Americana Shorts, sesión 1 (#Americana2018N2)

Sesión 1 de Americana Shorts 2018: Empatía

 

Empatía por una mujer destrozada por las redes sociales. Por otra con algún grado de TOC. Por esa chica a la que acosan en el metro, o a la que asesinan en una lavandería. Empatía por una ladrona que no sabe lo que quiere, por los que viven con la cara enterrada en el móvil, por los que quieren cumplir su sueño, o por el adolescente que toma como rehenes a los trabajadores de un colegio. Empatía por Jigsaw. Empatía, incluso, por un caballo.

Encontramos un punto de referencia, un nexo personal, con todos ellos. Y nos ponemos de parte del protagonista, aunque en algunos de los casos incluso nos sorprenda la facilidad con la que lo hemos hecho. Estos son los diez cortos que forman la sesión 1 del Americana Shorts 2018, y que pudimos disfrutar en una sesión gratuita el pasado 22 de febrero por cortesía de La Casa del Cine.

 

Comenzamos con I Know you from Somewhere (Íd., Andrew Fitzgerald, 2017), corto que denuncia el acoso que puede sufrir una persona en un tiempo en el que cualquier cosa de digas o hagas puede verse tergiversado y expandido de forma exponencial. La fuerza de la propuesta radica en la identificación con la protagonista principal desde el inicio de su flashback: cómo conoce a un chico, cómo es acogido por su entorno, cómo intenta sobrellevar el engaño. Todo lo que muestra Fitzgerald es (ya) cotidiano, y se presenta de la forma más realista posible. Salpicar las desventuras de Kathrene con imágenes de actualidad social (vídeos de gatos) y política (la era de Donald Trump, ese gran icono de la postverdad) sólo intensifica un mensaje que pasa de la risa tonta (sí, yo también tengo una amiga que se hace selfies todo el día) a dejarnos mudos por las consecuencias que un comentario fuera de contexto puede provocar en una sociedad que se fía más de lo que cuelga un influencer que de las noticias.

Y… ¿quién puede culparnos?

 

I Know You from Somewhere

 

Quizá el mayor fallo del corto sea querer romper ese aura de desazón conseguida con un último gag, más que innecesario.

Las redes sociales, el paraíso de los acosadores. ¿Por qué? Anonimato absoluto, y falta de atención por parte de los que las usamos. 5 Films About Technology (Íd., Peter Huang, 2017) es, en tono de broma, el ejemplo práctico que responde a ese por qué: quedamos para merendar en un café con nuestros amigos (foto a la comida incluida), y estamos más rato pendientes de lo que se dice en el cibermundo (otra vez: vídeos de gatos), que de las intimidades de las personas a las que (teóricamente) más queremos.

 

5 Films About Technology

 

Quedarse sin móvil por olvidárselo en casa es casi proclamado Holocausto Universal, así que no digamos si se nos cae al wáter. Y estar mirando a la pantalla puede provocar, muchos lo sabemos de primera mano, accidentes de lo más tonto. En definitiva, el corto se divide en cinco pequeñas historietas cotidianas, que demuestran tanto las ventajas que la tecnología móvil nos ha brindado (interconexión, disfrutar de contenidos en cualquier lugar, y poderlos compartir rápidamente…), como sus desventajas, comenzando por la dependencia y terminando por la falta de privacidad. De nuevo: nos reímos, porque nos vemos reflejados.

Nuestros mil seguidores son ya más importantes que nuestros 15 amigos. Los vídeos de gatos son más importantes que denunciar un acoso… simplemente porque no lo hemos visto. O peor… simplemente porque nos hemos acostumbrado.

Una de las dos grandes sorpresas de la sesión de Shorts 1 2018 es Laps (Íd., Charlotte Wells, 2017), corto ganador en Sundance y SXSW. La cámara sigue a una chica de vuelta a casa tras su entreno, asumimos diario, en el gimnasio. Vivimos seis minutos de incómoda angustia en el metro, sin ningún tipo de diálogo, sólo sintiendo las emociones por las que va pasando la protagonista (desconcierto, ira, rabia, frustración, y liberación): primerísimos planos de su cara, de su mirada de reojo, de sus manos colocándose la ropa nerviosamente, de su (auto)disimulo mirando el móvil… seis minutos de un montaje que combina la intensa y escondida lucha interior por pedir, a quien sea, llegar a la parada de destino, mientras vemos, también a través de primerísimos planos y planos medios, cómo un hombre al que nunca veremos la cara se acerca demasiado a ella, le coloca el brazo, de nuevo, demasiado cerca, le pisa el pantalón…. mucha gente, no pasa nada, no hay espacio.

Mucha gente que lo ve sin mirarlo. Cada día. Casi en loop.

 

Laps

 

La chica sabe lo que pasa, al igual que todos nosotros, pero empieza a pensar que está paranoica. Al fin y al cabo, y de nuevo… hay mucha gente, no hay demasiado espacio. Es normal.

Normal. Hemos convertido en normales comportamientos abominables. Porque nos hemos dado cuenta de cómo escapar de ellos.

Pero hay veces que no puedes escapar.

 

Le Cowboy du Mont Laurier (Íd., Gabriel Vilandre, 2017) demuestra que, a veces, el aislarse del entorno, y no confiar abiertamente en los demás, puede incluso ser beneficioso. A caballo entre la comedia y el drama, el primer corto en francés programado en el Americana Film Festival deja un regusto amargo. Buen uso del espacio (toda la acción transcurre en el interior de una lavandería) y muy buena interpretación del actor principal hacen disfrutar de un corto en el que no queda claro el mensaje, porque parece que el guiño, ¿divertido?, sea para el cowboy (ese gracioso personaje que se viste como tal en pleno siglo XXI, fiel a sus gustos y, seguramente, creencias y valores) cuando la sala, y en especial las mujeres que nos encontramos en ella, sólo podemos pensar en el crudo destino de las chicas que le rodean…

 

Le Cowboy du Mont Laurier

 

Pero, como todo en esta vida, las cosas no son nunca ni blancas, ni negras. Y eso nos lo demuestran dos de los mejores cortos de la sesión, junto a Laps.

 

La segunda sorpresa de la sesión nos lleva a una propuesta basada en hechos reales, Dekalb Elementary (Íd., Reed Van Dyck, 2017).

 

Dekalb Elementary

 

Un adolescente entra armado en un instituto de suburbios. La primera impresión es que se trate de un estudiado allanamiento para asesinar a varias personas por racismo, pero poco a poco no únicamente conoceremos las verdaderas intenciones del joven, sino que el director conseguirá que sintamos la misma conexión que establece con él la recepcionista. Y no es sencillo. Incluso es perturbador.

¿Por qué un joven querría matar a tanta gente? ¿Está plenamente convencido de ello? ¿Qué le ha hecho llegar esa conclusión? ¿Es un psicópata calculador, o simplemente está enfermo? Las preguntas se agolpan en nuestra mente mientras el metraje avanza, esclareciéndolas, de forma tan realista y desde una necesaria distancia que se convierte en la gran aliada del resultado final: con la cámara siempre con planos medios, americanos o generales, muy abiertos… el director no quiere influir abiertamente en el espectador acompañando su/nuestra mirada de primerísimos planos. Simplemente presenta los hechos según, teóricamente, ocurrieron.

El drama de Dekalb Elementary se conecta directamente con la comedia de Jim Cummings, The Robbert (Íd., 2017), director al que ya conocimos en Americana 2017 con Thunder Road (Íd., 2016). Porque su protagonista lo único que quiere es, en este caso, conseguir dinero para sacar a su adorado perro de la perrera, pero está tan perdida que intenta cometer el crimen, un robo en un típico Seven Eleven, sin demasiada preparación, ni convicción.

 

The Robbery

 

La desvergonzada personalidad de la desastrosa protagonista la convierte en cercana para el espectador. El tono cómico conecta perfectamente con el habitual estilo del director, que también repite aquí su amor por los planos secuencia. Así que seguiremos a la chica, desde que se decide a salir del coche hasta que vuelve a entrar en otro, habiendo recorrido varios de los pasillos de la tienda que intenta robar (con un resultado poco esperanzador), conociendo su estado personal y económico a través de las continuas y empalmadas conversaciones telefónicas.

Cummings entremezcla en su guión estatus social, inocentes intenciones e irreverente lenguaje, pero también una denuncia a las prioridades de esta nuestra sociedad perdida en el egoísmo. Preferimos hablar por teléfono (otra vez, el papel de la tecnología en estos primeros años del s. XIX) que enfrentarnos a conversaciones en persona; preferimos a nuestro perro que a visitar, y apoyar en momentos difíciles, a nuestros progenitores.


(Y aquí, un pequeño inciso: si en algo destaca el corto de Horse Dad –Íd., Ana Hudzik, 2017-, también programado en esta sesión 1, es por demostrar que, aunque a veces nos saquen un poco de quicio, nuestros padres son nuestros mejores modelos a seguir. Un corto de animación entrañable, que juega con una comunicación padre/hijo a través de frases hechas, y refranes – no es baladí: ¿no sentimos a veces que incluso con ellos, y en función de las circunstancias, es mejor mantener una cercanía impostada, para que sufran menos?-, y que al fin y al cabo nos sermonea: no esperes a su muerte para echarles de menos… aunque sepas que se mantendrán vivos en tu memoria y te acompañarán siempre).


Ladrones, y asesinos, que lo son circunstancialmente. Que, seguramente, serían buenas personas si la vida, si el entorno, les hubiese tratado mejor. O, al menos, no les hubiese abocado a un egoísmo y consumismo no apto para cualquier persona (ya no por condiciones económicas, también por valores personales). La sociedad nos transforma, y la rápida evolución tecnológica nos separa.

“Malos”, en definitiva (y según, siempre, al estándar impuesto por nosotros mismos), a los que les gustaría estar integrados.

Malos como Jigsaw.

Working with Jigsaw (Íd., Chris Capel, 2016) es más complejo de lo que parece. Una sucesión de hilarantes gags alrededor del irónico personaje y que retratan cómo nos comportamos y alejamos de las personas que, por ser diferentes a nosotros (o a como se supone deberían ser en un mundo en el que el traje chaqueta y la ambición es lo más valorado), decidimos mantener a distancia y no darles una oportunidad.

Eso sí: es posible que el corto, simplemente, quiera hacernos pasar un rato divertido. Y lo consigue, esa es la verdad.

 

Working with Jigsaw

 

Entre psicópatas, asesinos, ladrones, acosadores y postverdad aderezada con datos móviles…  no puede extrañarnos que nos hayamos convertido en unos paranoicos.

Salir de casa pensando en si hemos apagado o no la cafetera es lo menos que nos ocurre en este mundo tan acelerado, tan impersonal y solitario… y eso es lo que ha querido mostrar Eileen o’Meara con su corto animado Panic Attack! (Íd., 2016).  Cuántas veces hemos deshecho quince, veinte o cincuenta pasos para volver a casa y asegurar que hemos candado, que hemos apagado todas las luces o todos los electrodomésticos antes de salir de casa. Y cuántas veces está todo en orden… porque los pasos, rutinarios, los has hecho sin pensar.

 

Panic Attack!

 

Nuestra mente está tan comprometida con lo que tenemos que hacer en el futuro, que no disfrutamos del momento. Y si no prestamos atención, es más que probable que un accidente acabe siendo, desafortunadamente, la forma con la que nuestro cuerpo se rebele, y nos demuestre que debemos prestar atención. A nuestro entorno, y a nosotros mismos. El corto, con ilustraciones hechas a mano, parte del famoso “vas a llegar tarde” con el que nos autoflagelamos cada mañana, y encadena imágenes realistas (ella dentro del coche) que se transforman, burbujeantes, en propuestas tan enrevesadas como acabar compartiendo celda con las chicas Manson. Una propuesta divertida que invita, inconscientemente, a una reflexión profunda.

Reflexión, sí. Allá vamos:

Al final, “buenos” y “malos”, todos tenemos un sueño. Solo que, en esta sociedad llena de normas (y, muchas veces, dudosa moral), sean cuales sean tus recursos, difícilmente llegarás a alcanzarlos. Pero siempre hay quien lo consigue, y es interesante comprobar cómo. Aunque su sueño nos parezca….

Así que la sesión finaliza con la proyección de Monster Factory (Íd., Tucker Bliss, 2017).

 

Monster Factory

 

La lucha libre para sentirse alguien importante. La lucha libre para servir a una comunidad. La lucha libre para sentirse parte de esa comunidad.

La lucha libre como vía de escape.

El cuidado documental muestra cómo el sueño de varios inadaptados se convierte en realidad gracias al método de un entrenador que se nos antoja tan perdido, al menos en algún momento de su vida, como sus alumnos. Un entrenador que parece un pastor protestante, de esos que sermonea a sus fieles para que no pierdan el objetivo, que les invita a no decaer, a superarse a sí mismos. Un entrenador que les anima, periódicamente, a abrir su alma a los demás, a expresar sus miedos, deseos e intenciones a todo pulmón. “Promoción”, lo llama. No deja de ser un nombre interesante: el sueño americano, la promoción de uno mismo frente a todos los que nos están mirando, para reforzar la idea, para reforzar un ego perdido y en el que ya poco se confía a no ser que se encuentre el apoyo en los demás. Un apoyo que puede, simplemente, encontrarse en su mirada.

Un mirada llena de aprobación, y de envidia.

Así somos los seres humanos del siglo XXI: empáticos, por interés propio.

 

 

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y cocoordinadora de su sección de Actualidad desde 2016, además de ser miembro de la ACCEC (Asociación Catalana de la Crítica y Escritura Cinematográfica) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora, quiere demostrar que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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