Quién te cantará

Quién te cantará: colores únicos, mezclas necesarias, resultados ambiguos, y fascinantes

 

“I’m Sister Alma, I’m just here to help you. I’m not Elisabet Vogler. You are Elisabet Vogler.”

Persona (Íd., Ingmar Bergman, 1966)

 

 

El violeta pertenece a la categoría de colores fríos. Es un color fuerte, con personalidad, que, se dice, ayuda a relajar la mente, a equilibrarse cuando uno está ansioso… y no obstante acostumbra a asociarse a personas tímidas, distantes.

A personas que desean pasar desapercibidas.

Quizá porque es demasiado oscuro. Quizá porque parece que esconda algo… a no ser que le dé la luz. Entonces su brillo consigue que emane determinación.

El violeta, en definitiva, necesita una oportunidad para destacar, y deslumbrar. Para ayudarse a sí mismo, y a los demás. Al menos, temporalmente.

 

 

El lila, en cambio, es más amable. Pertenece a la gama del violeta, sí. Pero es más claro. Menos definido. Más pastel, si se quiere. Menos fuerte, pero más aceptado, y llevado. Más seguido, con más adeptos.

Es un color que parece necesite la aprobación de su existencia porque se le recuerda, y crece su presencia, cuando los tonos pastel invaden las calles. Cuando tiene éxito.

 

 

El blanco es un color acromático. Interesante, porque puede decirse que no tiene personalidad propia. Que nunca destaca por sí mismo, sino que obtiene su recompensa cuando se mezcla con otros colores para obtener interesantes tonalidades. Sin embargo, es todo lo contrario: cuando lo desea, es el color que se lleva todas las miradas. El color determinante. El centro. El desencadenante.

El violeta, añadiéndole la cantidad justa y deseada de blanco, se convierte en lila.

Violeta y blanco, lila.

 


Lila sin Violeta, no existe.

Blanca sin Lila, no existe.

Violeta sin Lila, no existe.

Blanca sin Violeta… debe seguir sola.


 

Circunstancias. Decisiones. Miedos. Dependencias. Personalidad. Quién te cantará es el excelente tercer largometraje de Carles Vermut.

 

Identidades espejo. No hay tres sin cuatro.

 

Desear ser otro para olvidarse a uno mismo. Ese es el centro de Quién te cantará.

Tres partes, tres reflexiones, unidas no por Lila, Violeta o Blanca, sino por Marta, la hija de Violeta. De hecho, Marta se convierte en el enrevesado espejo de Blanca, en una comparativa muy distinta a la creada para las dos principales protagonistas. Pero vamos por pasos.

 

Lila y Violeta: la herencia del pasado

 

 

Reír y llorar. Todo a la vez, pero bien diferenciado. Ese plano de Vermut resume la estrecha dicotomía existente entre las personalidades de Lila y Violeta. El par inseparable.

Lila, el color dependiente, se asigna, y puede antojarse erróneamente, a la figura de la famosa cantante. La diva que lo tiene todo. La mujer a la que todas quieren imitar.

Pero Vermut hace bien en otorgarle ese nombre. Nos lo mostrará a medida que haga avanzar el film. Porque Lila se reconoce un fraude. Desde que era adolescente. Y Vermut nos lo revela lentamente, cuando sabe que vamos a creernos que sí existe una mujer fuerte por encima de otra que ha querido imitarla toda su vida.

Pero es al revés.

Violeta ha tenido que hacerse a sí misma. Sin pedir nada a nadie, sin tomar prestado nunca nada. Hasta que descubre las canciones de Lila, con las que se identifica, con las que huye de sus erróneas decisiones. Como el haber abandonado su propia vida para volcarse en una ya fallecida madre y una hija que se aprovecha de su debilidad como progenitora para obtener todo lo que quiere.

Violeta se odia a sí misma, igual que Lila.

Vermut pide a sus dos protagonistas que se presenten casi estáticas. Casi sin mostrar ningún tipo de emoción. Sus movimientos, milimetrados, destilan pavor a sus propias reacciones, y convierten la historia en inquietante y envolvente… que no falsa.  Porque si algo consigue Vermut de las dos actuaciones es precisamente lo contrario: insuflar extraña humanidad a los dos personajes, potenciada en sus escenas compartidas.  El director decide hacer avanzar las historias por separado, lentamente, tal y como ya nos tiene acostumbrados, con el fin de que el espectador sea capaz de detectar, consciente o insconcientemente, todas las aristas de su propuesta. La repetición de escenas, la explicación de pasos que se nos pueden antojar redudantes se montan exclusivamente para remarcar importantes detalles (cuando Blanca pide a Violeta que ayude a Lila, cuando Lila explica a Violeta por qué la necesta, cuando Violeta explica a su hija Marta qué ha estado haciendo…) que son y serán la base de las temáticas, más o menos evidentes (la negación de la propia identidad, sí… pero también la influencia de la familia, de las amistades, del entorno social y de la época en la que nos ha tocado vivir….) que desea elaborar.

Y cuando ya nos las ha presentado las úne, cómo no, a través de Blanca, en la tercera y última parte del film. Y las hace coincidir en un entorno aparentemente aséptico, esa enorme casa con grandes ventanales, impersonal y a la vez extrañamente acogedora, que se convierte en aliado perfecto para arrastrar al espectador a sus respectivos infiernos y a encontrar sus puntos en común, que no son pocos. Un pasado cruzado (una canta para cuidar de su madre, otra deja de cantar precisamente para lo mismo) con un desenlace también muy similar: las dos, atrapadas por la convivencia con dos personas con las que, aunque les pese admitirlo, no se sienten a gusto.

 

Blanca y Marta: las consecuencias de la dependencia

 

Menos evidente en Quién te cantará es la relación entre Blanca y Marta, y sin embargo son la clave para comprender los deseos de fuga, interior y/o física, de las dos protagonistas anteriores.

Blanca acompaña a Lila desde la infancia. Vermut no aclara su verdadera relación, pero ni falta que hace. La figura de Blanca es de seguidora fiel, casi maternal, casi de silenciosa pareja. No se enfada con Lila, no le levanta la voz. La (per)sigue con la mirada, la controla.

Y sonríe continuamente.

Blanca guarda, también, sus sentimientos. Quizá para no romper esa jaula de cristal que rodea la vida que ha deseado llevar junto a Lila.

Blanca, permisiva, y conciliadora, se comporta con Lila igual que Violeta lo hace con Marta.

Así que Marta es, en cierto modo, la antagonista de Blanca. Porque comparten un cometido que desarrollan de forma completamente diferente: de la aparente bondad de Blanca, a la cólera de Marta.

 

 

Marta es joven, y violenta. Su rabia interior sí la demuestra con su madre. Una rabia fruto de las circunstancias, también, del entorno que le ha tocado vivir.

Marta, como Blanca, no es feliz. Y no sabe por qué.

El por qué.

Como esa canción que siente Lila, pero no escucha.

Lila, tan infeliz como una Blanca que se escuda en la protección de su cantante, de su amiga, de su hija… para no darse cuenta de que ha renunciado a enfrentarse a una vida propia. Lila, tan infeliz como una Violeta que ha llevado una vida en el anonimato para no ser consciente de su propio fracaso como madre, y como hija.

El director aquí sí quiere que los dos personajes secundarios muestren sentimientos, pero también en su forma espejo: la simpatía de Blanca es el espejo de la ira de Marta. Y las dos emociones esconcen la frustración de no reconocer su propio espacio, su propio lugar. Su particular propósito. Una huye, se libera. La otra….

 

La inevitable pregunta: qué es real y qué no en Quién te cantará

 

Si algo caracteriza la obra de Carlos Vermut es, precisamente, esa destreza a la hora de mostrar nítidamente el planteamiento de temas complejos, sin renunciar a que sea el espectador el que decida obtener sus propias conclusiones. Ya en Diamond Flash (Íd., 2011), que personalmente sigue siendo su mejor largometraje, condensaba preguntas sin aparente respuesta sobre la familia y la identidad, dos temas a los que sigue volviendo en sus films. La mezcla de realidad-irrealidad, inteligente recurso para invitar a adentrarse en la reflexión individual al espectador, está en ésta mucho más presente que en Quién te cantará (y más también que en Magical GirlÍd., 2014), pero en su tercer film incluye escenas ambiguas y bizarras, aparentemente fuera de contexto, para la especulación sobre si lo que nos está mostrando en pantalla son acontecimientos, o simplemente visiones.

Visiones para el autoconocimiento. Imágenes para el impacto subconsciente.

El film se cierra igual que como se inicia, pero con un matiz: la protagonista frente al mar, ahora de pie y con supuesta determinación (al inicio en el suelo, perdida), es Violeta, no Lila. Pero Lila se convierte en Violenta, así que…

Quizá lo importante es seguir a la Violeta original. ¿Está en la mente de Lila? Su primer encuentro, para Lila y para el espectador, se produce cuando la primera sale del hospital y, al entrar en el coche, su imagen se superpone en el vidrio con la de la fan que ha estado esperándola fuera.

Superposición. Transferencia. Identificación subconsciente… o representación proyectada.

 

 

Más adelante, Lila descubre a Violeta en los vídeos de youtube en los que aparece imitándola en el karaoke en el que trabaja (Karaoke “Único”, obviamente no es baladí), y es cuando decide que la ayude a volver a cantar.

A encontrarse a sí misma, en definitiva.

A partir de entonces las dos sólo coincidirán en la casa de la cantante. Y si sabemos que los personajes de Blanca y Marta están irremediablemente conectados, tanto por su personalidad como por sus circunstancias… ¿no podría ser Marta también inventada por Lila? Al fin y al cabo, el desenlace de madre e hija, su desaparición, se antoja bastante poco probable en un mundo real en el que alguien debería poder darse cuenta de su no-existencia…

Esto haría pensar, también, que Lila utilizase su imaginación para pensar en cómo Marta debería auto-inculparse por su desesperante relación con Violenta. Para crear un personaje tan parecido al que convive con ella también día tras día. Para saber cómo terminar con una relación malsana. En definitiva: como lucha ante su propio rechazo hacia Blanca, su manager.

Esta visión daría respuesta a las imágenes que Vermut intercala durante el metraje, esa Lila desapareciendo dentro de una pared líquida, poco a poco, mientras Violeta avanza en sus decisiones: ayudar a Lila, alejarse de su hija, decidir prestar completamente su identidad a la otra.

Porque incluso la canción compuesta por Violeta y regalada a Lila… ¿no podría ser el incipiente cambio de Lila, que tanto necesita? Volver a crearse a sí misma, siendo original y realmente única, aunque sea saliendo de las cenizas de un personaje inventado para poder conseguirlo?

Ser dueña del propio destino, por fin. Olvidándose de fantasmas del pasado, de la única forma posible: creando uno nuevo.

Quizá esta visión es incluso más compleja que la que ya podemos aceptar aparece en la pantalla. Pero quizá todo se reduzca a una uña encontrada en la arena de la playa. Una uña no reconocida como propia. Una uña que desencadena la resolución: que Lila no necesita de Violeta, ni de Blanca, para ser Lila.

Lila, simplemente, no es. Porque la vida pública, aunque le guste, se le ha ido de las manos.

Lila necesita ser un color más genuino. Y qué mejor que, siguiendo en la gama, se reinvente para seguir viviendo una nueva vida pública y exitosa, y comenzar una nueva vida privada, lejos de los remordimientos del pasado, y sin blancos que distorsionen, que aclaren.

Porque sí, somos únicos. Pero debemos aceptarlo.

 

TRAILER – Quién te cantará (Íd., Carlos Vermut, 2018):

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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