Scaramouche

La magia de Scaramouche, el buen saber de Dagoll Dagom

 

“But who is Scaramouche? And why does he hide his face behind a mask?”

Scaramouche (Íd., George Sidney, 1952)

 

Recuerdo haber visto de niña la adaptación de 1952 para el cine de la novela ‘Scaramouche’. Recuerdo el gran impacto que me produjo, la sonrisa y emoción que me despertaba, las múltiples veces que llegué a repetir su visionado. Y es que no podía ser para menos: pícaros héroes y estirados malvados, cómicos y espadachines, amantes y enredos familiares… una comedia de acción en la que, además, no faltaba el mensaje revolucionario, aunque éste ese tratase de pasada. Así que la noticia de la llegada de la adaptación de Scaramouche en formato de musical de la mano de Dagoll Dagom, no podía ser, personalmente, mejor recibida. Y, tras ver el resultado, sólo puedo aplaudir a una compañía que vuelve por la puerta grande, dispuesta a hacernos a recordar, entre otras cosas, que no es necesario vivir en el recuerdo de un mismo éxito. La apuesta es tan espectacular que dan ganas de repetir y repetir la asistencia al teatro, y eso es porque el Scaramouche que podemos ver en el Teatre Victoria recoge la base de la novela de Rafael Sabatini, igual que hicieron sus dos anteriores adaptaciones cinematográficas, pero muy inteligentemente enreda la trama de tal forma que acaba mejorando el producto final, tanto a nivel narrativo como visual.

 

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Con la clara vocación de obtener un espectáculo comprensible y disfrutable para todos los públicos, el libreto se sirve, entre otras libertades, del uso de convertir al personaje principal en dos gemelos, acortando las aventuras de André-Louis (aquí René y Louis) para llegar al mensaje principal de la obra más rápidamente pero sin olvidar ninguno de los importantes elementos que aparecían en la original. Se consigue así, exagerando los extremos de las personalidades de los gemelos (con un magnífico trabajo de Toni Viñals), identificar y empatizar con “las dos mitades” que, por requerimientos de la trama, acabarán convirtiéndose en “uno”, único, provocador y atrevido: el Robin Hood de la afiladas palabras contra la casta. De esta forma, obviando al que en la novela es el mejor amigo del cómico, la figura de Scaramouche se convierte, aquí, en un símbolo que (con toda seguridad de forma más que intencionada) nos recuerda al héroe del cómic V de Vendetta (con guión adaptado para la gran pantalla en 2005 por las hermanas Wachoswki). Porque Scaramouche pueden ser muchos, y cualquiera puede (y debe) atreverse a recoger el testigo.


Así que el Scaramocuhe de Dagoll Dagom se adapta a nuestros tiempos sin salir del siglo XVIII, consiguiendo una actualización instantánea para demostrar que el conformismo no lleva nunca a un cambio. Es más, la transformación es tan punzante que se atreve no únicamente a instar al espectador a que recuerde su capacidad revolucionaria, sino que, entre líneas (aunque de forma bastante directa, la verdad) se indica que hay que saber muy bien a quien derrocar, para que el esfuerzo no sea en vano. Un mensaje directo que a más de uno le recordará el estado actual de la política de nuestro país…


En cuanto al resto de personajes, ensalzar también la Camilla de Mireia Mambo o la madeimoselle Olympia de Ana San Martín y, por supuesto, el enfoque otorgado al Marqués por un Ivan Lavanda que ilumina el escenario cada vez que aparece, y que centra todas las miradas de un público que no quiere perderse esa mezcla perfecta de comicidad, astucia, sadismo y despreocupación.

 

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Inteligente libreto y actuaciones excelentes van acompañadas de una cuidadísima escenografía (de Alfons Floresal) que se manifiesta como perfecto engranaje para ayudar al espectador a cambiar mentalmente de habitáculo con el fin de observar la acción desarrollada en paralelo, y acompañando, además, la transición de las (múltiples y generosas) canciones. Destacar aquí ese genial guiño al espectador para cuestionar la cordura del Marqués, cada vez que se detiene a mirar cómo aparecen y desaparecen elementos del escenario. Romper la imaginaria cuarta pared para buscar al complicidad de un espectador que llena de carcajadas el patio de butacas.

El único “pero”, si es que podemos atrevernos a destacar uno, es que la calidad de todas las canciones es tan elevada que no destaca ninguna por encima de otra. El resultado es, entonces, tan delicado, sobrio y homogéneo que permite disfrutar de forma continuada de todo el espectáculo, sin altibajos. Eso sí, a la salida del teatro no se nos vendrá a la cabeza ninguna tonadilla en particular… Que cada uno juzgue la relevancia de esta peculiaridad en el contexto de un musical.

Con todo esto, se hace evidente que Scaramouche está llamado a ser el musical de la temporada. Una temporada muy larga… porque estamos ante una joya teatral que será disfrutada, y recordada, durante muchos años.

 

ESCENA – Scaramouche, el Musical (Dagoll Dagom):

Apasionada del cine y en especial del subgénero de viajes en el tiempo, estudia un Máster en crítica cinematográfica (2008-2009) y se convierte en redactora en El Espectador Imaginario hasta 2011, año en el que cofunda Cine Divergente. Redactora en Miradas de cine desde 2013 y miembro de la ACCEC (Asociación de Catalana de Críticos y Escritores Cinematográficos) desde 2014, en los últimos años ha publicado críticas y ensayos cinematográficos, cubierto festivales, participado en programas radiofónicos especializados y colaborado en el libro Steampunk Cinema (Ed. Tyrannosaurus Books, 2013). Ahora cofunda Probeta para ampliar con actividades culturales esa visión de que "la" realidad no existe y es producto de nuestra imaginación.

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