Sitges 2018, cierre y top (#Sitges2018N6)

Año 1 post 50 aniversario… el Festival de Sitges cada vez más arriba. Sitges 2018, el festival de y para los fans (#Sitges2018N6)

 

Se acaba Sitges 2018 y hacemos, un año más, balance de lo que ha sido la presente edición…

En el texto previo hablábamos de las dos miradas desde las que podíamos situarnos con el cartel de esta edición: la del fan, el mono que observa maravillado a ese ser extraño y superior, y la del festival, ese monolito que, lejos de tratarse de un ser supuerior sino más bien la creación futura de se mono que acabará conviertiéndose en inteligente homo sapiens (siguiendo la mirada de InterestelarInterstellar, Chistopher Nolan, 2014), hace todo lo posible por contentar a su creador. Así que vamos a cerrar la experiencia de la edición, también, desde estas dos miradas:

 

El mono: la mirada del fan (y del periodista)

 

Nicholas Cage, Ed Harris, Peter Weir, John Carpenter, M. Night Shyamalan… y muchos otros. La calidad de los invitados ha estado a la altura de la de una programación que hacía años no disfrutábamos tanto. Incluso en número de propuestas de ciencia ficción pura ha conseguido una cuota razonable (y es algo que personalmente llevaba reivindicando los diez anos que llevo cubriendo el Festival de Sitges) dentro de toda una parrilla que lleva, desde hace años, consolidando el equilibrio entre las distintas variantes del genero fantástico y de terror (algunas de ellas, cuestionables como tales, la verdad). Por ejemplo, hace cinco o seis años, no muchos más, nadie se esperaba el auge de los thrillers de gánsters orientales que tan bien han sido recibidos por el público.

Eso sí, los amantes del terror nostálgico han estado mucho más de enhorabuena: Halloween (el clásico de John Carpenter de 1978 o el nuevo film dirigido por David Gordon Green de 2018), Nightmare Cinema (esa propuesta compuesta por 5 pequeñas historias dirigidas por pesos pesados como Joe Dante o Mick Garris, fieles a un estilo atemporal y sólo apoyo para un público que conoce bien el inocente terror de los años ochenta) y Dream Demon – The Director’s Cut (recuperada en una reinventada sección Seven Chances que ha visto recompensado su nueva apuesta por recuperar clásicos), entre otros muchos títulos, han cumplido unas expectativas ya traídas de casa con el convencimiento de que su resultado iba a ser mágico. A los demás nos ha tocado conformarnos con el poder decir que, aunque no ha habido ningún mega hit que recordaremos durante años (sigo siendo muy fan de aquél 2009 con MoonÍd., Duncan Jones, 2009 – y Las vidas posibles de Mr. NobodyMr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009-, o el año pasado con una A Ghost Story – Íd., David Lowery, 2017 – que nos dejó clavados al asiento), ni se pueda reivindicar, un año más, que la temática escogida por el festival haya dado sus frutos (que 2001: Una odisea del espacio2001: A Space Odissey, Stanley Kubrick, 1968 – fuese la clausura no cuenta en un año en el que todo el homenaje al film, dejando a parte exposiciones, se ha limitado, precisamente, a eso, a un cierre de un festival muy ajeno al concepto Kubrick. Una retrospectiva de cine esencial con la temática de exploración del espacio hubiese sido más que bien recibida)… la verdad es que la media de los films vistos no baja del bien y, en concreto para la que esto escribe:

He podido ver en esta edición 50 films, de los cuales, y aunque no me gusta poner notas específicas (pero entiendo sea una medida relevante para orientar al lector), suspendo únicamente uno, algo impensable en otras ediciones, y dejo con un aprobado (muy muy raspado otro*. El resto se pasean entre el bien y el notable bajo, y en el top diez que incluyo más abajo dejo films que, sin duda, superan el notable alto ya sea por la originalidad y ejecución de su propuesta, como por verse ésta acompañada de una técnica a su altura. En definitiva: una edición que ha sabido entretener, tanto con su ambiente (esto siempre habitual), como con su selección, que es la que nos toca valorar a toso esos que casi no palpamos el ambiente. Es decir…

Entro en la experiencia del periodista.

Y desde dos vertientes:

En cuanto a la programación, lo que avanzaba: ha sido un muy bien año, así que es necesario felicitar al comité de programación. La temática real parece haber sido la Maternidad, más que la imaginación del futuro tal y como planteaba Kubrick o el spot de este año que invitaba a imaginar el 2051. Sí, maternidad… aunque quizá sea también un concepto futurista que muchos autores están reivindicando y, por tanto, no estará tan alejado de esa necesidad de renacer que planteaba Kubrick…

Veíamos maternidad en Maquia (Íd., Mary Okada, 2018) o Mirai (Íd., Mamoru Osoda, 2018). La primera, reivindicando el papel de la madre adoptiva (entre aventuras y desventuras en un mudo inventado más cercano a la Tierra Media que a la Edad Media). La segunda, dejando entrever una cuestionable apuesta por la defensa de crear una familia para resolver los problemas conyugales… Veíamos maternidad en Human, Space, Time and Human (Íd., Kim Ki-duk, 2018), como ciclo imparable de la vida de un ser humano destinado a proseguirla, o en Clímax (Íd., Gaspar Noé, 2018), como centro neurálgico de un film que no lo promueve abiertamente como tal, pero que gira en torno de la decisión no no de ser madre para evaluar el futuro que podemos darle a nuestros hijos. Incluso la veíamos en Await Further Instructions (Íd., Johnny Kevorkian, 2018) o Ilimitado (Upgrade, Leigh Whannell, 2018), en las que se plantea, de forma y con resultados muy distintos, cómo la tecnología/inteligencia artificial querrá convertirse en ser humano para avanzar, para conseguir más poder (dos films que, inciso, recuerdan nostálgicamente a aquella maravilla que es Engendro mecánicoDemon Seed, Donald Cammell, 1977).

Más allá de la anécdota que siempre es que la temática no se corresponda a lo que se acaba visionando (relativamente normal cuando ésta se propone justo un año antes de la siguiente edición, sin saber cómo será la “cosecha del género, y más si no se programan, como reivindicaba antes, ciclos específicos que acompañen a la propuesta seleccionada), no hay que pasar por alto algunos errores, que seguro tienen una explicación, cometidos a la hora de realizar la parrilla. Caso flagrante, y preocupante, el de incluir exclusivamente en maratones de madrugada High Life (Íd., Claire Denis, 2018) y In Fabric (Íd., Peter Strickland, 2018). No, la excusa de que se programan en la maratón del último día del festival la las 15:30 h de la tarde no es la solución, y menos para el periodista que debe cubrir el festival, y que no tiene acceso a estas a no ser que se compre, a su voluntad, la entrada.

Por otro lado: hace años hace que desde el colectivo reivindicamos mejor trato, a la altura de otros festivales de clasificación A. En esta edición se ha solventado, gratamente, el hecho de poder pedir los tickets con más margen de tiempo. Por esto, muchas gracias. Sigue sin solucionarse el tema de que, si no se ha conseguido reservar la entrada pero hay butacas libres, nos dejen pasar. ¿Qué sentido tiene deja fuera a alguien que puede promocionar el Festival en general y el film en particular, si va a ocupar un espacio que a todas todas no va a conseguirse ocupar cuando falta un minuto para que se inicie la proyección? Muchos de los periodistas somos fans, sí. Muchos compramos las entradas previamente para los que dudamos vayamos a conseguir entradas (que, aunque se haya cambiado el sistema de reserva, e incluso la tipología de acreditaciones, siguen “volando” minutos después de abrir el sistema). Pero el trabajo que hacemos, en estas situaciones, debería valorarse más que exigir el disponer de una entrada como público.

Y esto me lleva, claro, a la mirada del festival.

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* Para los que tengan curiosidad son: la suspendida, Involution (Íd., Pavel Khvaleev, 2018), un film que parte de una interesante premisa (la involución del ser humano, el reverso de la teoría de Darwin) para explotarla únicamente a la hora de mostrar personas enfadadas ante la pantalla. Elementos onírico-fantásticos y contundentes reflexiones filosóficas se entremezclan con escenas mas que absurdas nutridas de diálogos poco elaborados, interpretaciones amateur y ningún tipo de visión para la composición escénica. La aprobada por muy poco, Perfect (Íd., Eddie Alcazar, 2018), y lo hace porque, ésta sí, crea una atmósfera acorde con su propuesta. Su problema es que eleva su discurso a un nivel metafísico que no va a acompañado realmente de la trama que explica, o que consigue transmitir. Parece que se tenga la idea que querer hacer reflexionar al espectador sobre temáticas absolutamente interesantes (la lectura más sencilla: la posibilidad de cambiar a través de la tecnología; la más conceptual: ¿podemos llegar a conocernos realmente, y cambiar si no nos aceptamos o, al contrario, conseguir aceptarnos sin cambiar, pero sin hacer sufrir a terceros?), pero se pierde al querer centrarse más en la imaginativa distopía (ese mundo en el que los enfermos psíquicos, pudientes, pueden rehacerse a sí mismos a base de cortar e implantar nuevos trozos de carne en su cuerpo) que en lo que hay detrás de ella. Sobre personalidad monstruosas y adolescentes que deben ser conscientes de ello encontrábamos, en esta misma sección, una propuesta mucho mejor definida (y más económica): Valley of Shadows (Skyggenes al, Jonas Matzow, 2018), un film en el que el viaje interior de un niño que debe reconocer la violencia que ocurre a su alrededor es representado, sencillamente, por imágenes oníricas del bosque que irá recorriendo el niño con la excusa de encontrar a su perro y en el que se encontrará personajes que le ayudarán a salir de él y, por tanto, a reconocerse a sí mismo dentro de ese nublado paraje. En definitiva: misma idea de partida, mucho mejor resuelta.

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El monolito: la mirada del festival

 

A veces parece que el monolito se crea realmente que seguirá eternamente siendo un misterio para el mono que le admira. Es posible sea así, no nos engañemos. Pero, como escribía antes, el monolito, siguiendo la visión no oficial de Nolan, es un robot. Un robot creado por el hombre. Un festival creado por los fans.

Y los fans pueden seguir diciendo eso de que #Sitgesesasí con el tema retrasos en las proyecciones, apagones por torrente de lluvia o malfuncionamiento de algún proyector y/o subtítulos (por favor, revisad la mejor forma en la sala Tramuntana, porque en muchas ocasiones no se ven). Entra dentro de lo aceptable. Y, en el fondo, a este público nos gusta sufrir, todo hay que decirlo.

Pero para seguir siendo un monolito en todo su esplendor, es necesario que del festival se mire a sí mismo, recapacite, y no repita errores como los de Wismichu.

Ahora podría defender (y en cierto modo, como periodista, lo entiendo y comparto) que el programar de Bocadillo (Íd., Ismael Prego, 2018) es un experimento a la altura del Festival. Una provocación, un guiño a un tipo de público que puede confraternizar con este tipo de tomaduras de pelo que no son más que creatividad audiovisual llevadas a una performance con intenciones culturales. OK, compro, sí. De hecho, Carlo Padial es habitual del festival, así que me cuesta creer que la dirección no estuviese al corriente de la finalidad del youtube (que ha conseguido ya con creces lo que pretendía, y tiene el éxito asegurado con el documental que acabe realizando con todo el material que se lleva de la proyección y post-ruedas de prensa). Pero este experimento no puede hacerse a costa completamente de un público vendido. Ya no por los 11 € de la entrada, sino porque se decía en la entrada al cine que iban a ser filmados, reservándose todos los derechos. Único punto en el que podía comenzar a adivinar algo… y del que muchos, estoy convencida, ni se dieron cuenta.

Entonces… ¿no es esto, de todas todas, clasificable como puro engaño al espectador, y no como cómplice de una pieza artística? ¿Hasta que punto es defendible haber hecho partícipe al público sin que éste tuviese una mínima información (sin necesidad de que debiese conocer la finalidad real)?

Personalmente observo el caso desde la distancia (no tuve “el placer” de asistir a la proyección)… y no creo que el Festival de Sitges debiese haber sido partícipe de este espectáculo. Así que, volviendo al símil: sí. El Festival de Sitges puede seguir mirándonos a todos desde arriba, como el monolito de Kubrick. Se lo permitimos, y permitiremos. Pero no puede olvidar que, en algún momento, reivindicaremos nuestro papel de Cooper y… es posible acabemos por pedir un retoque en los valores de personalidad de Tars.

 

El siempre necesario top 10 final

 

Cubrir un festival no se completa si no se proponen las favoritas de un redactor que, lógicamente, debe saber escoger entre tanta oferta… y acabar arrepintiéndose de no haber seleccionado el visionado de, por ejemplo, Lázaro Felicce (Íd., Alice Rohrwacher, 2018), premiada por sus compañeros de la Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica (ACCEC). Se podrá recuperar pronto, eso sí.

No se puede ver todo, y muchas han quedado fuera, también del top. No obstante, a continuación presento mi particular selección, no sin antes hacer mención especial a tres films:

 

Ilimitado (Upgrade, Leigh Whannell, 2018)

 

 

Un terrible accidente y su posterior encuentro con unos matones convierten a Grey, un mecánico de coches antiguos reacio a todas las posibilidades que ofrece la nueva tecnología, en viudo y paralítico. Uno de sus clientes, director general de una gran empresa puntera en el sector, le ofrecerá implantarle en la espina dorsal un avanzadísimo chip, Stem, que le permitirá caminar de nuevo… y vengar la muerte de su esposa. Pronto Grey aceptará las ventajas que le ofrece su nuevo “compañero”, ese Stem que, además, puede hablar a su “alojador”, coger el control de sus movimientos, razonar en base a datos captados gracias a sus sensores… en definitiva: la ayuda perfecta.

Ilimitado, visualmente arrolladora y muy bien ambientada como realista distopía, es una buddy movie en la que el compañero, el “poli malo”, es precisamente Stem y, por tanto, el peso del film lo lleva igualmente un único protagonista en un papel para nada sencillo. Actuar como Grey, consciente de sus limitaciones, y trasladándose también tal y como le indica Stem, con movimientos robotizados… ya es un sí para el visionado de un film distópico lleno de acción y humor, como una nostálgica simbiosis (que ha estado de moda en esta edición) entre Arma Letal (Lethal Weapon, Richard Donner, 1987) y Robocop (Íd., Paul Verhoeven, 1987) se tratase. Pero otro de los grandes motivos de recomendar el film es, precisamente, todas las reflexiones colaterales que propone, relacionadas con el avance de la tecnología: más allá de los beneficios domésticos (coches que circulan solos, batidoras que prepara nuestra bebida favorita con sólo decírselo, implantes biomecánicas que faciliten nuestro día a día…), la eterna duda se centra, siempre, si estamos dando demasiado poder a nuestro “invento”. Stem es la evolución de aquél software que en Engendro Mecánico decide renacer como bebé. La máquina, queriendo convertirse en su creador. En su Dios. Para ser, también, Todopoderoso. Igual que el ser humano lo pretende al querer conocer a su creador, y crear igual que él. Por ejemplo, chips que pueden acabar por tomar el control de nuestra mente…

 

The Unthinkable (Den blomstertid nu kommer, Crazy Pictures, 2018)

 

 

Alex es un joven y famoso pianista introvertido, que dejó su hogar de adolescente cuando su madre abandona a un marido excombatiente incapaz de mostrar sus sentimiento sin separarlos de violencia, y, a su vez, la posibilidad de mantener una bonita historia de amor con Anna, una amiga que comparte sus gustos por la música. Años después debe volver a su pueblo natal para el entierro de uno de sus progenitores, y antes de poder recordar la amarga historia que le devuelve su frustración interior, se verá inmerso en una guerra contra el país, corriendo a búnkeres e intentando reconciliares con un padre al que desprecia y una amiga a la que aún desea.

Tras una improbable guerra contra Suecia se esconde la frustración del eterno “¿y si…?” en una mezcla de realista cine bélico con suspense y fantasía, rn la que hay que dejarse llevar para comprender, y compartir, su verdadero mensaje.

 

A Rough Draft (Chernovik, Sergei Mokritsky, 2018)

 

 

Este es uno de esos films de ciencia ficción alocada que esconde tantas ideas divertidas pero prometedoras y reflexivas que, cuando termina, aparte de un decepcionante “to be continued” (a ver si es verdad que podemos ver la segunda parte en otra edición del Festival de Sitges, si es que la idea consigue financiación, que lo dudo), te deja con un completo, disculpadme, coitus interruptus.

Kirill es un creativo en la cúspide de su carrera, especializado en juegos sobre mudos paralelos. Un día, al volver a casa, se encuentra con que una mujer vive en ella, con un piso totalmente reformado y, poco a poco, se da cuenta la gente comienza a olvidarle. Desaparece de la existencia… en este mundo. Porque Kirill ha sido llamado a ser el guardián aduanero de una de las fronteras en Moscú entre mundos paralelos, a la vez que creador de nuevos mundos.

El film incluye imaginativas ideas a la hora de mostrar esos posibles mundos con los que convivimos sin saberlo, desde ese que está cronológicamente situado 50 años por detrás del nuestro pero en el que se consiguió, por ejemplo, impedir a Hitler se convirtiese en el líder nazi que en nuestro mundo llegó a ser (y, por tanto, impedir también la Segunda Guerra Mundial), o el que es una burla irreverente al comunismo, con personas idiotizadas por culpa del polen que flota en el ambiente y manipuladas por los dirigentes. Ideas que se nutren con sorprendentes efectos especiales (matrioskas voladoras, o ciudades steampunk) y acción trepidante. Demasiada acción. Y ese es su gran punto débil: intentar que sea tan entretenida, con largas escenas de batallas y persecuciones, impiden desarrollar bien la trama. Elipsis, resoluciones apresuradas para poder pasara a la siguiente propuesta… decisiones que lastran un producto que, con calma, podría ser interesante y entretenido a la vez. Tiene material ya no para secuelas, sino para haber sido una serie de alta calidad. Una lástima, que no quita la recomendación de intentar recuperarla.

 

Y, ahora sí, el personal Top 10:

 

10. American Animals (Íd., Bart Layton, USA, 2018, Òrbita)

“La película es una mezcla de ficción arrolladora y documental, haciendo hablar a cámara a los cuatro ladrones de los centenarios libros y sus familiares, reconstruyendo, a medida que avanza el film, la planificación del robo, su ejecución, y las temidas consecuencias.”

 

 

 

9. Spirits of the Air, Gremlins of the Clouds (Íd., Alex Proyas, Australia, 1989, 7CH)

“Librarse de las ataduras familiares y las consecuentes responsabilidades. Conocer otra realidad. Huir. Volar. Desaparecer.”

 

 

 

8. Aniara (Íd., Pella Kagerman/Hugo Lilja, Suecia, 2018, SOF Discovery)

“El film cuida los detalles y nos sumerge en esta nada descabellada distopía con sus sencillos efectos visuales y, por encima de todo, por centrarse más en un guión creíble que en una gran puesta de escena futurista.”

 

 

 

7. Prospect (Íd., Zeek Earl, Chris Caldwell, USA, 2018, SOFC)

Prospect agrada por su eficaz e imaginativa resolución para construir los escenarios enmarcados en la (ciencia) ficción en la que se sitúa, desde una sencilla nave/cápsula hasta unos trajes en los que el concepto retro otorga realismo al supuestamente galáctico entorno. Pero también lo hace por sabernos trasladar a un mundo futuro, a base de líneas de guión (hablando de planetas no pisados por el hombre como si fuesen colonias) y de detalles visuales poco significativos (por ejemplo los irreconocibles signos que conforman la escritura de la niña); por demostrar que los géneros están para fusionarlos, encontrando nuevos formatos para historias ya conocidas pero para las que seguimos teniendo las mismas ganas de (re)disfrutar, y por equiparar la relevancia del papel de la niña (un gran descubrimiento Sophie Tatcher) con el del mercenario (un Pedro Pascal que sorprende, y convence).”

 

 

 

6. Under the Silver Lake (Íd., David Robert Mitchell, USA, 2018, SOFC)

“Porque parece que David Robert Mitchell tenga un doble objetivo con su film. El primero es, precisamente, reírse de este nuevo auge, de esta veneración a una época pasada. (…) Pero hay otro objetivo mucho más importante: el mostrar al espectador las miserias de la industria cinematográfica.”

 

 

 

5. Mandy (Íd., Panos Cosmatos, Bélgica/USA, 2018, SOFC)

“Cosmatos plantea la típica historia de amor y venganza, centrando su propuesta en crear una atmósfera en la que la luz y la música consiguen el ochenta por ciento del ya conocido resultado. Situaciones inverosímiles planteadas lo más irrealmente posible como personal protección para el que pueda ofenderse al verse nítidamente reflejado en el espejo que pone el director delante de cada uno de nosotros.”

 

 

 

4. I Think We’re Alone Now (Íd., Reed Morano, USA, 2018, SOFC)

“Así que el realismo que impregna todas las escenas de esta distopía paralela a nuestros días acaba abocado en la ¿exageración? de un barrio de Palm Springs. Un barrio que ya existe. Un barrio en el que muchos se refugian, y se sienten felices. O eso dicen. O eso creen.”

 

 

 

3. Clímax (Climax, Gaspar Noé, Francia, 2018, SOFC)

“(…) Así que la fiesta se convertirá en una espiral que nos lleva a los pensamientos de todos sus protagonistas. Cámara en mano, cerca de sus rostros para traspasar la opresión sentida ya no por el enrarecido entorno sino por las propios fantasmas que acechan a cada uno de ellos, o filmando en cenital sus bailes, que se presentan a ojos del espectador como la única forma de expresión real de cada uno de ellos como individuos, y no como grupo, como sociedad.”

 

 

 

2. Au poste! (Íd., Quentin Dupieux, Francia, 2018, SOFC)

“Escribir la crítica de cualquier film de Dupieux nunca es fácil. Hay que pensar si se quiere…Analizar su propuesta (…), plasmar simplemente las emociones que provoca en el espectador (…), [o] escribir sobre cualquier tema que pueda parecer vinculado. O no. Y el tema aquí, o no, es la culpabilidad (…). Aunque también Au poste! puede estar hablando de ostras que pueden comerse con concha incluida, de meñiques que parecen penes o de ojos rebozados en el polvo de la alfombra. O de escuadras y planchas y viajes en el tiempo.”

 

 

 

1. The House that Jack Built (Íd., Lars Von Trier, Dinamarca/Suecia/Francia, 2018, SOFfC)

“El controvertido realizador ha querido pedir perdón. Echar la vista atrás, recordar cómo ha conseguido llevar adelante su obra (sus “asesinatos”/films, su “casa”/filmografía) a base de sobrevalorarse a sí mismo y menospreciar a los demás (…). No es la primera vez que Von Trier habla de sí mismo en un film para demostrarnos cómo es él en realidad, o al menos cómo se ve a sí mismo (…). Esta confesión también nos hace pensar en el fuero interno del director. En lo desesperado que ha podido sentirse para tener que exponerse así, y de la mejor forma que sabe hacerlo: rodando una película que le represente tal y como es.”

 

Pero estas son sólo diez, y muchas otras han sido destacables (aparte de las tres comentadas), quizá no en su globalidad pero sí por aspectos concretos. Durante el Festival fuimos comentando cada una de ellas… los podéis leer todos recogidos en el Momento “Sitges 2018”:

 

 

¡Hasta el año que viene! Un #Sitges2019, centrado, presuntamente, en lso 40 años de Mad Max (Íd., George Miller, 1979), Apocalypse Now (Íd., Francis Ford Coppola, 1979) y Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), así como los 20 de Eyes Wide Shut (Íd, Stanley Kubrick, 1999). Ya hay ganas.

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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