Traslúzido

Mario no puede entender lo sucedido, no atina a ir más allá de su sorpresa, de su estupor, de su desdicha. Se ha marchado. Le ha dejado y no es capaz de sentirse culpable, siendo, como parece, el causante. Siempre creyó que Eva exageraba, que no había razón para ponerse como se ponía ante cualquier sospecha infundada. Cuando le explicaba sus temores dudaba de si lo haría para conseguir un poco más de atención, pues nada de lo que le contaba le sonaba a propio. Al fin y al cabo, él no era consciente de lo que ella decía que estaba pasando. Sólo en el taller, entre la luz plomiza que se deja caer, turbia, por la ventana y que asfixia el colorido de las vidrieras, sentado con la cabeza entre las manos, los codos sobre las rodillas, se ahoga en la marea de su desconcierto con una segunda botella de vino en la copa.

 

 

El día que entraron en el local por primera vez llegaron a dos lugares antagónicos al mismo tiempo. Mario estaba arrebatado yendo de aquí para allá, metiendo la cabeza en el horno, cogiendo cada una de las piezas polvorientas que abarrotaban las destartaladas estanterías:

–Mira, este color verde se consigue con óxido de hierro, ése que hay ahí en el saco, pero yo no voy a hacer botellas, por eso no te preocupes. ¿Ves este azul? Hay que echar una pizca de cobalto para este tono. Todos estos rojos, espera que los limpio un poco, todos estos se hacen con selenio. ¡Pero no te pienses que esto es echar una palada al fuego y listos! Hay que controlar el calentamiento y el enfriamiento, trabajarlo en el momento justo con la temperatura y la técnica adecuada, para dar con el matiz necesario de pigmentación deseada.

La explicación no la cautivó. No podía dejar de ver las ventanas rotas con la media mañana entrando a borbotones entre los hilos de las telarañas, o las palomas intimidadas que volaban desafiantes, levantando toneladas de polvo con sus aleteos descubriendo una alfombra pestilente de excrementos. Vidrios rotos por doquier hacían que caminara como si se adentrase en un campo minado. No dejaba de pensar que había dejado su nómina de dos mil euros por un capricho, “tengo que apoyarle, pero… ¿vidriero? Y ni siquiera de esos de cerramientos de aluminio, no. Vidriero sopla no se qué, ni siquiera sé lo que es. Ahora a pasar sólo con mi sueldo y los ahorros. Cómo haya un imprevisto la hipoteca se nos come.” Pero en su nuevo templo pagano, en el centro de todos los rayos que atravesaban el polvo, Mario estaba iluminado. Los tiempos se habían alineado y todo él se encaminaba hacia un objetivo, una meta, un mensaje que se ocultaba en lo profundo de una luz hasta ahora incomprensible y que al fin podría encontrar el modo de manifestarse, de materializarse, de alumbrarse. La primera pieza que sopló fue un desastre absoluto, una masa granate informe que no valía para nada, pues a nada se parecía, pero que guardó para recordar que no desfallecería en su cometido: llenar con luces nuevas los colores el mundo.

Soplaba y resoplaba vaciando los pulmones tratando de dominar las técnicas más complejas. Con un aprendizaje escaso, de apenas unos meses con un artesano soplador polaco, algo beodo, supersticioso y adorador de los placeres inútiles, absorbió todos los rudimentos de la técnica, las temperaturas, los tiempos de enfriamiento, el color… Pero el maestro desapareció un fin de semana para no volver a saberse de él. La última vez que alguien le vio iba con dos garotas de donde la Mari, prometiéndo enseñarles Polonia. Mario lo tomó por un augurio, dio su aprendizaje por concluido y decidió apostarlo todo. Enseguida consiguió manejar la pipa y las pinzas como si fueran una extensión de su propio cuerpo. Adquirió tal habilidad para el color que parecía que transitara un camino ya conocido, un recordar más que un aprender, una especie de reminiscencia génica que le permitía superar cualquier reto que se planteaba, una herencia en realidad inexistente.

A menudo salía a primera o última hora del día a “buscar luces por ahí”. Los días de lluvia le encantaban, decía que tenían unos verdes inimaginables, vivos y vibrantes, con los que cualquier árbol se convertía en un farol entre la penumbra tormentosa. También le apasionaban los colores del otoño, muertos pero aún calientes, con sus alfombras impresionistas, en los que según explicaba podía verse palpitar al mismo fuego en los cielos despejados de noviembre. Y el mar inconmensurable, bastante mundano durante el día, que las madrugadas de Luna llena parecía atrapar en su vítrea acuosidad la susurrante luz extraterrestre.

Los calendarios se deshojaban y se sucedían las estaciones. Trabajando a la vista de los transeúntes, ese hombre sucio que parecía hacer conjuros en su horno volcánico, pronto llamó la atención de los más pequeños que pasaban por delante al salir de la escuela. Quedaban anonadados ante las piezas, buscando monstruos y hadas inimaginables entre los reflejos que proyectaban los vidrios en las paredes. Por aquel entonces andaba obsesionado con los llameantes  ojos de los gatos en la oscuridad, con su brillo inquietante. Sabía que eso era debido, según las eminencias, a una especie de espejo que tienen alojado en la parte posterior del ojo que refleja los rayos entrantes y los devuelve de nuevo al exterior, disponiendo así de una mayor visión en la oscuridad gracias a la cual llenar sus gatunas panzas. Pero sospechaba que eso no era todo, creía tener la certeza de que la vida tenía su luz propia, y por el mismo camino de entrada debía poder salir. Quizá sólo hacía falta una emoción suficientemente poderosa para que ese brillo de la mirada se transformara en el faro de un nuevo mundo a iluminar. ¿Y quién mejor que esos niños para emocionarse? Una idea empezó a cobrar fuerza en su imaginación para la que iba a necesitar nuevos caminos, salirse de las roderas. Así que dejó a un lado el soplado y se puso manos a la obra.

El taller daba a la calle tanto por la parte delantera como por la trasera, siendo esta última una avenida bastante transitada por los coches, así que concibió todo un montaje de espejos que recogiera sus luces y las canalizara, unos concentrándolas y otros deformándolas. No bastaba un foco fijo, pues requería movimiento y azar para su propósito. Superada esa fase, pudo concentrarse en la pieza que debía culminar el efecto. Apenas salió del taller durante seis días, haciendo probaturas con óxidos de cobalto, níquel, cobre y todos los que se le ocurrieron para el azul que tenía en mente, pero eso no bastaría, así que para dar otros matices cálidos quería introducir puntualmente óxidos de selenio e incluso azufre para los reflejos más intensos. Confiaba en que si reunía los elementos que suponía necesarios, ese algo, que todavía no tenía muy claro, surgiría espontáneamente.

Andaba ya Eva algo preocupada por su reclusión cuando la llamó eufórico en mitad de la madrugada diciéndole que creía tenerlo. No pudo negarse a ir a esas horas intempestivas al taller, pues según contaba él su alquimia era superior a la transmutación del plomo en oro. El vidrio abarcaba toda la ventana delantera que hacía las funciones de escaparate. Era de un azul extraño, con texturas, grosores y formas de lo más variopintas. En algunos puntos parecía coagulado mientras en otros clareaba. Ella no sabía muy bien qué tenía que ver ahí, pero estaba tan excitado que no pudo más que contagiarse de su nervioso entusiasmo.

El momento elegido para la prueba de fuego fue un viernes de invierno por la tarde. Los niños empezaban a amontonarse sin entender muy bien qué era eso que había en la ventana. Hacía frío y la oscuridad era cerrada a media tarde, así que antes de que decayera la curiosidad Mario desnudó el primer espejo del trapo que lo cubría, y la luz corrió a su velocidad rebotando por todo el taller, zigzagueando caprichosa, hasta el ventanal y proyectando sobre la concurrencia las luces de la gestación del firmamento, a su vez mar primigenio. Lo mismo quedaban envueltos por estrellas fugaces en medio de pláctones y medusas tornasoladas, que reconocían la última luz antes del sueño con los párpados ya echados. Los destellos corrían como hormigas enamoradas fundiéndose con las texturas, formas y matices del vidrio. Los niños tenían los ojos que se les salían de las cuencas, pero él no se daba por satisfecho con unos muchachos boquiabiertos, seguía siendo un vidrio “normal” sobredimensionado por un juego de luces. Faltaba lo imposible, y no sabía si sería capaz de conseguirlo. A medida que los niños se embebían del espectáculo, dejándose llevar por esa impresión desconocida, iba fluyendo su iridiscencia personal. Débil al principio, incapaz de equilibrar su lucha contra los faros automovilísticos, pero cada vez más poblada y potente comenzó a ganar terreno proyectándose hacia el vidrio desde la calle, dándose en el corazón líquido de la transparencia pétrea el choque de ambas, descomponiéndose en infinitos haces de luz. Lo que antes era azulada agua era ahora palpitante fuego, lo que espacio, entraña. Eva, como todos, quedó alucinada ante lo que estaba viendo, y comprendió que aquella necesidad de Mario por el vidrio no era un impulso sin sentido, que tenía talento, más que eso, que quizá era un genio que entendía un lenguaje que el resto ni percibía.

El griterío asombrado de los pequeños pronto alertó a la progenie, que acudió gregaria, y el tumulto desbordó la acera colapsando el tráfico. El suceso se comentó por todo el barrio y desde entonces no le faltaron los encargos. ¿Quién no iba a querer un poquito de asombro para su casa? El inesperado éxito ayudó a Eva a sobrellevar las inacabables jornadas de trabajo de Mario. La fortuna les sonreía, al fin y al cabo, si el poco tiempo que pasaban juntos era de felicidad, ¿qué más se podía pedir? Intentó pasar más tiempo en el taller, pero fue allí donde, al poco, empezó a sentirse sola de nuevo, más sola aún que antes, pues él estaba totalmente absorto en su quehacer, aún más ahora que había entreabierto una puerta tras la cual se le ofrecía un universo de nuevas posibilidades para experimentar. La mirada acaparaba todos los segundos de su existir, todos los pensamientos. La luz que había estado buscando no estaba fuera, sino dentro del pozo del ojo, pero había sido apenas entreverlo, saber que existía y no dar más que palos de ciego. Fracasaba una y otra vez hasta la desesperación. Decenas, centenares de trabajos fueron refundidos cuando no violentamente estampados contra la pared. Dudaba de si sus vidrios serían capaces de eclosionar, de si las miradas no eran suficientemente potentes, de si la causa era que no lograba la conjunción de ambos elementos… repitió los procedimientos, pero sin resultado. Maldito azar bendito.

Ya no salía a buscar luces, apenas comía, prácticamente ni calentaba la cama. Pasaba las jornadas en el taller sentado inmóvil en la silla, dejando resbalar las horas y su trabajo empezó a resentirse. Los encargos no salían y el dinero no entraba. Eva había dejado de ir desde que constatara que la soledad era mayor estando acompañada, pero como ya casi ni salía del taller, no le quedó más remedio que ir, y al verle, casi intuirle en la oscuridad, en ese lamentable estado, el dolor le sacudió todas sus fibras. Lo abrazó en silencio y él no pudo evitar que su frustración lagrimeara. Por primera vez desde que decidió soplar vidrio sentía que no sabía el camino a tomar, no bastaba esforzarse, sentía que la estaba defraudando, había puesto en juego muchas cosas y temía no estar a la altura. Ella no era capaz de verle llorar sin conmoverse y le besó tiernamente los ojos, secándole las lágrimas con sus labios, bajó seguidamente a su boca marmórea pero la vergüenza parecía paralizarlo, se sentía miserable ante ella, egoísta. Habían aparcado la posibilidad de tener un hijo por su idea descabellada de hacer algo en lo que sólo él creía, y se lo pagaba con días y noches de soledad, para nada. Únicamente fue capaz de articular un “lo siento” casi imperceptible, repetido en bucle entre sollozos a medio reprimir, que Eva aprovechó para salvar la muralla de su desazón con un beso húmedo, sincero, que hizo mella en su bloqueo. También ella necesitaba de él, tenerle entre sus brazos, entre sus piernas, y al sentarse en su regazo su ardor insatisfecho acumulado removió cada pulgada de la piel, cada poro se abrió como si fuera a absorberlo y sus manos fueron, autónomas, a su objeto de deseo. La excitación fue creciendo en Mario alimentándose de la frustración que lo consumía y de manera animal dio rienda suelta a toda su rabia contenida, mordiéndola más que besándola, levantándola en vilo para asestarle una embestida tras otra contra la estantería como si le fuera la vida en ello. La pasión reventaba todos los diques, el éxtasis se desbordaba. A cada envite caían los pocos vidrios que seguían en su lugar, Eva se daba en anhelante sacrificio, extasiada, y no tardó en ser invadida por un orgasmo que la arrancó de su cuerpo elevándola por encima de las contingencias a un plano de plenitud espasmódica indubitable, y en ese preciso instante de sus ojos turbios nació una mirada transfigurada, fijos en un más allá desenfocado, difuso, que no era de este mundo, del que se traían una luz imperceptible para el común de los mortales. Mario, reconociéndola inmediatamente, en un impulso incontrolable, cogió la única pieza que quedaba en el estante, aquella granate que fue su primer vidrio cuyo resultado nunca comprendió, y lo colocó ante los ojos de Eva, quedando anonadado ante la visión, encontrando lo que buscaba sin saber realmente cómo llegar hasta ello. Conmocionado, se derramó en una eyaculación transmutadora, iluminadora de regiones ignotas. Una extraña energía había entrado en comunión con él recomponiendo su existencia entera.

Tras el abismo vislumbrado en el fondo de las pupilas granates de Eva desapareció la obsesión bloqueadora. Andaba sin saber muy bien para qué removiendo magmas mecánicamente, como si estuviera a la espera de algo que ensombrecía todo lo demás. A partir de entonces se desarrolló una inexplicable sensación de atracción y rechazo hacia su pareja, una especie de vértigo que le excitaba y asustaba a un tiempo la envolvía, y ésta, ajena al terremoto que se había operado en él, viendo que ya no pasaba tanto tiempo en el taller creía enterrados sus padeceres. Disfrutaba viéndole dormir, plácido, sintiéndolo de nuevo todo suyo en una cama que ya no calentaba un único latir. Tantas noches se había acostado sola que no podía evitar ese inocente vicio. Una noche sin Luna oyó cómo balbuceaba algo mientras dormía, un susurro apenas perceptible que no logró identificar. Se removía inquieto en el lecho cuando lo normal era que cayera rendido al momento hasta la mañana siguiente. Por descontado, no le dio importancia, aunque pronto dejó de ser algo esporádico para pasar a ser cotidiano. Al principio eran poco más que gruñidos, pero con el tiempo le pareció oír sonidos articulados, algo que podían ser palabras y se convirtió en un juego tratar de descifrarlas. La mayor parte eran referentes al trabajo pero iban apareciendo algunas que remitían a los placeres de la carne que se dejaban caer entre jadeos y erecciones nocturnas. Eva  pensó que ese hombre, capaz de conformar los más bellos objetos esculpiendo la luz, la llevaba en lo más profundo de su ser, poblando su imaginación más allá de la consciencia. Qué felicidad traslucían sus ojos aquellos días, él creyó que jamás podría igualar ese brillo. Pero una madrugada más corriente que las demás, la sospecha prendió en su ánimo. Trató de no pensar en ello, pero no pudo evitar darle vueltas en su magín a todas horas mientras las noches se convertían en un calvario. Se apoderó de ella la sensación de que aquellas palabras no le estaban destinadas, que aquel “luz” que cada vez aparecía con más frecuencia no era por su trabajo, pues aparecía cuando los gemidos libidinosos alcanzaban el clímax. No, aquel “luz” ya no le parecía tan inocente. Quizá no había pasado tantas horas trabajando como le había hecho creer. La sombra de otra mujer empezó a nublarle el juicio y comenzó a pasar por el taller sin previo aviso. Cuantos menos motivos encontraba para desconfiar con más ahínco los buscaba. Mario, de natural despreocupado, no se daba cuenta de la gravedad de la situación y se alegraba de verla más a menudo por allí, quitándole importancia a los comentarios de Eva sobre su posible cornucopia noctámbula.

Comprobar que en el taller únicamente se trabajaba le proporcionaba un alivio momentáneo, porque al llegar la oscuridad la palabra maldita volvía a hacer su dolorosa aparición y cada vez le resultaba más complicado poner orden en sus emociones, ahogando a duras penas sus miedos con la almohada, hasta que ya no pudo contener su orgullo herido. Esta vez no fue en sueños, sino en la explosión del orgasmo donde Mario grito “¡Luz!”. Violada en lo más íntimo corrió a ducharse reprimiendo las amargas lágrimas, pensando únicamente en poderlo limpiar. Mario no encontró más que silencio al otro lado de la puerta, hasta que tras seis lloradas horas salió, se vistió y se fue, no sin antes exigir que él no estuviera ahí cuando volviera.

Mario no puede entender lo sucedido. No recuerda haber hecho o dicho nada que haya desencadenado esa situación. ¿Tan grave era que dijera “Luz” al correrse? Ella nunca estaba callada cuando tenían sexo, decía todo tipo de cosas y a él nunca le había parecido mal, más bien lo contrario, le excitaba. Se repite monótonamente que Eva volverá, que aparecerá por el taller en cualquier momento. Reniega, maldice… no comprende. La impotencia le exaspera, apura el vaso y lo lanza contra las estanterías provocando una cascada de ruidos acuchillados que inunda todos los rincones de su cabeza, cociendo la rabia, al dictado de la cual coge la caña y hace añicos todo lo que puede ser destrozado, quedando el suelo del taller cubierto de incontables pedazos de vidrio informes, muertos en sus apagados colores. Enajenado entre centenares de reflejos suyos desfigurados, algo se desata, se hace consciente. Quieto, de pie en mitad del local, con las alpargatas hechas trizas y los pies ensangrentados, como si ascendiera desde el manto cortante por las carnes abiertas, siente cómo esa presencia hasta ahora ignota, va tomando posesión de lo que había creído ser. Los sentidos se le embotan, pero no siente ningún recelo. Su memoria primaria, descerebrada, va desvelándole recuerdos que hasta ahora, sin saber por qué, le eran vedados. Lo que habían sido sueños invade su consciencia, un torrente de emociones propias desconocidas le arroya, otro yo le coloniza, más amplio, y toda una vida paralela es al fin tangente sintiendo todo aquello que le ha estado pasando sin saberlo. Ve con toda nitidez lo que hasta ahora no podía comprender, el pozo granate del ojo de Eva, ese último orgasmo detonante de la crisis… ¡Luz!. Una imperiosa necesidad de soplar vidrio le invade. Enciende el horno, echa unas paladas del batiburrillo de vidrios que hay desperdigados por todas partes mientras nota crecer esa fuerza en todos los rincones de su ser, y sopla como si no hubiera un mañana, notando cómo ese anhelo sale de su boca hinchando el magma incandescente que palpita al otro extremo de la pipa.

Su oscuridad iluminada cristaliza en un nuevo yo, encandilado por la cegadora presencia de la Luz en un beso metálico que le hechiza subyugándole enteramente, eternamente. Lo que no puede suceder, sucede. Lo que su razón niega es aceptado sin más por su sola presencia. La realidad estrecha se desvanece en un sinsentido pleno y un nuevo lenguaje se hace necesario para ese universo puro, esencial, no desgastado por lo cotidiano, un código transmutador que pueda fundir los contrarios de una realidad trascendente, una voz de mudo brillo extendiendo su halo en un nuevo génesis, luzeando el universo. Innecesitando de óculos se suceden los colores, mostrando las caricias del tactileo, tuismo del yo, reconociente misterismo que al fin sábese él, apareciente. Huellamiento fundente en lhas formas de la inmateria. Placerante original, ese extasioso percipiente en el pielamiento, no afuerado, sino del unismo germinatorio. Simienta la doblez que estrechea su entrepiernante sexolaridad en transfigurántica copulacionez, invadiosa de todismos los sensacionamientos, vaivenada de espasmodaciones. No se electa co que ses, no voluntadea el verdaceo. Gimea con la sentida de quel sereo envuelviona su eroticonamiento, entendimientiendo el sentidizado de la existencialez en inmanencidad insapiente. Su voluntismo cognisciona la hacilidad, lo querientido porfinado iluminastido, el dualimiento es uneado del orgasmamiento ultradimensional. Las cuerpilidades diluyonan. Conociado el camineo sólo restea un pasón. Agarranto el cañámen con determinantición, iluminoso iluminadeado, absorbenta el magmaluzado.

 

Ilustración: Priscila Quintana

 

Pese a la agotadora tarea de comer, dormir y reproducirse, tuvo la inconsciencia de editar y dirigir la revista artesanal de literatura y arte "ferbero", un barquito de papel en el océano digital. En su querencia por las actividades inútiles también estudió filosofía, escribió cuentos y poemas, mojó al mar y buscó la felicidad. Largo tiempo secuestrado por la rutina ha logrado escapar para colaborar con “La realidad no existe”. Si lo encuentran no duden en contactar: su cotidianidad le espera y le quiere.

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