La zona muerta

Repudiar al “iluminado”, esconder nuestros miedos. Escondernos, sin más.

 

“Creo sinceramente que no existe una realidad absoluta y fundamental, todo es una ilusión que creamos, algo que inventamos para luego cambiarlo. Cada mañana al levantarte, antes de cepillarte los dientes, lo primero que haces es reinventar la realidad.”

David Cronenberg

 

Hace unos meses escribía una carta (ficticia) a David Cronenberg en la que, básicamente, le/me preguntaba si todos sus films acababan hablando de zombies. En el sentido de la pérdida de la identidad individual, o del sometimiento, o repudio, social.

Revisando aquel texto, me doy cuenta de que obvié una de sus mejores películas, La zona muerta (The Dead Zone, 1983). Seguramente fue por el respeto que tengo a esta adaptación y a escribir sobre ella, porque, en cuanto a temática, encajaba plenamente: el Johnny de Stephen King, si algo es, es un repudiado social. Un zombie en sí mismo. Inicialmente de forma inconsciente, cuando aún cree que puede ser aceptado y ayudar a los demás, para acabar salvando, consciente de su “don” y sus consecuencias sociales, a la humanidad de que un maníaco llegue a la presidencia y nos haga volar a todos por los aires sin atender a razones.

John, entonces, asimila el rol que su “don”, y el destino, le han encomendado.

Disfrazada de película de terror, encontramos las preguntas que el ser humano se lleva preguntando desde hace siglos:

¿Existe el más allá, Dios, o un destino que condiciona nuestras vidas, o simplemente preferimos creer en ello para no darnos cuenta de las enfermedades de nuestros seres queridos, y del ser humano en general?

¿Somos capaces de enfrentarnos a nuestros actos y cambiar las cosas (esa “zona muerta” a la que hace referencia el fim)? ¿Qué explicaciones nos auto-narramos para obviar una realidad no acorde a nuestros principios, con nuestras autoimpuestas normas?


Si Dios decidió bendecirle con ese don, debería utilizarlo”. “No estaba escrito”… Destino y religión, y un escepticismo enmascarado, encontramos tanto en la novela de King, La zona muerta, como en su adaptación homónima a la gran pantalla. John, capaz de visionar el pasado y presente de los demás cuando tiene la oportunidad de tocarles y leer sus mentes, se convierte en un adorado mesías para pasar a ser considerado, rápidamente, un monstruo. Por él mismo y por los demás.


Y es que repudiamos siempre lo que no podemos explicar. Lo que no encaja con nuestro sentido común, o con nuestras leyes… creadas para controlar a lo desconocido, o a los inadaptados que se hacen demasiadas preguntas.

Pero vamos a la idea de Cronenberg. Tras Videodrome (Íd., 1983) se trataba del primer film del que no firmaba el guión, su entrada a América, respondiendo a un encargo directo. Pero es más que evidente que encontró en la novela de King una línea para seguir plasmando sus propias obsesiones: amor, dolor y desconexión de la realidad de forma voluntaria o involuntaria. La búsqueda del poder y el control. La asimilación de un futuro destructivo si no alzamos nuestras voces.

 

la zona muerta 2

 

El primer plano del film (tras unos créditos que ya nos sumergen en la paranoia que éste será) es toda una declaración de las intenciones del director. Y es que nos presenta en primerísimo plano a un hombre que recita ‘El cuervo’:

“And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting, on the pallid bust of Pallas just above my chamber door, and his eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming, and the lamp light o’er him streaming throws his shadow on the floor, and my soul from out that shadow that lies floating on the floor, shall be lifted… nevermore.”

Le sigue un zoom invertido que nos muestra que se trata de un profesor de escuela, amable y cándido con los niños y, sin embargo, lo que no cuadra es la selección de esa técnica para mostrarle. Hay algo extraño, es inquietante. Es una presentación que prefiere que observemos al protagonista desde una distancia no propia de la imagen que muestra.

Cronenberg consigue, así, introducir en el espectador la semilla de una duda de la que no tiene ni pregunta, ni respuesta. De hecho, no sabe ni cuál es. De esta forma, el director convierte la inocente presentación del profesor, desde ese momento, en una tragedia en sí misma. Sumado a los versos del poema de Poe, de sutil temática sobrenatural (como la novela de King), pero que encubre el dolor sentido por la desaparición de un ser querido, al que se quiere a la vez recordar y olvidar… se trata del plano perfecto para identificar a John con su caída en desgracia, que se nos presentará pocos minutos después.

A partir de ese premonitorio plano, Cronenberg se centra en atrapar la mente del espectador con planos muy cerrados y oscuros, tanto como la lucidez que John va perdiendo poco a poco. La escena de la redada al asesino, o la final en la sala de actos, son buena muestra de ello. En contraposición, luz y nitidez para evocar las visiones, o ensoñaciones: la nieve, y el fuego, se convierten en aliados del realizador. Pero lo que más se destaca del estilo buscado es la sobriedad de las imágenes. El elemento sobrenatural pasa a segundo plano porque incluso las visiones son escenas lo más realistas posibles, tan integradas en la insípida vida del profesor que el director juega, también, a que no podamos distinguir abiertamente qué es realidad y qué es ficción, o imaginación, en este caso.


Y, hablando de su (no)vida, la transformación física del personaje, peinado y ataviado como si del villano de un cómic se tratase es también muy revelador del subtexto del film. Así, el abrigo vs. los jerséis del inicio, el peinado hacia arriba y atrás vs. el flequillo anterior, el no llevar gafas – ahora sólo cuando conecta con su pasado, con lo único que le gusta y puede seguir conectándole con su verdadero yo, el que era tan feliz… Johnny no es Johnny. Es un fantasma de lo que un día fue, la sombra de un hombre que lo ha perdido todo.


De esta forma, la novela se convierte, en manos del maestro cinematográfico, en un thriller psicológico que arrastra al espectador al sufrimiento del personaje principal. Sin dejar claro de dónde vienen las visiones (¿se trata de un psicótico, o verdaderamente de un “iluminado” tras la experiencia cercana a la muerte?), Cronenberg consigue que sean más la excusa que la temática. La crítica a los intransigentes religiosos reflejada en los padres de John; a los que quieren creer por encima de todo, de la mano del médico; a los que se aprovechan de los demás  para sobresalir, o para esconder sus propias imperfecciones, con un senador embustero. Y finalmente Cronenberg salva, a su modo, al incomprendido protagonista. Porque da igual si todo está en su imaginación, o si en verdad tiene poderes psíquicos: lo importante es que lucha por una verdad, la suya propia. Y lo hace de forma mucho más coherente que cualquiera del resto de personajes que le rodean.

 

TRAILER – La zona muerta (The Dead Zone, David Cronenberg, 1983)

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y miembro de la ACCEC (Asociación de Catalana de Críticos y Escritores Cinematográficos) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora cofunda Probeta para ampliar con actividades culturales esa visión de que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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