La forma del agua (#Sitges2017N3)

La forma del agua: Lo que te dicen tus ojos (#Sitges2017N3)

 

“Don’t you want to take a leap of faith? Or become an old man, filled with regret, waiting to die alone!”

Origen (Inception, Christopher Nolan, 2010)

 

Los años pasan, y nos amoldamos a nuestro entorno. A la comodidad de un sueño prefabricado. A una forma de vida estándar.

¿Que ahora quieres el coche verde? No te preocupes, que rehago toda la ilustración, pero será verde. 

¿Que la familia debe sonreír más? No te preocupes, que rehago toda la ilustración, pero sonreirán más. 

Por sumisión, por resignación, por miedo.

Necesito encajar.

Necesito un trabajo.

Necesito pasar desapercibido.

Porque si destacas, eres diferente. Eres raro.

Eres freak.

Y aún así, ellos acaban por preferir publicar una fotografía, antes que todo mi exclusivo trabajo. ¿Por qué?

Porque los años pasan, porque no te has adaptado, porque no has destacado dentro de esos (no)límites del por todos aplaudido y aceptado “no destacar”.

Resulta que hay que pensar en positivo para mezclarse con la gente.

“Tu” gente.

Pensar en positivo…  cuando en realidad, en tu realidad, no te reconoces cuando te miras al espejo.

Pero soy yo. Lo sé. Lo veo en mis ojos. Lo único que ya reconozco.

¿Y qué dicen tus ojos?

 

 

El mejor personaje de La forma del agua, el que verdaderamente define el sentido de la película, es el de Richard Jenkins, Giles. No en vano es el narrador de la historia, disfrazada de cuento, de fábula, tan emocionante por sernos tan cercana al situarnos a favor del desfavorecido más cercano. Y es que destacando sobre un puñado de personajes estereotipados entre los que del Toro deja que su cámara se mueva, que flote arrastrada entre escenarios entre los que pasa sin dificultad, Giles se erige como el ejemplo a seguir. Porque aunque también forma parte de esa realidad sobreactuada, como los otros, y no es el único que se deja llevar por sus convicciones… sí el único con el que nos podemos identificar. Porque mantiene un pie en la realidad. No es exagerado, no pretende aleccionar.

Giles es nuestro espejo.

Giles somos todos nosotros, los que observamos, los que somos arrastrados, convencidos, como él, por es idea de rebelión “que va en contra de la ley”. De esta forma, se cuestiona/nos cuestionamos si hemos traicionado nuestras ilusiones, creencias y principios. Si nos hemos dejado llevar por la corriente de una vida que no nos favorece.

Si hacemos bien en no rebelarnos. En pasar desapercibidos.

Así, del Toro presenta a sus personajes, unidos por la corriente del buen saber hacer, introduciéndonos en la fábula y arrancándonos una sonrisa permanente… pero no renuncia a hacernos bajar a una realidad imposible de esquivar, ya sea arrancando la inocencia a su protagonista, o dejando que de fondo, a modo de noticia en la televisión o de anécdota cotidiana, se insista en que que seguimos, desde hace décadas, menospreciando a los que no son iguales que nosotros, ya sea por raza, orientación sexual, convicción política, religión…

Si del Toro no hubiese introducido a Giles, tildaríamos la película, fácilmente, de insulsa, ya vista, y poco original (pero con una puesta en escena envidiable, sin lugar a dudas).

 

Así que el director teje una historia fácil de comprender, y de asimilar. La chica muda, Eliza, representa esa minoría que menospreciamos por no verla, por arrinconarla, por dejarse arrinconar.

“Ser diferente” sólo se acepta si no haces ruido, si no lo demuestras…

“En silencio”, le dice Strickland a su mujer. En silencio.

Curiosamente, ese silencio es que todos quieren seguir y poseer. El silencio que hace a Eliza poderosa. El que nos hace poderosos a nosotros, los espectadores.

El “monstruo” marino es ese tipo de personas que destacan ya únicamente con su aspecto, o sus acciones. Que no se ciñen a lo establecido. Que se erigen ante nuestros ojos como posibles competidores.

Y Strickland, el verdadero monstruo… es el patrón que muchos queremos seguir en una acomodada vida capitalista.

¿Vamos por el buen camino?

Del Toro nos da la respuesta con su bonita e imposible historia de amor: el director habla de diálogo, de no estereotipar (también a través del personaje del científico ruso), y de saber escuchar. Tira de mitología y religión, de famosas escenas de cine clásico, e incluso de Historia con un único propósito:

Hay que saber escucharse a uno mismo.

Si no lo hacemos… si no luchamos, si no nos ayudamos, si no votamos (discúlpenme, pero estas fechas convulsas lo requieren), en pocos años, menos de los que creemos, únicamente reconoceremos nuestros ojos al mirarnos al espejo.

Pero hay esperanza, igual que en La forma del agua: sólo nuestros ojos son los que expresan la verdad de nuestro interior… hagámosles caso. Rebelémonos.

 

TRAILER: La forma el agua (The Shape of Water, Guillermo del Toro, 2017)

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y miembro de la ACCEC (Asociación de Catalana de Críticos y Escritores Cinematográficos) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora cofunda Probeta para ampliar con actividades culturales esa visión de que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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