L’Alternativa2018N1 (contención)

#LAlternativa2018N1: contención. De silencios, resignación, y tenues enfrentamientos. De soldados, y caballos salvajes.

 

Teatro de guerra (Íd., Lola Arias, Argentina/España/Alemania, 2018, Sección Oficial)
Trote (Íd., Xacio Baño, España/Lituania, 2018, Sección Oficial)

 

Hablar. Llorar. Gritar.

Dejarse consolar. Por otros, por uno mismo.

Despojarse del dolor de la pérdida, o de la culpa.

Transmitir las emociones no siempre es fácil. A veces, porque uno mismo no está preparado para hacerlo. Porque se considera incapaz, o, peor… vulnerable. Porque tiene miedo a las consecuencias. A perder a los amigos. A perder a la familia.

El sentimiento de vulnerabilidad puede ser compartido, también. Debido a la educación recibida (no hablar de nuestros pensamientos para no romper la “harmonía” de la convivencia), e incluso a las instrucciones inculcadas (luchar “por lo que es de uno”, “por lo que pertenece a la patria”, aunque no sepamos ni situar los peñascos en el mapamundi).

¿Así que cómo reaccionar, cuando la única vía de escape para la supuesta redención se ve coartada por la presión del entorno, y reducida hasta su erradicación por el miedo personal a las consecuencias de la sinceridad?

Quizá como los caballos salvajes de esa festividad que es A rapa das bestas. Quizá poniéndonos una máscara, la de actor temporal para un film experimental, o esa que va a acompañarnos toda nuestra vida.

Comenzamos la cobertura de esta mágica 25ª edición de L’Alternativa Barcelona hablando sobre la contención emocional, a través de Teatro de guerra y Trote.

 

Teatro de guerra

 

En la primera mitad de la década de los ochenta tuvo lugar la para muchos innecesaria Guerra de las Malvinas, entre el ejército británico y el argentino. Dos países desarrollados, una época lo suficientemente cercana como para mirar atrás desde, aún, la juventud del que tuvo que participar en ella… y una oportunidad de enfrentarse, y compartir,  los horrores vividos.

La propuesta de Arias es ejemplar: hacer compartir el mismo espacio, un escenario, a soldados de los dos bandos. Prepararles para poder narrar su historia, por fin. Ayudarles a hacerlo… como si fuese la de otros. Forzarles a convivir, compartir, empatizar. Hasta el nivel que cada uno de ellos considere posible y necesario. Y enfrentarles al dolor desde la narración. Desde dentro, desde fuera.

La directora consigue captar la tensión entre los participantes, pero también la evolución de sus prejuicios. Partiendo de una escena teatral que avanza el logro (ellos mismos ensañando ya el combate a recrear), el film comienza con la presentación de los soldados/personas/personajes, directamente a cámara para el casting, y luego ya entre los finalistas. La decisión de que hablen cada uno en su idioma, que deban superar ya desde el inicio esa barrera, es el primer paso para la integración. Después la puesta en escena tomará el improvisado escenario con un fondo blanco, que no dejará de ser la representación gráfica del experimento en sí: coger a personas que hace décadas sufrieron un horror indescriptible, sacarlas completamente de su entorno actual, el ya conocido, y aislarlas, obligándolas a recordar, a enfrentarse a sus personales “dragones”.

Soldados uniformados, preparados para pintar el blanco lienzo que es su memoria cohibida.

El montaje avanza entremezclando situaciones reales con escenas preparadas, que además combinan el experimento teatral con imágenes de archivo. De esta forma, y aunque algunos momentos se antojen forzados (las escenas en el colegio, en el bar, en el gimnasio…), Arias sale victoriosa con su técnica, teatral y argumental. Porque los soldados entrarán en el juego, y acabarán resintonizando con sus “yo” inocentes, aquellos arropados a un enfrentamiento en el que tuvieron que matar, e incluso consolar, a un enemigo tan desconocido como las islas por las que luchaban.

Arias no se posiciona, no destaca a ningún protagonista por encima de otro, pertenezca al bando que pertenezca. No busca, por decirlo de alguna manera, un film para Argentina… sino para los argentinos. Y la culminación de Teatro de guerra no podía ser otra que la representación en el lugar de la batalla. En pleno campo abierto. Recitando ellos mismos una historia que han vivido en su interior desde hace décadas. Y viéndose desde fuera, reconociéndose en unos niños que no sabrían explicar el por qué de llevar un fusil.

Lo soldados, mirando directamente a sus recuerdos. Sintiendo de nuevo el fragor de la batalla. El llanto por los caídos.

El espectador, acompañándoles en su lucha interior. Y preguntándose cómo es posible el hombre siga luchando ferozmente contra sí mismo por absurdas posesiones, símbolo de un poder autodefinido, y sinsentido.

Luchar contra sí mismo. Luchar contra el inesperado enemigo.

Y no ganar.

Como los caballos salvajes de los montes gallegos, que ven su libertad sesgada por la imposición del que se cree con el derecho, con el poder, a arrebatársela.

Como caballos salvajes que deben capitular a los deseos de otros nos hace sentir Trote. Porque pocos son los que, aunque así lo deseen, pueden hacer con su vida lo que les venga en gana. Por miedo. Por culpa. Por imaginarias obligaciones.

 

Trote

 

Trote es un film de miradas y silencios. De encuadres en los que existe una división, una pantalla partida, de forma literal o sencillamente intuida. Porque así están todos sus personajes: partidos. Rotos. En sí mismos, consigo mismos… y con relación a los demás.

Trote representa un mundo a punto de perderse. Con sus pros y sus contras. Con su propio tempo.

Ese mundo que habla de tradiciones, y esconde secretos. Ese que no pierde la esperanza en seguir siendo relevante durante unas cuantas generaciones y se aferra a las costumbres, mirando con recelo a los que han querido comenzar una vida lejos.

Lejos de la intimidad, las tradiciones y los secretos. Lejos del pueblo. Lejos de la familia.

Pero la distancia física poco tiene que ver con la distancia moral. Esa que se forja, también, mediante las tradiciones, costumbres y creencias. Esa que se acorta cada vez más, sobre todo cuando  es necesario mantenerse unidos para superar la pérdida de un ser querido. Aunque nadie sea capaz de admitirlo, y mucho menos pronunciarlo en voz alta.

El film pivota entre los hermanos que han perdido a su madre recientemente. Luis se traslada unos días al hogar familiar, Carmen es la que se ha quedado con la obligación de cuidar de sus padres. Él, sintiéndose intruso pero transformándose poco a poco en lo que una vez fue, esto es, cerrándose incluso más de lo que ya tiene acostumbrada a su mujer; ella, con una depresión que va más allá de la muerte, esa que se demuestra al recibir al hermano semidesnuda, esa que destila una mirada perdida, una indumentaria dejada. Esa que se hace fuerte cuando en un intento de escapar de las autoimpuestas obligaciones la tira hacia atrás, impidiendo su huida.

Baño recurre a los primeros planos, a los encuadres desplazados, a la cámara que (per)sigue las pocas acciones desde el hombro de cada uno de sus protagonistas, para reflejar sus estados de ánimo y para inmiscuirnos en sus pensamientos y sensaciones. A la oscuridad del interior del hogar familiar, y al símbolo del caballo salvaje para hacer avanzar una historia conocida por todos los espectadores sin perder por ello un ápice de su fuerza. Y si se nos obligase a seleccionar exclusivamente una de las decisiones más acertadas, sin duda seria la del cierre del film: ese largo ritual que es a rapa das bestas. Sin más diálogos, sin vinculación directa con el devenir de los protagonistas. Porque ellos son los caballos. Ellos son el núcleo familiar.

Todo un pueblo, toda una cultura.  Arraigada, y sometida.

 

TRAILER – Teatro de guerra (Íd., Lola Arias, Argentina/España/Alemania, 2018, Sección Oficial):

TRAILER – Trote (Íd., Xacio Baño, España/Lituania, 2018, Sección Oficial):

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Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro 'Steampunk Cinema' (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013) y 'El amor en 100 películas' (Ed. Arkadin, 2019). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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