Alien: Covenant

Alien: Covenant. David 8, robot. David 8, Judas. David 8, inmortal. David 8, deidad.

 

***contiene spoilers***

 

“He llevado a cabo esta investigación siguiendo el curso natural de las cosas. Es el único modo, que yo sepa, en que se puede realizar una investigación científica. Hice una pregunta, ideé un procedimiento para obtener una respuesta, y el resultado fue una nueva pregunta. ¿Será posible esto o será posible aquello? No se imagina lo que esto significa para un investigador, la pasión intelectual que crece en él. No se imagina el extraño deleite que estos deseos intelectuales producen. Lo que uno tiene ante sí deja de ser un animal, un semejante, para convertirse en un problema. ¡Dolor simpático! Todo cuanto sé de él lo recuerdo como algo que yo mismo sufría hace años. Yo deseaba, entonces no deseaba nada más, descubrir el limite de la plasticidad de una forma viviente”

Extracto de la novela La isla del Doctor Moreau (H. G. Wells, 1896)

 

Ridley Scott inicia Alien: Covenant con toda una declaración de intenciones: Weyland y David conversan tensamente acerca de la naturaleza del robot. En un entorno minimalista, en el que se nos antoja que los dos personajes se encuentran casi por primera vez (como si el hombre estuviese testando al robot que luego, sabemos, producirá en masa) y que parece más un laboratorio que un hogar, el robot asestará un duro golpe a su inventor: él es inmortal, el humano no.

 

 

Cuando vio la luz la fallida Prometheus (Ridley Scott, 2012… fallida por tratarse, básicamente, de un autohomenaje y poco escondido remake del Alien original de 1979 – si crees que ha funcionado, repite la fórmula…. otra vez), poco imaginábamos la relevancia que David iba a tener en la saga. Para ser honestos, parece que Scott tampoco lo tenía tan claro pero, en cualquier caso, el devenir del robot en esta Alien: Covenant es, simplemente, prodigioso. Audaz, inspirador y valiente, Scott se sube a la moda de explotar la serie B para el gran público (nadie puede echárselo en cara, ¿acaso Alien no pareció nacer ya con esa intención?) y convierte su propia saga en un amalgama de conceptos aparentemente sin conexión que, lejos de no tener sentido, dotan al conjunto de una entidad propia capaz de superar, sin ninguna duda, a la propia Alien en sí.

El primero y más fascinante es recuperar, abiertamente, la gran pregunta que se hacía (y respondía) en Prometheus (¿qué, o quién, nos ha creado?), para elevarla a un nivel superior…

Nosotros, humanos, podemos seguir creyendo o no en la existencia de Dios, pero no tenemos indicios para desestimar una u otra respuesta. Esa búsqueda de la verdad sobre nosotros mismos es la clave para justificar el por qué necesitamos, también, sentirnos creadores (equiparándonos a ese Dios, o extraterrestre, que no conocemos, y que no se manifiesta), hecho explotado en la ciencia ficción y que responde ya a una realidad, atendiendo no únicamente a la capacidad de construir, sino a la de, verdaderamente, crear criaturas, como si de nuestros hijos se tratase, de la nada (me refiero a androides a las puertas de ser tan humanos como David 8). Pero aquí, en Alien: Covenant, Scott propone algo que pudimos ver en films como el defenestrado Autómata (Íd., Gabe Ibáñez, 2014) o el aterrador Engendro mecánico (Demon Seed, Donald Cammel, 1977): si en el primero la máquina engendra a otra máquina (primer paso de la evolución, devenir “padre” de un ser igual), en el segundo el ordenador engendra a un hombre-máquina (quizá la temida, y verdadera, evolución del ser humano). Pero no, Scott va más allá y le da una magistral vuelta de tuerca a la pregunta de si nuestra creación, el robot, aun conociendo quién es su creador, nosotros, querrá también convertirse en Dios y crear su propia especie.


Desde la lógica más siniestra posible, el director plantea en Alien: Covenant una ambición mucho mayor: ¿querrá la máquina, en algún momento de su vida (y conciencia) crear organismos vivos, seres biológicos, sin partir de su propia naturaleza pero sí de la inteligencia “heredada” gracias, a su vez, a la obsesiva ambición humana de crear a otro hombre desde cero?


David 8 era la respuesta de Weyland. Un hombre, igual que él, que le planteaba cuestiones incómodas. Tanto es así que la compañía se retracta, creando una inevolución de David: creando a Walter. Este es el segundo concepto destacable del film. Porque eso sí: aunque Walter no es superior (o igual) a David en cuanto a conciencia propia, sí lo es en cuando a regeneración física. Obvio: como seres humanos, igualmente, no podíamos contentarnos con haber encontrado a nuestro alter ego mecánico. Era necesario seguir más allá, empujarnos a la perfección (inmortalidad del recipiente)… pero no a la superación (inteligencia superior). Y, no obstante, queda claro qué evolución, qué versión del androide, es la que realmente puede seguir manteniéndose con vida…

Y si David era la respuesta de Weyland (y, por ende, de la raza humana), Alien es la respuesta de David 8.

 

 

David 8, solo durante diez años en un planeta, pasa de ser un “náufrago” a querer encontrar el tesoro de Stevenson (al fin y al cabo, David ya se comparaba en Prometheus a Lawrence de Arabia…). O, mejor dicho, a alimentar su curiosidad y convertirla en el mayor tesoro de todos. Así que ahora cambia de ídolo y se refugia en imitar al Doctor Moreau: con los conocimientos y herramientas necesarias, la vivisección deviene ensayo, y búsqueda de la perfección. David sigue el mismo camino que Weyland, que el hombre… pero la locura de encontrarse solo le empuja a cometer… ¿atrocidades?

Este es el tercer concepto: ¿por qué la experimentación de David puede tildarse de locura? David ha llegado a una de las conclusiones más racionales posibles: el hombre debe desaparecer. Y, simplemente, está haciendo lo mismo que sus creadores.

David quiere crear. Y quiere crear la perfección.

Sí, quizá haya alcanzado esta revelación desde la megalomanía. Sí, quizá sus ansias de sentirse el elegido le convierten en asesino. Pero todo este pasaje de Alien: Covenant es hermoso.

Porque nos pone, humanos, en nuestro sitio.

David destruye a toda una civilización, que no es más que el ser creador de la humanidad (y adopta su vestimenta, esa capa que ya le otorga cierto poder…).

David se autoproclama el elegido, y se rebela contra su creador, destruyéndole desde su origen.

David, quizá también, en primera instancia, se rebela contra su capitán.

Y aquí el cuarto concepto que Scott nos propone…

David y Walter son “hermanos”. David destruye a la doctora Shaw. Walter, ¿destruye al capitán Branson?

Interesante reflexión… cuya respuesta encontramos en la fotografía que imita la última cena de Jesucristo con sus apóstoles.

 

 

En Prometheus la crucifixión ya aparecía, ¿sin gran sentido? No, no lo tenía, aunque es posible lo tenga en breve, en venideras propuestas. Pero si algo es cierto es que religión y ciencia se entremezclan en estas dos precuelas a Alien, y es en esta Alien: Covenant donde se muestra claramente la intención de yuxtaposición.

Un planeta que aparece de la nada.

Un capitán con creencias más místicas (¿más religiosas?) que las de su sustituto, tan necesitado de apoyo que se dejará influenciar fácilmente.

Y un robot que, aunque menos evolucionado (de partida), es capaz de desarrollar, de crear, aunque no sea consciente de ello (maravillosa escena de David y Walter, estando el primero enseñándole a tocar la flauta).

Walter es tan Judas como el David de Prometheus.

Cuatro conceptos magistrales desarrollados desde el punto de vista del Alien más comercial y aterrador. Porque así, el film es más oscuro, pero no deja de lado las persecuciones de un ser que lo único que necesita, desde que le conocemos, es sobrevivir y reproducirse (si a alguien le quedaba alguna – imposible – duda de la sexualidad del “individuo”, la innecesaria escena de la ducha puede erradicar ya cualquier objeción). Scott atrapa con la deriva de Covenant desde el minuto cero con un film madurado dentro de la locura de lo que explica. Porque une escenarios y pasajes tan racionales como inverosímiles, y se transforma continuamente, desde el ser un film de ciencia ficción al uso (problemas con la nave espacial, detalle del despliegue de las placas solares, etc.) a regalar a los espectadores lo que todos buscamos, a Alien persiguiendo a humanos que corren por estrechos pasillos… Pero si algo la convierte en de culto instantáneo, en infinita, es todo su pasaje central, totalmente diferente a cualquier película de la saga. Un pasaje que, además, resuelve la conexión entre todas ellas.

Con una estética intencionadamente basada en alguna versión de La isla del Doctor Moreau (The Island of Dr. Moreau, John Frankenheimer, Richard Stanley, 1998, por ejemplo), dada la similitud de los experimentos realizados por sus dos mad doctors, Alien: Covenant nos trae también a la mente un film que comparte actor protagonista con la anterior, Apocalypse Now (Íd., Francis Ford Coppola, 1979). O es que, en esas cuevas, rodeadas de cadáveres y de cuerpos abiertos en canal, y de selva y riachuelos iluminados bajo la luz del fuego, ¿nadie se imagina a David pronunciando las palabras del coronel Kurtz?

“No creo que existan palabras para describir todo lo que significa, a aquellos que no saben qué es, el horror. El horror. El horror tiene rostro. Tienes que hacerte amigo del horror. El horror y el terror moral deben ser amigos, si no lo son se convierten en enemigos terribles, en auténticos enemigos”

David está en guerra. Por no aceptarse tal y como es, y por encontrar respuesta a esa su no aceptación…

David, un hombre inmortal, en guerra contra el hombre perecedero. El ascenso de David 8 a personaje de la historia del cine está servido, y es innegable.

 

TRAILER – Alien: Covenant (Íd., Ridley Scott, 2017):

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación de Catalana de Críticos y Escritores Cinematográficos) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora, con La Realidad No Existe, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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