TiMER

TiMER, o la postergación de la duda. Del libre albedrío, la existencia del destino, y la externalización de las decisiones.

 

“El ser humano es un ser social por naturaleza, y el insocial por naturaleza y no por azar o es mal humano o más que humano (…). La sociedad es por naturaleza anterior al individuo (…) el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada para su propia suficiencia, no es miembro de la sociedad, sino una bestia o un dios.“

Política (Aristóteles, 344 a.C.)

 

** contiene spoilers**

 

El “y si…” es ese pensamiento recurrente que nos acompaña durante toda nuestra vida. A veces es útil. A veces reconcome. A veces, simplemente, no nos deja avanzar.

La parálisis por el análisis.

 

“Before he was unable to make a choice because he didn’t know what would happen. Now that he knows what will happen, he is unable to make a choice.”

Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009)

 

La mayoría de esas veces, además, estamos aplicando el “y si” a pasado, y no a presente. A remordimientos, y no a acción.

 

Y si hubiese ido a esa fiesta. Y si hubiese estudiado otra carrera. Y si hubiese cambiado de trabajo. Y si hubiese dado una oportunidad. Y si hubiese tomado la decisión contraria. Y si lo hubiese pensado mejor.

 

Y así. Siempre. En bucle.

 

“In chess, it’s called Zugzwang… when the only viable move… is not to move.”

Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009)

 

Excusas nos ponemos muchas, para no admitir los propios errores. O la imposibilidad de cambiar algunas decisiones. Pero, ¿y si tuviésemos la solución? ¿Y si pudiésemos traspasar nuestras obsesiones a cualquier otro? Más allá de la moneda “Sí/No” de Mr. Nobody, más allá del azar… TiMER plantea, gracias a un dispositivo electrónico, la erradicación de la duda, la exterminación de la auto-culpa y su implícita pérdida de tiempo, en uno de los aspectos más relevantes de nuestra existencia: el encontrar a la pareja ideal.

 

 

Del por qué TiMER es necesaria

 

1. La TiMER superficial

 

No, no sabemos vivir solos, ya lo apuntaba Aristóteles.  Aunque es posible que, en estos días, matizase su opinión para evitar malinterpretaciones: nos hemos acostumbrado. No a la soledad, sino a estar solos. Es muy diferente.

En una sociedad tan tecnológicamente avanzada como la nuestra, escondemos la soledad tras juegos y apps, realidad virtual e inteligencia artificial. Compañeros de viaje que nos resuelven nuestro día a día, y nos dan compañía. Como la Samantha de Her (Íd., Spike Jones, 2014), que acaba siendo incluso tan amada por sus propietarios (ojo a las implicaciones de esta sentencia… recordemos la Joi de K en Blade Runner 2049, también) que éstos ya caminan hablando y riendo únicamente con su software, y no con los que están alrededor (bonita escena que Spike Jonze ya plasmaba hace unos años y que cada vez se está haciendo más común en las calles de las grandes ciudades). ¿Qué más se puede pedir cuando uno ha intentado relacionarse con otro ser de carne y hueso y no ha funcionado?

En cualquier caso: aunque nos enamoremos de una voz, de un robot, de un holograma… nos enamoramos. Nos encanta ese sentimiento, claro que sí. Y nuestra sociedad patriarcal, y consumista, aunque cada vez tiene menos fuerza en este sentido, nos ha enseñado a varias generaciones a que si te decides por una pareja, tienes que intentar por todos los medios que la relación funcione. Que la existencia del príncipe azul/la princesa del zapato no es un mito. Que hay que aguantar, porque por algo te decidiste pro él/ella. ¿El poliamor? Una moda. Y eso de asumir que es mejor disfrutar de los años que pasas con alguien y pasar página lo antes posible, buscando a otra persona… una infamia. El destino existe, la mujer es llamada a la procreación y el ser humano, a la monogamia.

Pero esto no ocurre, claro. Aunque lo forcemos. Y sufrimos. Mucho. Demasiado. Necesitamos estar en pareja, porque es lo que nos han enseñado nuestros padres. Necesitamos sociabilizar, porque al fin y al cabo formamos parte de una comunidad. Pues… que al menos sepamos acertar a la primera. Y ser felices.

Destino y deseo unidos de la mano. Como la pareja de Destino Oculto (The Adjustment Buerau, George Nolfi, 2011), que ni “Dios” pudo separar.

Así que, aferrados a esta utopía comprada gracias a Disney, imaginemos un futuro alternativo en el que un sencillo lector, implantado en la muñeca, es capaz de decirnos cuántos días vamos a tardar en reconocer a nuestra pareja ideal. A la destinada. A la media naranja creada exclusivamente para nosotros.

 

 

“¿Para qué continuar sin una garantía?”, es la frase que espeta a su acompañante la protagonista de nuestra historia, Oona, a las puertas de la empresa TiMER. Mujer, guapa, independiente… pero pasando la treintena. Una edad peligrosa para esta nuestra sociedad con sus reglas y moralidad aún de siglos pasados.

A partir de aquí, la introducción que acompaña a los títulos de crédito resume la idea principal:

 

“…discovered that all humans are on a path to true love, implanted just after the onset of puberty, and powered by body heat, the TiMER monitors level of oxytocin, the hormone of love… Say goodbye to heartache and disappointment… TiMER, take the guess work out of love.”

Dos ideas básicas: es necesario estar en pareja porque es nuestra naturaleza, todos tenemos un amor verdadero por el cual luchar, como el de La Princesa Prometida (The Princess Bride, Rob Reiner, 1987); puedes evitar el sufrimiento, la decepción de tener que romper con alguien, objetivizando el encuentro gracias a la nueva tecnología.


Puedes erradicar tus emociones gracias a una creación del ser humano.


Lógicamente, nuestra “princesa” encontrará finalmente a su “príncipe”. La comedia funciona, apoyada en un guión sencillo (que no idea original, mucho más fascinante que su desarrollo) a base de malentendidos, de una Emma Caulfield tan natural que contagia su entusiasmo por la fiabilidad del TiMER, y un secundario, John Patrick Amedori, que realza, dando una muy buena réplica a su compañera, la fantasía de cualquiera que quisiera estar en la piel de Oona. El final feliz otorga la calificación que el film espera: es el cuento de hadas hecho realidad, la culminación máxima a ese “serás feliz, no desesperes”, resultado de una invitación a la madurez, a sentar cabeza… tal y como nos pide todo nuestro entorno.

Con esta lectura, TiMER se convierte en una delicia para la sesión del domingo tarde, mantita y café en el sofá, para un visionado a lo Bridget Jones o para hacerlo con tu pareja, dentro de esos primeros seis meses de relación durante los que todo sigue siendo de color de rosa.

 

2. La verdadera TiMER

 

La soterrada ironía de TiMER tiene momentos magníficos: ya en la introducción, en la presentación del dispositivo (con voz en off entonando como en los anuncios de mitad del siglo pasado), la escena demostración de cómo fuciona es hilarante: una chica, con un vestido muy estilo años 50, sentada sobre el cesped de un parque leyendo un libro, es impactada por un frisbee (de pleno apogeo, también, en los años 50). Cuando el propietario lo recoge, surge el amor. Es decir: ya desde el inicio TiMER critica el concepto, demostrando que proviene de una mentalidad caduca, y que, no obstante, seguimos creyendo, y ansiando. Y va un paso más allá:

¿Qué pasa si en tu treintena sabes que aún quedan 5262 días hasta conocer a tu pareja? ¿Qué pasa si nada más cumplir los 16 sabes que la vas a conocer en 3 días? ¿Y si crees haberla ya conocido y el aparato te dice que no?

¿Hasta qué punto el conocer el futuro nos condiciona el presente?

El TiMER es multifunción: objetivamente indica la pareja destinada, subjetivamente empuja al “usuario” a pensar qué hacer con esa información, cómo “gastar” su tiempo desde que conoce el resultado: esperando o dejándose llevar. Esperando o revelándose contra la información.

 

Y para ello, TiMER decide abrir su guión a varias historias que avanzan en paralelo.

 

Oona lleva toda su vida adulta con el TiMER en blanco. Puede significar que no encontrará nunca a su pareja, o simplemente que ésta no se ha colocado el dispositivo. Pero ella lleva a la empresa a todos sus ligues, con la esperanza de que alguno sea “el elegido”. Sólo cuando decide hacer como su hermana y no ser esclava del quién y cuándo, será feliz: quiere pasar un buen rato con un chico, Mickey, con su TiMER a punto de vencer (es decir, a punto de llegar a cero). Pero se enamora, porque se siente muy a gusto en esa relación… hasta que su propio TiMER le dice que él no es.

 

 

 

La garantía del TiMER se convierte en una trampa: ella no puede ser feliz con Mickey, porque sabe que no es su alma gemela.


La búsqueda de garantías equivale a la delegación de la decisión, al no enfrentamiento con las emociones. No sólo a la defensa de la existencia del destino, sino a la aceptación de su condena.


No obstante, TiMER deja entrever sus intenciones: la propia Oona reflexionará, aunque lo pasará por alto…

“Do you think the TiMER actually works, or is it just a self-fulfilling prophecy?”

 

El TiMER, la justificación de las acciones. La demostración de nuestro carácter, de nuestra cobardía o empeño. De nuestro poder sobre el destino. Del libre albedrío.

Porque tenemos también la historia de Delphine, la mujer que se arrancó el TiMER porque ya era feliz con el hombre con el que ha decidido pasar el resto de su vida… hasta que el TiMER de él llegue a cero. Qué más da. Cuando llegue el momento, ya decidirá qué hacer. Igual que Steph, que, con previsión de conocer a su alma gemela en edad de jubilación, decide aprovechar el momento y no reservarse. Eso sí, al contrario que Oona, sin concederse la posibilidad de enamorarse. Un chico, una noche. Nada más. ¿Por qué no? Steph, entonces, cree incluso más ciegamente que su hermana en el destino. Hasta que también se enamora.

 

 

 

Tres historias de mujeres que se enfrentan a su destino de forma muy distinta. Y es que TiMER no juzga, simplemente pone de manifiesto mismas posibilidades, y distintas reacciones. De hecho, aunque Oona acabe aceptando a su pareja ideal y dejando una aventura que ya nunca sabrá podría haber sido una bonita y verdadera historia de amor (de esas con caducidad, pero, ¿qué importa, si son unos años, incluso exclusivamente meses, maravillosos?), decide arrancarse el TiMER. Un gesto inútil para algunos, pero con mucho significado: acaba decidiendo el tempo de la relación. Sin prisa, sin acelerar acontecimientos. Porque la relación con la pareja perfecta… también puede terminar mal.

TiMER también cuestiona la presión social, familiar, impuesta al hermano de Oona, cuando éste descubre que va a conocer al amor de su vida ya a los 16 años. Y además se entremezcla con una crítica social, en referencia al trato entre personas de distinto estrato socioeconómico. La película realza la relevancia de que todos somos iguales, ya no ante el amor, sino ante el derecho a ser y actuar como cada uno quiere. Y lo hace, siempre, desde el humor. Un humor fresco, sin aparentemente grandes pretensiones, que termina por confirmar aquello que también avanzaba Las vidas posibles de Mr. Nobody, film del mismo año, que pudo verse, también, en la misma edición del Festival de Sitges (Sitges 2009). Dos films muy diferentes, ero absolutamente complementarios.

 

“Every path is the right path. Everything could’ve been anything else. And it would have just as much meaning.”

 

 

TRAILER – TiMER (Íd., Jac Schaeffer, 2009):

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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