gustado crecer en un entorno tan mágico como Headfort, rodeado de amigos, y de amor. Un lugar en el que la superación personal depende exclusivamente de uno mismo. “Vosotros sois los responsables de vuestro propio aprendizaje”, les dice el director al inicio del curso.  Ellos escogen si quieren tocar la guitarra o pintar, si quieren leer o no hacer nada. La decisión es propia… y es la mejor forma de conseguir que todos quieran hacer algo, desarrollar sus mejores capacidades y convertirlos en competentes en el mundo real. El film no alardea de grandes ideas, ni complicadas técnicas: sitúa la cámara en la clase, en el jardín, en la casita apartada con los instrumentos musicales o en la casa de los maestros, poco más. Pero sigue en cada momento a quien más le interesa, moviendo la cámara, cambiando de niño si es lo que pide la curiosidad, o mostrando a varios niveles de profundidad de campo las reacciones de cada protagonista (niña riendo en primer plano, otra paseando cabizbaja, apartada, al fondo de la imagen).

Amargo, porque el estricto y conservador guión nos lleva a recordar cualquier film sobre escuelas problemáticas. Niño con problemas de aprendizaje (disléxico, en este caso), chica introvertida (pero lista), niña rebelde (sin causa aparente), y compañeros de relleno para completar los encuadres. Una misión para los profesores (capitanes), y un colofón lacrimógeno en formato de trabajo en equipo.

La mala noticia es que a medida que avanza el documental conectamos con cualquier film con esta estructura, y nos alejamos de In loco Parentis, por retirarnos de la utópica realidad que nos quiere mostrar. La buena… que sí, existe. Que los films a los que hace referencia pueden, y deben, materializarse, para construir un futuro mejor a nuestros descendientes. Unos niños que sabrán pensar por sí mismos, que razonarán cualquier respuesta (ese pasaje sobre el cuestionamiento a los alumnos acerca de qué piensan de la homosexualidad es sublime, desde el “Dios hizo al hombre y a la mujer para estar juntos” hasta el  “yo creo que es mejor ser gay que estar soltero”), y que sabrán superarse con la ayuda de las herramientas recibidas.

Superarse a través de herramientas, sí. Cuando, adultos, ya no se nos puede educar desde la infancia, debemos acudir a expertos. Y entramos en el último film a reseñar: You Have No Idea How Much I Love You.

 

You Have No Idea How Much I Love You

 

El ejercicio es interesante: primerísimos planos que se intercalan, aislando al espectador de cualquier elemento que pueda desconcentrarle situado en el entorno físico que rodea a los protagonistas, e incluso aislándole también de las otras personas presentes en el mismo habitáculo, saltando repetidamente de la hija a la madre, y al psicólogo. En un par de ocasiones la cámara decide trasladarse de la madre a la hija con un movimiento lateral, quizá por no romper la fuerza del momento con el montaje plano-contraplano pero, en cualquier caso, es un recurso residual. Por tanto, si algo consigue el director con este formato es que estemos atentos, sumidos en las reflexiones y explicaciones de madre e hija, y en el análisis de cómo el profesional sabe llevarlas a las dos, con sus palabras (y tono otorgado), con la recuperación de ideas o con la asimilación de conceptos utilizando metáforas (o simplemente dando un nombre a sus miedos), hacia el terreno que deben explorar.


De esta forma el film experimenta con la palabra, con la gestión de significados, con cómo el simple lenguaje, ni tan siquiera el no verbal (que es erradicado constantemente por parte del psicólogo) puede ayudarnos a superar traumas.

Razonar las emociones.


El espectador podrá en mayor o menor medida llevar la terapia a su propio terreno, removiéndole situaciones vividas, y animándole a enfrentarse a ellas siguiendo las pautas ejemplificadas. A algunos les servirá. A otros, les parecerá una inmoral intrusión en la vida privada de una familia, como si se nos hubiese conferido el título de Grandes Hermanos sin quererlo. No obstante, algo que se intuye desde el primer plano, el director, en ese aspecto, se guarda una baza que puede resultar un alivio para los segundos, y una gran ofensa para los primeros.

De hecho, You Have No Idea How Much I Love You se nos antoja el reverso perverso, por su planteamiento y decisiones, a la natural y, como ya calificábamos, valiente, Amazona (Íd., Clare Weiskopf, 2016).

No obstante, en un análisis más macro y obviando los inevitables signos que nos llevan a la identificación personal, podría decirse que lo que busca Łoziński con este minimalista “documental” es retratar las necesidades de superación básicas de la sociedad moderna del primer mundo: vidas aceleradas que impiden vínculos sanos (ya no con vecinos, o amigos, sino con la propia familia); autoaislamiento (in)consciente en mundos interiores, privados, en los que nos sentimos mejor por ser más protegidos y hechos a nuestra medida, aunque nos estemos causando un daño inimaginable; soledad vivida en ciudades con millones de habitantes, que parece no tener remedio…

¿O sí?

 

 

TRAILER: The Wonderful Kingdom of Papa Alaev:

 

TRAILER – Untitled:

 

TRAILER – In Loco Parentis

 

TRAILER: You Have No Idea How Much I Love You

 

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y miembro de la ACCEC (Asociación de Catalana de Críticos y Escritores Cinematográficos) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora cofunda Probeta para ampliar con actividades culturales esa visión de que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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