Eyes Wide Shut (y #Kubrick13)

Eyes Wide Shut (Íd., 1999): de objetos y fantasías. De liderazgo y decisiones. La visión masculina, el turno femenino

 

“- Okay, this is me, planting an idea in your mind. I say: don’t think about elephants. What are you thinking about?

– Elephants?”

Origen (Inception, Chistopher Nolan, 2010)

 

Cruise, Kidman, Kubrick. Blanco sobre negro. Tres grandes nombres de la industria cinematográfica, unidos por los alegres compases de la erróneamente llamada ‘Jazz Suite No2: Waltz 6’ de Dmitri Shostakovich.

Resulta curioso, este dato desconocido en el momento de realización del film. El nombre correcto de la pieza es ‘Suite para Orquesta de Variedades’. Y la base de Eyes Wide Shut… tiene mucho que ver con los equívocos. Con los equívocos intencionados. Con la ironía de un Kubrick que, hasta el último momento, escondió grandes mensajes en sus tan bien narradas historias. Comenzando por el primer plano tan maliciosamente escogido, intercalado entre los títulos de crédito: Nicole Kidman desnuda, de espaldas, vistiéndose. Alice Harford, entre descarada y decidida, entre hermosa e inalcanzable…el objeto de deseo de todos los espectadores desde buen inicio del film.

Objeto, es la palabra. Y de lo que Kubrick se ríe.

 

 

De objeto de deseo a arrollador liderazgo: la transformación de la mujer en Eyes Wide Shut

 

Tras los títulos de crédito la cámara en travelling acompaña hacia atrás al Dr. Bill hasta el baño, en el que veremos sentada en el inodoro a su mujer, en claro contraste a la sexualizada imagen anterior. Ella le pregunta si está guapa, si tiene bien el pelo. Él contesta que sí, que está preciosa… sin tan siquiera mirarla.

Y así es como Kubrick consigue condensar en pocos minutos toda la relación de una pareja demasiado común: ella es tan objeto para su marido como lo ha sido momentos antes para el espectador. Quizá él no es plenamente consciente, pero la trata como un mero complemento a lo que parece (por el suntuoso hogar que se nos ha permitido recorrer junto al protagonista) una carrera exitosa. Una carrera coronada con la compañía de una bella mujer que, por si fuera poco, actualmente es mantenida por el sueldo de su marido.

El común error de dar por hecho que el otro te quiere tanto como tú a él. Signifique lo que signifique eso.

La pregunta en este punto es: ¿por qué el Dr. Bill da por hecho el amor de Alice, porque se cree un gran partido? Nada más lejos: demostrará a lo largo del film su falta de autoconfianza, y autoestima. Entonces, ¿porque es una mujer, y la mujer tiene otras necesidades? Amante, esposa, madre. Todo lo que un hombre desea. Esto se acerca más a la “verdad”. La veremos muy pronto, pero antes…

 

 

La realista escena en casa contrasta con la fiesta de Navidad a la que asisten, en la que la impostura, los diálogos lentos y aparentemente insustanciales dominan la pantalla desde la llegada de la pareja y la bienvenida de los anfitriones.

La alta sociedad actual (y las instituciones que ésta representa y gobierna) sigue siendo mostrada y señalada abiertamente igual de embaucadora y dominante que en los primeros films de Kubrick. Y otra vez, contraste: comenzamos este bloque con el color oro que decora e ilumina todo el salón, con un plano general que no podemos obviar. ¿No nos recuerda esta fiesta a la de El resplandor y su Golden Room? Aristócratas atemporales simulando diversión, aunque sangren por dentro, aunque estén atrapados. Pero aquí asistimos al detalle de sus integrantes mujeres “florero” que acompañan a anfitriones que las pasean distraídos, teniendo ojos para las exuberantes invitadas. Para las mujeres como Alice.

Ella se integra bien, sabe seguir el juego de la seducción (y Kubrick sabe cómo ensalzarlo, desde esa cámara que gira en travelling – muchos giros hay en Eyes Wide Shut, que nunca son baladí –, rodeándola y quedándose al otro lado de la mesa)… hasta que para los pies a su pretendiente:

 

 

“- Creo que tengo que ir a buscar a mi marido

– Creo que su marido puede estar un poco más de rato solo.

– Sí pero, ¿y yo?

– Tengo que volver a verla.

– Es imposible.

– ¿Por  qué?

– ¡Porque estoy casada!”

Alice… sabe diferenciar entre fantasía y realidad. Y la realidad es que quiere ser fiel a su marido.

 

 

Él, en cambio, no está tan a gusto. No se siente parte de esa fiesta. Sabe tan bien como Alice que lo que está haciendo no está bien. Que está casado. Pero desea ser admirado. Por las modelos, por los asistentes. Desea formar parte de ese estrato social…

 

 

… pero si se le invita es porque puede ser útil. Nada más.

Porque la secuencia continúa con un cambio radical de temática: de la seducción a las verdaderas intenciones de los que seducen. Deshacerse de los objetos lo antes posible, una vez ya han hecho su función. ¿Exageración?

El primer plano del sórdido panorama que espera al Dr. Bill en lo alto de las escaleras nos muestra de frente a una mujer desnuda, inconsciente, tirada en un sillón. La misma imagen se representa en el cuadro que ella tiene detrás.

La mujer, la modelo, la musa… arte para ser admirado, arte para vanagloriarse de su adquisición.

 

 

La iluminación y color en la habitación de arriba es completamente distinta al salón de abajo. El montaje en paralelo refuerza en el espectador la sensación de que el baile es pura farsa, al hacerle salir de ese ensueño de seducción para encontrarse de bruces con la otra cara del amable anfitrión que poco antes había recibido al matrimonio. Pero el Dr. Bill mantiene su compostura, parece que no le sorprenda en absoluto la petición de ayuda que acaba de pedírsele. Quizá esté acostumbrado, dado el estatus de clientes que trata. O quizá… sea su manera de sobrevivir a tanta mezquindad y doble moral.

Quizá su fantasía sea conocerla de más de cerca.

Y llegamos a la “verdad”.  Llegamos a la sorna de Kubrick.

 

 

Tras la secuencia del baile Kubrick corta a la pareja en casa, desnudos, frente al espejo. Ella se mira, observa lasciva el momento …. ¿Son perfectos? Sí, seguramente. A sus propios ojos. Pero…

Fundido a negro.

Él saliendo del ascensor. Los acordes de ‘Suite para Orquesta de Variedades’ vuelven a sonar… comienza la rutina: un día en la vida de los Harford.

Corte a ella en casa; corte a él en la consulta visitando a una despampanante mujer; corte a a ella peinando a su hija; corte a él visitando a un niño; corte a ella vistiéndose (aquí la cámara se detiene más rato); corte a él en consulta; corte a ella en el baño; corte a ella envolviendo regalos de navidad con su hija; corte a los dos en la habitación de la niña, acostándola; corte a ella llegando a la sala tv, sentándose con él; corte a ella en el baño cogiendo marihuana; corte a ella en la cama fumando… y zoom hacia atrás para ver que él está a su lado.

Una vida acomodada. Una familia feliz…. Hasta que las drogas deciden que es el día de confesar la verdad.

La escena es realmente cómica si observamos la frustración del Dr. Bill: pasa de un momento de éxtasis a punto de culminar con sexo a ser vapuleado por las terribles palabras de su mujer.

La planificación de la escena es, simplemente, perfecta. Y Kubrick consiguió obtener de los actores principales una emoción y sinceridad poco vista en cine, potenciada por unos medios planos que intensifican el realismo del giro que el espectador presencia, atónito (una cámara demasiado cercana hubiese sido invasiva, Kubrick no necesitaba que el espectador se identificase con uno de los dos personajes, polarizando la opinión, pero tampoco quería que pudiese convertirse en mero observador, ya que no entraría después en el grueso de la trama del film):

 

“- Dime una cosa, las dos chicas de la fiesta de anoche. ¿Se te ocurrió por un casual follar con ellas?

– ¿Qué? ¿De qué estas hablando?

– Hablo de las dos chicas que descaradamente intentabas ligarte

– No estaba ligando con nadie.

–  ¿Quiénes eran?

–  Sólo un par de modelos.“

 

Ella es la suspicaz, la celosa. La que pone de manifiesto su desazón. La que se atreve a hablarlo. Él responde masturbándola, siguiendo el juego, pero desde un acercamiento completamente alejado al de la mujer. Simplemente porque le parece divertido. Acaba de subirle la autoestima, y piensa que ella necesita lo mismo. Así que le pregunta por el hombre que bailaba con ella, y en este punto es necesario analizar el detalle del diálogo:

   

“- ¿Qué quería?

 – Sexo. Arriba. Allí mismo.

– ¿Eso es todo?

– Sí, eso fue todo.

– Sólo quería follarse a mi esposa. Me parece comprensible.

– ¿COMPRENSIBLE?

– Porque eres una mujer muy guapa.

– Eh, eh, espera. Veamos: porque soy una chica guapa si un hombre quiere acercarse a hablarme es porque quiere follarme? (…). Entonces tengo que suponer tu querías follarte a las dos modelos.

– Eso es una excepción. (…)

– No te las follarías por consideración a mi (…)

– Mira, las mujeres no… básicamente no piensan así.

– Millones de años de evolución, ¿verdad? Los hombres la meten donde quieren, y para las mujeres es sólo seguridad y compromiso y lo que sea más.

– Algo simplificado pero sí, Alice.

– Si sólo supieseis, hombres.”

 

Maravilloso. Kubrick había avanzado la forma de pensar del Dr. Bill, de la mayoría social del momento, herencia de siglos de patriarcado, de una cultura difícil de romper… con esta indiferencia hacia su mujer en la primera escena. Y ahora, con cuatro líneas de diálogo, la arroja sin concesión a los espectadores. Pero va más allá: el nerviosismo de él se compensa con el enojo de ella:

“- ¿Por qué nunca has tenido celos de mi?

– Estoy seguro de ti.”

Y aquí Kubrick hace explotar la situación: cámara en mano a la altura de ella, sentada en el suelo, convulsionada por carcajadas fuera de control, contrastan con el contraplano estático centrado en la figura de un marido que, con la mirada clavada en su esposa, pero a la vez perdida, desencajada, sólo sabe pronunciar: “¿crees que es divertido?”.

 

 

¿Qué ha conseguido Kubrick? Implantar una idea. Pero no nos engañemos: no lo hace en el Dr. Bill. El doctor Bill, a partir de este momento, simplemente dejará que sus celos le corroan hasta niveles insospechados por él mismo. Con ese planteamiento de escena, con esa risa, no era ni tan siquiera necesaria la historia del oficial de la Marina, ese por el que hace unos años Alice se sintió tan atraída que lo hubiese dejado todo por fugarse con él. Porque ella, con su risa histérica, con su condescendencia, ya lo ha dicho todo. Ya ha situado al mismo nivel a hombres y mujeres. Ya ha reivindicado y puesto de manifiesto que, si no se ha ido, si no nos hemos ido… es por un sentido de responsabilidad, por una moral muy superior a la de los hombres.

Así que la idea nos la ha implantado a nosotros, espectadores: ¿quién no comienza a dudar de su propia relación en ese preciso momento? ¿Quién no baja a los infiernos junto al Dr. Bill?

El caso es… ¿es esa la idea? ¿Dudar de nuestras parejas? ¿O lo es, muy al contrario, que debemos considerarnos iguales, en todos los sentidos, por mucho que a gran parte de la sociedad le pese, y le disguste?

 

De realidad y fantasía: la película espejo, otra vez

 

La vida de Bill se desmorona en cuanto observa a su mujer ya no como un objeto, sino como una igual. Igual de guapa, igual de inteligente, igual de deseable, igual de ambiciosa. Se inicia aquí una espiral de sordidez, que no es más que la reflexión de un doctor al que le han sacudido los cimientos morales, incluso posiblemente religiosos. Una espiral que Kubrick divide en dos partes diferenciadas de la primera, aunque pronto veremos que ésta también está integrada en el conjunto: cuando asimilemos que el film es espejo. Otra vez. Como La naranja mecánica.

Y, de hecho, los dos personajes no son tan diferentes: en cierto modo, el Dr. Bill nos recuerda al Álex de La naranja mecánica. La inseguridad hace comportarse de forma violenta a uno, seductora al otro. Y a ambos les es necesario revisar sus actos para redimirse. Solo que en el film distópico, Kubrick llevaba su personal pesimismo a un epílogo que aquí, muy al contrario, dotará de esperanza. De femenina esperanza. Llego en unos minutos de lectura.

Bien. Kubrick corta tras la principal escena del film al Dr. Bill metido en un taxi, imaginando a su mujer acostándose con el oficial de la Marina. Una imagen que se irá repitiendo a lo largo de buena parte del film: obvio, porque es la situación a la que se aferra el Dr. para dar rienda suelta a lo que han sido sus fantasías reprimidas. Pero Kubrick seguirá jugando con nosotros…

 

 

El Dr. Bill llegará a la casa de su antiguo paciente, recién fallecido. Allá su hija le confesará su amor, que él rechaza. Saldrá a caminar, será increpado por un grupo de adolescentes (aquí vemos su verdadera personalidad, en una escena paralela a la de Álex siendo atacado por los vagabundos, por cierto). Una prostituta le ofrecerá sus servicios, él aceptará, pero finalmente no será capaz de consumar la pequeña venganza hacia su mujer (“-¿Tienes que irte?; – ¿Tengo que irme? Creo que sí; – ¿Estás seguro?;Sí, me temo que sí.”). Llegará entonces a la puerta del Sonata Café, el pub en el que toca su amigo pianista, el que se encontró en la fiesta de Navidad. La noche sigue su obscenidad: el amigo le indica que en breve va a tocar a una fiesta privada, dejando intuir que la depravación es la gran conductora de la desenfrenada orgía…

Es la oportunidad de Bill. Es la oportunidad de entrar en el círculo que siempre había deseado. Es la oportunidad de vengarse, ahora sí, de su mujer. Una mujer tan inteligente como deseada. Una mujer tan igual a él mismo.

La escena en la tienda de disfraces es exagerada. Kubrick busca a un bufón que contraste con la vergüenza del doctor, haciendo sobreactuar a su seleccionado protagonista. Aprovecha para hablar de abuso infantil, una preocupación que ya había introducido en El resplandor, también… Y Kubrick sigue riéndose de Bill, al llevarle a la gran mansión de la orgía en taxi.

 

 

Todos los movimientos de Bill son erráticos. Porque Kubrick quiere demostrar que Bill intenta ser lo que no es. Lo ha intentado toda su vida.

Y llegamos al interior. Kubrick explota aquí la visión circular de la estancia, de la historia. En una clara burla, también, a los ritos masónicos (simbología que aparece en varios de sus films, además), sitúa a Bill en una fiesta que va más allá del entendimiento de una persona “normal”.

 

 

Bill recorrerá las estancias hasta ser descubierto y llevado ante el Gran Sacerdote. Pero será una mujer la que le salve… aceptando las consecuencias que pueda conllevar.

Una mujer que deja de ser objeto para revelarse como heroína, como poseedora de la verdad. Como igual. Como poco antes lo ha hecho su mujer ante su propio asombro.

 

 

 

“- Por favor, quítese la máscara. Ahora, desnúdese. (…)

– Dejadle ir, tomadme a mí, estoy preparada para redimirle. (…)

– Qué a va a pasarle a esa mujer?

– Nadie puede ya cambiar su destino. Cuando se hace una promesa aquí, debe cumplirse.”

 

El terror que consigue Kubrick en toda esta secuencia vuelve a ser, cómo no, magistral. Consigue que el espectador se olvide los “objetos” en cuanto, igual que Bill, es descubierto. Porque nosotros también nos sentimos atraídos por ese mundo: dejarse llevar, sin responsabilidades, siendo respetado desde el anonimato. ¿A quién no le gustaría formar parte de ese círculo?

La música, esas cuatro notas inquietantes, devastadoras. Los travellings que nos llevan de una estancia a otra. El rojo del sumo sacerdote. Las máscaras mirando a cámara en primer plano, señalando tanto a Bill como a nosotros mismos….

 

 

¿Es todo esto real? Por supuesto que no.

Recordemos que Bill está colocado.

Varias pistas, como ya nos tiene acostumbrados, nos deja Kubrick a lo largo de todo este pasaje:

¿No es demasiada casualidad que sea la chica de la fiesta, la que estuvo a punto de morir por sobredosis, la que le salve de ser humillado? ¿No lo es que la orgía sea la traducción extrema de la fiesta que abre el film – un baile de modelos/objeto?

¿No es demasiada casualidad que cada vez que Bill intente llevar a cabo lo que su mujer sólo imaginó, siempre haya algo que se lo impida?

Es más: la tienda de disfraces es imposible: una trastienda que parece un museo, tan enorme como perturbadora. La anatomía de Mandy cambia. La noticia de portada del diario que compra al disimular, al escapar del que presuntamente le persigue (al son de las cuatro penetrantes notas): “Lucky to be alive”. Y el tapiz rojo de la mesa de billar, en el centro del plano y con la cámara revoloteando a su alrededor, en la casa del anfitrión de la fiesta original… Los gestos del hombre, su posición de superioridad ante un Bill que, aunque se sitúe en primera línea del plano, está siendo humillado, empequeñecido, por alguien que nunca, sabe, le incluirá verdaderamente en su círculo de amistades…. Por alguien que, inconscientemente, considera es un Sumo Sacerdote.

 

 

Kubrick pliega la película, la torna circular en el momento que hace volver a la rutina a un desquiciado Dr. Bill. Vuelve a casa, seguramente tras haber recorrido varios kilómetros en el taxi, a la deriva tras salir de la casa de su recién fallecido paciente, y su mujer vuelve a explicarle un sueño que le perturbará tanto que recorrerá la fantasía del día anterior: “vuelve” a la tienda de disfraces y el pecado que presenció se ha tornado en aceptado por un padre, por toda una sociedad, que prefiere mirar a otro lado, o sacar provecho; “vuelve” a visitar a la prostituta, y resulta que ésta es seropositiva; “vuelve” a contactar con su amigo pianista y éste ha desaparecido en extrañas circunstancias; “vuelve” a llamar a la hija del difunto, pero ésta no está en casa; “vuelve” a la casa del anfitrión de la fiesta de Navidad, para sufrir al “verse” descubierto… Vuelve a casa… y la máscara está sobre la almohada, al lado de una mujer que ni la ve al despertarse.

 

 

Toda esta “vuelta” es, indudablemente, Bill recorriendo sus fantasías, e intentando redimir sus pensamientos. Y esa vuelta sólo puede terminar de una forma:

“Te lo explicaré todo, te lo explicaré todo”.

 

¿Qué explica Bill, exactamente, a Alice? No lo vemos, la escena corta a la mañana, con ellos sentados en sofás enfrentados, llorando.

Pero lo único que ha podido explicar Bill es que tiene las mismas fantasías que ella. Desde hace tiempo, quizá. Que ha sido consciente de que depende más de ella de lo que verdaderamente era consciente. Que la quiere. Que no puede vivir sin ella. Que no puede serle infiel ni con sus pensamientos.

Y Kubrick nos lleva a ese epílogo que avanzaba antes. A ese enorme cierre.

 

 

Ella vestida exactamente igual que él (pantalones y abrigo largo. Ella, de color claro. Destaca mucho más), recorriendo, girando, por la tienda de juguetes. Él, cabizbajo. Ella, altiva, relajada con los brazos cruzados mientras habla con su marido. Dominando la situación, controlando a la niña y poniendo una cara amable, controlando a su marido, y presentándose como pensativa y reflexiva frente a sus demandas.

“- ¿Qué crees que deberíamos hacer?” , pregunta él.

“- ¿Qué deberiamos hacer?”, responde ella. ¡Ah! Qué gran detalle. Kubrick ha escrito líneas de guión para el Dr. Bill durante todo el film que repiten con una pregunta la regunta que sus interlocutores le acaban de hacer. Y es ahora ella la que toma este “deje”, más de una vez en este cierre, que no es otra cosa que una forma de presentarse superior al que se tiene en frente. Mostrarse mas reflexivo, más inteligente. Mejor.

Ella, claramente, ha tomado las riendas. Pero la conversación sigue, para acabar de confirmarlo:

“- Que quizá debriamos estar agradecidos. Agradecidos por haber sobrevivido a todas nuestras aventuras, tanto si fueron reales o solo un sueño.

– ¿Estás segura de eso?

– ¿Si estoy segura de eso? Sólo estoy tan segura como de que la realidad de una noche, y ni qué decir tiene de toda una vida, puede no ser la auténtica verdad.

– Y ningún sueño es nunca sólo un sueño.

– Lo importante es que ahora estamos despiertos, y esperemos que por mucho tiempo.

– Para siempre.

– ¿Para siempre?

– Para siempre.

– No usemos esa palabra. Me asusta. Bill, pero yo te quiero y sabes que hay algo muy importante que tenemos que hacer lo antes posible.

– ¿Qué?

– Follar.”

Y… corte a negro. Fin, Y qué gran fin. Porque recordemos cómo comenzaba todo: con una mujer objeto, desnudándose ante la cámara. Presentándose tal y como verdaderamente es. Sólo que su marido, y nosotros, espectadores, sólo veíamos un cuerpo bonito. Un objeto de deseo.

Pues ese objeto lidera la situación. Lidera el matrimonio. Es el pilar de la familia. Como siempre lo ha sido.

Sólo que ahora muchos más se están dando cuenta de ello.

Ha llegado nuestro turno.

Kubrick ya lo avanzó, visionario y militante… como siempre lo había sido. Eyes Wide Shut corona el final de una filmografía perfecta.

 

TRAILER – Eyes Wide Shut (Íd., Stanley Kubrick, 1999):

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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