El beso del asesino (#Kubrick2)

El beso del asesino (Killer’s Kiss, 1955): Danzad, danzad, malditos

 

“Here they are again, folks! These wonderful, wonderful kids! Still struggling! Still hoping! As the clock of fate ticks away, the dance of destiny continues! The marathon goes on, and on, and on! HOW LONG CAN THEY LAST?”

Danzad, danzad, malditos (They Shoot Horses, Don’t They?, Sydney Pollack, 1969)

 

Golpe y beso. Rudeza y fragilidad. Boxeador y bailarina. Bondad… e instinto de supervivencia.

Hombre o mujer, el pasado y las decisiones personales marcan sus pasos. Uno es reflejo del otro. Simplemente necesitan confiar.

La vida es una coreografía.

El segundo largometraje de Kubrick, El beso del asesino, adolece de un guión (escrito por el propio realizador) muy poco convincente, pero que se ensalza gracias a las decisiones técnicas y, de nuevo, como ya pasaba con Miedo y deseo, con las metáforas utilizadas como apoyo a sus verdaderas intenciones.

En el inicio del film el director nos sitúa rápidamente: más allá de la imagen de apertura en la estación, durante la que la voz en off del protagonista nos prepara para el flashback, y el por qué de su historia (“es increíble cómo a veces puede meterse uno en un lio, no poder pensar en ello con sentido común, y tampoco poder pensar en otra cosa. Te pones de tal forma que no vales para nada ni para nadie. Puede que todo empiece por tomarse la vida demasiado en serio”), la siguiente escena empieza a mostrar elementos que reforzarán esa reflexión:

Sentado ante el espejo de su casa, la cámara remarca la presencia de fotografías de otra vida: una vida alejada del ring. En el campo. Nos preguntamos por qué dejó aquello… pero en realidad ya lo sabemos: todos hemos querido prosperar. Superarnos. Conseguir que los nuestros estén orgullosos de nosotros… aunque no seamos, en esta alocada vida, más felices que antes.

Kubrick sitúa la cámara en el centro de la estancia, y la hace girar sobre sí misma para mostrar el reducido habitáculo… otra excusa para demostrar su potencial: el uso de la profundidad de campo como elemento narrativo será una de las grandes novedades en este segundo film.

Y es que en estos primeros minutos, esa cámara nos ha situado en el actual apartamento, en el nostálgico pasado… y en el reflejo del protagonista. Y no, no nos referimos al del espejo de su estancia, sino al del “espejo” de su ventana.

A la imagen de la hermosa joven que también se está preparando para salir.

 

 

En el montaje en paralelo que sigue a su presentación, Kubrick se reafirma en el paralelismo de sus personajes, utilizando esa misma técnica para demostrarlo: él, en pleno combate. Sufriendo. Ella, en el salón de baile, besuqueada por su jefe. Sufriendo también. En esta pieza del metraje, Kubrick muestra otro de sus talentos, poco explotados en una etapa más madura de su carrera: su habilidad para rodar acción (irremediablemente, el Toro SalvajeRaging Bull, 1980 – de Scorsese se viene a la mente, tanto por la historia del “perdedor” y su forma de narrarla, como por la rigurosidad de estos planos en pleno ring), contrastada en este montaje con su ya conocida, como fotógrafo profesional, estática  mirada que otorga a la pose de los dos “enamorados”.

 

 

Así que Kubrick quiere hablarnos de perdedores… y, quizá, incluso del porqué de su mala suerte. Por tanto, a partir de esta presentación encontrará la forma de que se conozcan, y se den cuenta de que sus vidas están ligadas. Desde la fisicidad, y desde la extraña fragilidad de porcelana que destila la pose de Irene Kane (acertada elección, en una época en la que primaba la voluptuosidad femenina para la femme fatale… y es que nuestra protagonista, aún con líneas memorables atribuibles a este estereotipo cinematográfico- “Can’t you get it, Vinny? To me you’re just an old man. You smell bad”; “It’s a mistake to confuse pity with love”) sólo pretende serlo, pero únicamente como pose, todo un escudo de defensa).

¿En qué se apoya el director para describir la desdichada complementariedad de sus personajes?

Espejos y más espejos que muestran movimientos semejantes o suplentearios de los dos “condenados”. Reflejos… y mensajes.

 

 

“Watch your step”. El primer plano de muchos, en la filmografía de Kubrick, tan simétrico como desconcertante, y desalentador.

 

 

¿Qué, en nuestro interior, nos hace tomar un camino y no otro? Fotografías de un pasado que debe ser explicado… de la mejor forma posible.

El pasado de Gloria evita el flashback, ya utilizado (e incluso de forma abusiva y con poca gracia) durante el film, para proporcionar la mejor escena de El beso del asesino.

Ella explica su vida: el amor de su padre por su hermana mayor, bailarina; la desgracia de su madre, y el sentimiento de culpabilidad de ella; el sacrificio de su hermana para proporcionarles, a todos, una vida mejor…. Pero lo que el espectador ve es a esa hermana, Iris, en su mejor momento: bailando sobre un escenario.

 

 

La danza clásica se revela metáfora de las vueltas de la vida, resultado de la suerte, del libre albedrío y del destino. Vueltas y más vueltas, que pueden llenarnos de felicidad, o de desdicha. Y, en el caso de Gloria, que decide redimir la envidia hacia su hermana convirtiéndose en señora de compañía en un salón de baile… el ballet se convierte en el irremediable empuje que determina su autoimpuesto destino: la magia de la danza clásica apropiada, en su caso, al baile de menor categoría, el que la confunde con una prostituta, sin que ella tenga ni la energía ni las ganas de negarlo.

Pero el ballet también le representa a él, siendo como es boxeador. En el otro lado del cuadrilátero… él decide descargar su frustración llevando la vida que mejor puede crease. Porque, tal y como le espeta el dueño del salón… “como suele decirse, un boxeador, cuantos menos estudios, mejor”.

Conocemos sus orígenes, conocemos su resignación. Únicamente les hace falta un giro en sus vidas para despertar. Y, el giro, lo proporcionará la tercera pieza del escenario: el enamorado, y cegado, empresario.

Kubrick confiaba de nuevo en Frank Silvera (el soldado desconfiado de Miedo y deseo) para llevar el peso, no protagonista, pero sí clave del film.

 

 

Y es que el dueño del salón es el que conecta a los dos protagonistas: primero, porque es el que presenta, televisión mediante, al boxeador a la muchacha; segundo, porque su desesperada pasión acelerará los acontecimientos: el primer encuentro cara a cara entre la pareja; la conexión física, y pronto mental; y la determinación sobre lo que cada uno desea del otro (un detalle que revela las anteriormente citadas bondad y supervivencia, tan cristalinas en cada personaje que el cierre del film desmerece todo lo construido durante la casi hora y media de metraje). Que el personaje sea a todas todas la representación del mal, antagonista de una pareja con la que hemos empatizado (reflejos de sus/nuestras vidas; espejos y fotografías de un pasado erróneamente alejado), no quita el mérito de su definición: y es que su mayor error ha sido enamorarse.

El amor, esa fuerza indescriptible capaz de unir a la pareja, y destrozar vidas.

Como todos esperamos, el bien y la bondad extrema e inconsciente se impondrán a la maldad, en una escena tensa y que, quizá voluntariamente, aúna las dos virtudes de Kubrick, y los “dones” de los dos protagonistas. Estamos hablando de la escena de la lucha en un almacén de maniquíes.

 

 

La acalorada pelea de los hombres, entregados en conseguir su objetivo… siendo observada por decenas de maniquíes, inertes y estáticos, que recuerdan la frágil figura de Gloria, y que iluminan la estancia creando, a su vez, grotescas y amenazadoras sombras. Una escena que  finaliza con un montaje que veremos, perfeccionado y lleno incluso todavía de más significado, en 2001: Una Odisea del Espacio (2001: A Space Odissey, 1968): la muerte del empresario no se enfoca directamente, pero si pasaremos de ver su cara en sombras tras ser apuñadado… sustituida rápidamente por la de un maniquí.

De la vida a la muerte en un cambio tan ágil y sorprendente como lo es el propio destino de la pareja.

Así que El beso del asesino, título que puede llevar a la interpretación (¿quién es el asesino, el amante del salón de baile? ¿O el boxeador? En realidad, materialmente, es el segundo… así que no deja de ser una paradoja para el que se alegra del “happily ever after”), formalmente lleva un paso más allá la incursión de Kubrick en la industria del cine y en su fama de perfeccionista… pero personalmente prefiero la desazón proporcionada por las decisión de Miedo y deseo. En cualquier caso, las dos obras siguen siendo menores, aunque más, mucho más que dignas para un recién llegado al séptimo arte. En su tercer film, eso sí, conseguirá aunar destreza técnica e interés por el libreto.

 

TRAILER – El beso del asesino (Killer’s Kiss, Stanley Kubrick, 1955)

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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