Miedo y deseo (#Kubrick1)

Miedo y deseo (Fear and Desire, 1953): Miedo a conocerse, deseo de avanzar. Comprender. Superarse. ¿Rebelarse?

 

“Everything a lie. Everything you hear, everything you see. So much to spew out. They just keep coming, one after another. You’re in a box. A moving box. They want you dead, or in their lie… There’s only one thing a man can do – find something that’s his, and make an island for himself. If I never meet you in this life, let me feel the lack; a glance from your eyes, and my life will be yours.”

La delgada línea roja (The Thin Red Line, Terrence Malick, 1998)

 

Un mundo creado a partir de islas. Islas solitarias, islas desquiciadas.

Un mundo atemporal, y cíclico. Un mundo en el que no aprendemos, y en el que nos comportamos como títeres que danzan al son de los intereses de unos pocos.

Generales, tenientes y soldados. Somos todo a la vez en nuestra propia vida. En nuestra propia cabeza.

Miedo y deseo es el primer film de Stanley Kubrick. Un film que partía de un guión ajeno, pero con el que se sintió muy identificado (no en vano volvería a trabajar con Sackler en su siguiente film, aunque no aparezca acreditado). La profundidad de sus reflexiones, puestas en boca de los soldados, hacen referencia al sinsentido de la guerra, a sus consecuencias y a la necesidad de reaccionar ante un futuro que ya dejaba entrever iba a continuar con su violenta intolerancia.


Miedo y deseo es, en definitiva, un film antibélico dirigido especialmente a líderes políticos y a una sociedad que estaba permitiendo, y almentablemente aún permite, no salir de la violencia para autojustificar la defensa de sus intereses.


Pero también es un film dirigido al profundo autoconocimiento individual. Porque Kubrick supo llevar esas reflexiones más allá, trascendiendo a la propia guerra y sus consecuencias…  Y es que la doble lectura de Miedo y deseo es tan apasionante como precursora de las obsesiones cinematográficas del director.

 

 

Por un lado, nos encontramos ante un film bélico muy poco común para la época. Con la Segunda Guerra Mundial aún de resaca, el guión se concentra en la experiencia de un grupo de soldados que han sobrevivido a un accidente en bosque enemigo. Sin entrar en detalles innecesarios y alejándose de los grandes combates, más bien todo lo contrario, decide explicar los horrores de la guerra desde la introspección, definiendo ésta, en esta primera lectura del film, como observatorio de un grupo reducido y representativo de tipos de soldado. No en vano tenemos al decidido, el teniente que arrastra al resto del pelotón; al dubitativo, que cambia de opinión continuamente, acabando por ser acechado por la locura; al desconfiado, cuya curiosidad reta siempre al líder; y al seguidor, que ni se pronuncia, y es un simple ejecutor. Cinco personajes que pueden encontrarse, invariablemente, en una microsociedad como puede serlo una batalla en la que deben tomarse duras decisiones y llevarse a cabo acciones para no ser descubierto, y avanzar.

De esta forma, el film se centra, visualmente, en la necesidad de huir sin ser sorprendidos por el enemigo o, en última instancia, enfrentándose a él con el convencimiento de salir victorioso. Kubrick muestra las caminatas bosque a través, las estrategas conversaciones, las órdenes y su ejecución… pero consigue que esas imágenes se traduzcan en un atroz pesimismo, que sobrevuela todo el metraje. Primerísimos planos de sus rostros, en contrapicado, que acompañan a  voces en off, recurso muy utilizado en el film, reflexionando ajenas al entorno y enfrascadas en verbalizar los propias dudas y sentimientos; detalles encuadrados que representan el horror más temido (llevar la mano a la funda de la pistola; enfocar el plano de estofado caído al suelo – “estofado frío en una isla en llamas, la definición perfecta de guerra”; la mirada asustadiza de un perro que se sabe en peligro, o al menos perdido… un perro al que su amo llama teniente), y esa necesidad de ser comprendido (“estoy perdido en esta horrible isla”), de autojustificarse (“me han dado un arma y no puedo ir a casa”) y de automotivarse, aun sabiéndose condenado (“no tenemos nada que perder, aparte de nuestro futuro”; “tenemos que volver a nosotros mismos”), captados a contraluz para cada uno de los protagonistas.

 

 

 

Pero quizá la escena con más fuerza, para esta primera lectura antibélica, es aquella en la que el pelotón entra en una cabaña, mata al enemigo de forma premeditada, pero de repente entra inesperadamente otro soldado. Uno dispara por reflejos… y el resultado es puro horror: el teniente observará los cadáveres, esas “partes de un mundo hecho de islas”, de individuos, inertes mientras en su mente se agolpa la reciente comilona, in situ, entre bromas y risas. El montaje de esta escena (el terror en los ojos del teniente, el plato caído con una mano encima, los cadáveres, las risas… muerte y vida, miedo y deseo de continuar que se resumen en pocos segundos) revela la capacidad metafórica de su director, que ya estaba demostrando desde el primer plano su privilegiada visión fotográfica para resaltar dramáticamente el mensaje de su film.

Nacer y morir solo, mientras se observa, con más o menos interacción, el entorno. El espacio que se ocupa. Entre islas, entre personas. Entre cadáveres.

 

 

Y deciden actuar. Al menos algunos de ellos.

Porque, la segunda escena más importante para esta lectura es la del soldado a punto de perder la cabeza que intenta saberse amado, aun sabiendo los horrores que está cometiendo,  ¿en contra de su voluntad? Esta escena es también la que más nos enlaza y acerca más a La delgada línea roja de Malick, un film con el que se pueden encontrar infinitos paralelismos con esta Miedo y deseo, desde el subjetivo punto de vista de la cámara, como su tempo, como la idea de centrar el peso del film directamente en los soldados, y no en la macro guerra en la que están inmersos.

 

 

Así que el  soldado se sabe atrapado. Se sabe culpable. Su única escapatoria, la locura. Pero, en un último intento de ser (auto)perdonado, intenta convencer de su inocencia a la muchacha que han capturado en el bosque. El deseo al que hace referencia el film no es tanto por este momento (ni por el de un teniente rápidamente reprendido por su segundo cuando insinúa podrían aprovecharse de ella), tal y como se quiso vender en su momento, como por la lucha interna: deseo de ser amado, por los demás y por sí mismo. Deseo de ser perdonado, ardua tarea cuando se le agolpan (montaje similar a la anterior escena descrita) escenas de su pasado: muertes, humillaciones… Deseo de conocer la propia verdad para tener un reto (¡vivir!) y salir de ese infierno…  Algunos lo conseguirán (el avión despega victorioso… pero los que se salvan piden volver al lugar para rescatar a sus compañeros), otros se quedarán en el lugar, satisfechos por haber luchado hasta el final o, simplemente, alejados, mentalmente, del hostil entono.

 

 

Mentalmente. Aquí la segunda lectura. Para comprenderla, no hay que más que remitirse a la introducción del film:

“There is war in this forest. Not a war that has been fought, or one that will be, but any war. And the enemies who struggle here do not exist, unless we call them into being. This forest, then, and all that happens now is outside history. Only the unchanging shapes of fear – and doubt – and death – are from our world. These soldiers that you see keep our language and our time, but have no other country but the mind.

 

Obviamente el guionista podría estar refiriéndose a que los sentimientos que pronto veremos en imágenes se corresponden a las secuelas que sufren, y sufrirán, soldados de cualquier parte del mundo y de cualquier época, si no erradicamos, como sociedad, el sinsentido que es matarnos los unos a los otros por conseguir más poder. Los que no hemos vivido una guerra no podemos comprender el amalgama de situaciones desesperantes que estos soldados deben soportar, y quizá, Miedo y deseo sea una forma de acercarnos más a su psique, a ayudarnos a comprender, y actuar.

Una forma de comprender su calvario, y un revulsivo para levantarse y manifestarse contra la barbarie que es luchar unos contra otros.

Pero también puede tratarse de la mente de una única persona.

Todos pasamos por altibajos emocionales. Todos hemos tenido que actuar de una u otra forma frente a lo que nos está tocando vivir. A veces, nos resignamos, por miedo,  a continuar con una vida que nos disgusta (la personalidad del “follower”). A veces, las menos quizá, tomamos las riendas de nuestro destino para conseguir nuestros propósitos (la personalidad decidida). La mayoría de ocasiones nos arrepentimos de alguno de nuestros actos, o nos quedamos paralizados antes que decidir algo que potencialmente puede ser perjudicial (la vertiente dubitativa). Pero siempre está la voz de la conciencia para intentar corregir (la desconfianza).

En este sentido, la decisión de Kubrick de otorgar el papel de teniente y general al mismo actor sería clave para analizar el film desde una perspectiva única y exclusivamente personal. Y dos situaciones reforzarían la propuesta del realizador para hacer introspección y analizarnos a nosotros mismos:

La primera son las repetitivas escenas en las que el desconfiado repite continuamente a su teniente que por los anteojos ha visto al general enemigo, y que habría que enfrentarse. En todas las ocasiones, hasta que no tiene más remedio, el teniente evade responder a su soldado. El decidido hombre no es capaz de enfrentarse, quizá, a lo que le depara su propio futuro si continúa con la misma actitud (pero, volvemos: “no tenemos nada que perder, aparte de nuestro futuro”). Así que llega un momento en que, para salir del bosque, es necesario enfrentarse a uno mismo, a los propios miedos, si existe el deseo de avanzar, y cambiar. Y es entonces cuando vamos a la segunda situación:

La micro batalla final enfrenta a teniente y general. Pero nunca llegarán a verse el rostro, tal es la rapidez de los acontecimientos. El primero se girará desconcertado: un atisbo de dudas le cruza el pensamiento: ¿ha visto realmente lo que le ha parecido? La posición del cadáver no le permite, sin perder tiempo, cerciorarse de su intuición… así que se aleja sin mirar atrás.

 

 

La muerte del futuro: ¿esperanza o condena? El general habla de sentirse en una prisión teniendo esa responsabilidad, mientras mima a un perro que llama “teniente” y que, tal y como se dice previamente en el film, es una de las vidas que a muchos les gustaría tener…

Sin preocupaciones, sin responsabilidades.

Finalmente, en consonancia/consecuencia, el teniente, cuando vuelve a por el resto de su equipo tras haber conseguido matar al general y escapar en la avioneta, dirá, amargamente: “aún no sé si hemos vuelto nosotros. Tenemos que volver a nosotros mismos”.

Volver a por el resto. Volver a por uno mismo. Equilibrarse mentalmente tras la decisión de continuar sin mirar atrás. En una guerra. En la vida en general.

Por último, destacar la onírica imagen de las tres mujeres en el río. Tres mujeres con un papel tan extraño como toda la situación.

 

 

Al verlas podemos pensar en musas, pero ¿quién puede evitar relacionarlas con las Moiras, las Parcas? Tejedoras del destino, el hombre quiere atraparlas y controlarlas… pero acaban venciendo. Seducen al decidido, vuelven loco al dubitativo…  A una parte de nosotros mismos, a la que no pude comprender que no todo está en sus manos. Pero es el conjunto el que debe decidir qué hacer con su libre albedrío.

 “Para qué vives, ¿para dar que hablar?”, dice el desconfiado al decidido. Y éste acabará por tomar una determinación.

Con esta lectura, Miedo y deseo plasma el carácter del ser humano, y su posición en este mundo: a veces vencedor, a veces seguidor. Muchas, loco. Y las más, desatendido, por no ser escuchado, desconfiado.

Curiosamente, es este desconfiado, la máxima representación de la razón y la objetividad, el que acaba tendido en la barca. Kubrick comienza su andadura: no podemos fiarnos del ser humano. No podemos fiarnos de nosotros mismos. Demasiados factores nos nublan la mente… y no analizamos lo que hacemos tan objetivamente como deberíamos.

Tan objetiva y analíticamente como sus descarnados encuadres.

En este primer film la perfección de Kubrick no se traducirá en la búsqueda de inquietante simetría, pero sí en la planificación de la composición, y el desafiante montaje.

Así que mientras Malick finalizaba La delgada línea roja con el esperanzador brote de una planta, el brote de la vida y la libertad de decisión para poder cambiar el futuro de nuestra sociedad… Kubrick nos dejaba en Miedo y deseo con la visión global del bosque tras los acontecimientos, y tal y como había comenzado su enseñanza: esto es lo que hay. No permitan que los árboles no  dejen ver el bosque.

 

 

FILM: Miedo y deseo (Fear and Desire, Stanley Kubrick, 1953):

 

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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